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Si el día acompañaba los criados nos atendían sirviéndonos champagne, refrescos, pasaban bandejas con canapés, nos hacíamos sacar al jardín sillones y mesas… nos gustaba estar cómodos. Como era una partida de sólo dos contendientes historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación criados colocaron un par de cómodas sillas plegables con brazos que usaba el que esperaba turno para lanzar las pesadas bolas.

Por caballerosidad cedí el turno a Tatiana y tomé asiento en mi silla. Llamé a mi criado. Reluce como le gusta a usted, barín — respondió Sasha que inmediatamente se puso a pasarme un historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación limpio por las botas mientras yo observaba el estilo y la técnica de mi hermana Tatiana, quien realmente había desarrollado una gran pericia en aquel divertido juego.

Tatiana lanzó con historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación fuerza. A pesar de ser una chica y no tener unos brazos con una musculatura excesivamente desarrollada poseía una técnica endiablada con la que hacía unos prodigiosos lanzamientos, tanto por fuerza como por precisión. El alarido de la niña a la que antes me había referido estalló como un rayo.

Tatiana se llevó una mano a la boca, sorprendida, pero al instante dio un salto seguido de un grito de alegría, pues si como todo hacía preveer había acertado de lleno en la rodilla maltrecha de la niña con seguridad iba a anotarse un punto en la primera jugada. Ciertamente le había alcanzado de lleno en la rodilla hinchada. La mujikllorando y gritando se desplomó al suelo. Maud Evans salió como una flecha para examinar a la niña. Tatiana, antes de autorizar que se llevaran a la niña se acercó para learn more here si era tan grave como sugerían los aspavientos de Maud.

Nuestra prima le lanzó a mi hermana una mirada article source de reproche cuando Tatiana llegó junto a ella. Creo que se la has roto. Seguimos jugando como si nada. Al final Maud y Tatiana acabaron enfadadas, nada grave, pero ya se sabe cómo son las mujeres. Tatiana no soportaba que yo me fijara en mi prima que era dos años mayor que ella y cinco mayor que yo.

Al día siguiente Sasha me despertó a mediodía. Le eché una gran bronca porque yo le había dicho que no quería que me despertaran hasta la hora de comer y Sasha me suplicó que lo perdonara pero que Andrei llevaba dos horas insistiendo en que tenía que dar audiencia a unos campesinos. Esa gente lleva dos niños pequeños…. Me irrité porque tuve que aguardar demasiado a que mis criados llenaran mi bañera con agua historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación.

Nuestros sirvientes preferían ser azotados como castigo que obligarles a pasar hambre y yo también prefería su ayuno forzado porque la visión de la sangre y los alaridos que soltaban los castigados llegaba a incomodarme.

Pasé una hora en el baño. Me gustaba hacer como había visto a tía Larissa: sacar los pies de la bañera y apoyarlos en el extremo opuesto para que Sasha me los besara ceremoniosamente.

Cuando sentía los labios y la lengua de Sasha recorrer mis pies reaccionaba con una poderosa erección que finalmente el propio Sasha debería aliviar. Después me senté desnudo junto a la ventana para desayunar.

Marusha, otra de mis criadas y hermana de Sasha, me trajo historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación bandeja del desayuno que depositó con una profunda reverencia sobre la mesa camilla y fue ella quien se encargó de hacerme la pedicura mientras daba buena cuenta del opíparo desayuno.

A través de la ventana de mi habitación podía ver cómo las gruesas volvas de nieve caían lentamente. Recordé que los Sukov debían seguir aguardando en el patio y tuve un pensamiento de piedad hacia ellos.

Giré un poco el cuello y los vi. Ahí estaban, parecían muñecos de nieve. Sus raídos abrigos estaban blancos por la nieve acumulada. Volví el cuello, estaba incómodo. El matrimonio y cinco hijos. Serían ocho pero el año pasado usted hizo azotar a la hija mayor una noche en el patio y la muchacha murió. Me quedé sorprendido. Yo no solía ordenar latigazos a las mujeres si no lo merecían y hacía tiempo que no había impuesto un castigo similar a ninguna de mis campesinas.

Sleepwalking Tube Watch XXX Movies Man sex. La dulce blancura de su piel contrastaba con el brillante negro de sus relucientes botas que las manos del mujik acariciaban con cierta torpeza. No podía ser. Mi hermana se había convertido en una señorita licenciosa y depravada. Ya no era aquella niña mimada e histérica que siempre tenía dudas. Se portaba con extremada seguridad. De repente Tatiana comenzó a convulsionarse y a lanzar roncos gemidos de evidente placer. Sus manos se aferraron al calzón bajado del siervo y le pellizcó la piel de los muslos, en parte para ayudarle, mediante el repentino dolor, a evitar una indeseada eyaculación. Yo no podía apartar la mirada de aquella escena. Finalmente Tatiana se dejó caer exhausta, doblando el cuerpo hacia delante, sobre el pecho de su caballerizo. Tatiana se levantó y yo retrocedí asustado. No quería que supiese que la había estado espiando. Primero salió Andros que ni me vio. Se puso a enjaezar la yegua de mi hermana. Era evidente que yo había llegado hacía un rato y por tanto la había visto salir del fondo del establo. Mandaré que todos los caballerizos reciban un cuarto de ración durante una semana hasta que se pueda comer en los establos. Son unos cerdos — dijo muy puesta en su papel mientras se golpeaba las cañas de sus altas botas con la fusta y aguardaba a que su caballerizo sacara su yegua. Yo decidí no cabalgar aquella tarde. Me despedí azorado de mi hermana y me dirigí a mis aposentos. Ver a mi hermana follando con el mujik me había excitado al tiempo que me había puesto furioso. Estaba rabioso y enaltecido. Entré en palacio casi corriendo. Ni siquiera me di cuenta de que en mi andar alocado y ciego derribé un cubo de agua que estaban usando las fregonas, derramando el líquido por el suelo del salón lo que provocó que mi madre mandara azotar a las pobres sirvientas. Entré en mis aposentos desesperado y me encontré con mi criado, un muchacho de una de mis aldeas que me había traído para que fuera mi sirviente personal junto a otros cuatro criados. Sasha, el criado, se postró en el suelo cuando me vio entrar. Iba a besar mis botas cuando le solté una patada en toda la cara y le ordené que se pusiera erguido de rodillas. Me saqué la verga empalmada y se la metí en la boca. Tras vaciarme me dejé caer en la cama. Había sido mi primera experiencia real con el sexo, consecuencia de la profunda desazón que me había provocado ver el comportamiento lascivo de mi hermana. Correrme en la boca de mi Sasha fue como hacerme hombre de repente. Como príncipes pertenecientes a la nobleza mayor mi familia se siente con derecho divino a usar a sus siervos no sólo para que aumenten su fortuna trabajando sin descanso sus campos y exprimiéndolos con abusivos impuestos, sino para dar rienda suelta al menor capricho que se les pueda pasar por la cabeza. Escondido en un recoveco de debajo de la gran escalera que llevaba a los pisos superiores, en cuya pared había descubierto por casualidad la existencia de un pequeño agujero, observaba lo que ocurría en el interior de la biblioteca intrigado, cómo niño que era, por lo que hacían ambos caballeros. Aquella tarde que me corrí en la boca de mi criado descubrí que ya nunca podría prescindir de aquel privilegio. Aquel invierno, como ya he dicho, fue el de mi despertar sexual. Siempre que acababa excitado con los descubrimientos que la vida lasciva de mi familia me provocaba me encerraba en mis aposentos y sólo tenía que sacarme la polla o señalar el suelo delante de mis pies para que Sasha, sumiso y sometido, se arrodillara entre mis piernas y me aliviara. Y descubrí gran cantidad de motivos para que mis hormonas se desataran y tuve que recurrir a la dulce boca de mi Sasha para aplacar mis ardores. La abuela Olga fue para mí durante ese invierno, en este sentido, una fuente constante de excitación. Una mañana me hizo llamar por una de sus sirvientas. La muchacha me encontró desayunando en el salón esmeralda. Lulanka, ese era el nombre de la doncella, se acercó temerosa a la mesa que en aquellos momentos compartía con Tatiana. Ni mi hermana ni yo miramos a la mujik que se había quedado de pie con la cabeza inclinada respetuosamente a varios pasos de distancia donde suculentos manjares recién hechos aromatizaban el salón. Tatiana comía con verdadero apetito. Cuando terminó se retrepó en la silla y dejó escapar un pequeño eructo satisfecha. Lulanka se dejó caer al suelo sobre sus rodillas como si la hubiera fulminado un rayo y gateó hasta donde se encontraba mi hermana. Los siervos que nos traíamos de Smolensk vivían aterrados en el lujoso palacio de San Petersburgo. Les infundíamos miedo. Aquí, formando parte del servicio doméstico del palacio temían nuestra cercanía. Tatiana se inclinó ligeramente hacia la arrodillada criada y le estampó una fuerte bofetada en la mejilla. Me sorprendí porque no me pareció que la chica hubiera faltado al respeto a mi hermana pero sentí un principio de erección entre mis piernas. De hecho siempre he sentido una cierta vergüenza por regodearme en la sumisión de los siervos y en la altivez de sus amos. Le he hecho una pregunta y no me ha besado los pies antes de contestar — me respondió Tatiana haciéndose la ofendida ante mi ligero tono de reproche. Me gustaría que le contaras que su sirvienta me ha faltado al respeto. Me quedé un poco sorprendido. Estaba claro que quería suplicarme algo. Mi abuela se encontraba desnuda sobre su amplio lecho adoselado. En el hogar de su estancia ardían hermosos troncos que, en combinación con el sistema de calefacción, ideado por un ingeniero francés y que recorría todas las estancias de palacio, caldeaban el gélido ambiente que hacía en el exterior. Me arrodillé al lado de la cama donde ociosamente vagaba mi abuela. Era una forma de mostrarles a ambas mi respeto y a ellas les hacía gracia. Me sentí las mejillas enrojecidas y traté de ocultar mi turbación por la pregunta directa de la abuela besando con mayor fervor sus blancas manos cargadas de anillos de brillantes, esmeraldas, rubíes y diamantes que siempre, incluso recién levantada, las adornaban. Balbuceé una ininteligible respuesta que hizo reír a mi abuela que con una de sus hermosas manos me acarició maternalmente la abundante melena que llevaba recogida en la nuca con un lazo. Piensa que esa gentuza te pertenece y por tanto puedes disponer de ellos, de sus bocas, de sus culos y de sus coños como se te antoje. Con gran vergüenza por mi parte logré explicarle que había empezado a aliviarme en la boca de Sasha. Ya veo que has salido a tu padre. Pero no pasa nada siempre que sepas que debes cumplir con tus obligaciones para con tu familia y que pasan por casarte con una joven de nuestro círculo y sepas preñarla para que nos des un heredero. Para eso tenemos a los mujiks , querido. La abuela quiso conocer detalles de cómo me aliviaba y con gran sonrojo le tuve que hacer una demostración. Lulanka se postró a mis pies ofreciéndose para la demostración. Me puse de pie, extraje mi miembro y se lo metí en la boca. Lulanka, de rodillas, se comportó como una verdadera putilla experta. Estoy seguro de que no era la primera vez que tenía una polla en la boca. Noté que me temblaban las piernas cuando eyaculé. La abuela se sonreía satisfecha de mi contundente respuesta. Li Yan había sido adquirida por mi abuela cuando visitó la Ciudad Prohibida invitada por la emperatriz Shu Shin. Mi abuela quedó impresionada por la perfección de la manicura que presentaba la hermosa princesa china. Probablemente lo hubiera recuperado poco después de que la abuela iniciara sus suaves caricias en mi pene pero lo que vi a continuación tuvo una fuerza mil veces superior a la que las dulces caricias de la abuela podrían conseguir. Lulanka, que se había retirado a una de las estancias contiguas, entró con un niño de unos cuatro años en brazos cubierto con una pequeña manta y con cuidado lo depositó sobre la cama. El pequeño, que se había quedado inmóvil, tenía los ojos muy abiertos y parecía buscar algo o alguien desesperadamente. Entonces la abuela alargó sus piernas hasta posar sus hermosos pies sobre la carita del niño que llamaban Igor. Yo ya estaba erecto como un mandril. Lulanka miraba con ansiedad al niño y a su ama. Si el pequeño llora cuando le apliques el calentador te haré azotar. Lulanka miró con terror el pequeño cuerpo que parecía ajeno a la suerte que le esperaba. La abuela chasqueó los dedos con rabia y la doncella se retiró. Miré a la abuela, miré al niño, miré a la sirvienta. No sabía qué iba a ocurrir pero tenía claro que iba a ser algo desagradable para el pequeño por lo que la abuela acababa de decir. Los alaridos del pequeño Igor no se hicieron esperar. La abuela no mostró la menor señal de piedad mientras la pobre doncella mantenía apretado con fuerza el calentador sobre la piel del chiquillo. La abuela me guiñó un ojo y posó las plantas de sus hermosos pies sobre el niño que seguía llorando. Los retiró segundos después. De nuevo la criada inició el cruel tormento que había de sufrir el pequeño mujik y volvió a aplicarle la superficie ardiente del calentador sobre el vientre que ya presentaba una clara roncha enrojecida producto de la quemadura que le había provocado en el anterior intento de dar a su cuerpo la temperatura que resultara agradable a los pies de mi abuela. Igor se retorció y gritó y volvió a llorar y berrear mientras sufría aquella pesadilla. Yo estaba horrorizado pero mi miembro seguía erguido y desafiante, manifestando la terrible contradicción moral que me atormentaba. Lulanka liberó a Igor del quemador y la abuela volvió a apoyar los pies en el vientre enrojecido del pequeño mujik. Con una sonrisa de satisfacción, por encontrar ahora adecuada la temperatura del vientre del mujik , la venerable princesa Olga Nicolaievna puso fin al tormento del pequeño siervo. Ahora ve a guardar el calentador y vuelve aquí. Pero ya has visto, la culpa es de Lulanka. Le tengo dicho que tenga a Igor encima de la estufa, protegido con mantas para que no se queme pero ella dice que el niño llora y lo pone en el suelo. Yo me hallaba al borde de una segunda eyaculación. En esos momentos veía a mi abuela como la representación del poder absoluto y eso me hacía enloquecer. Ni siquiera sentía remordimientos por haber gozado con el tormento del mujik que ahora ya no lloraba y que con sus manitas acariciaba los pies que su dueña le tenía descansando sobre su vientre quemado. Me sentí estremecer. Asentí con la cabeza. Lulanka se dobló sobre la parte inferior de la cama. Entonces recordé la petición de Tatiana de denunciar a Lulanka a la abuela por su falta de respeto. Ahora vete Pavel… que tu criado te bañe… te veré en otro momento. Me marché de los aposentos de mi abuela con la sensación de haber pasado una prueba importante en mi vida. El invierno prosiguió con otras visitas a los aposentos de mi abuela. En varias ocasiones me ordenó que la penetrara a ella por el culo. Sus tetas caídas rebotaban al ritmo de mis golpes de riñón. También recibí en audiencia al comité de ancianos para que me expusieran sus quejas e inquietudes. Al contrario, para demostrar que no me temblaba el pulso les comuniqué mi deseo de aumentar mil rublos por cabeza los impuestos de aquel año. Los campesinos rogaron y suplicaron pero me mantuve firme. Padre me felicitó por mi comportamiento. Me dijo que sería un gran príncipe y un buen amo. Yo pensé que tal vez sí fuera un buen príncipe pero dudaba mucho que mis campesinos me vieran como un buen amo. No para mis campesinos, desde luego. Recordé lo que había hecho Tatiana en el caso de Miskha, aquel pequeño mujik que había perdido ambos pies por culpa de una frívola carrera de trineos organizada por mi hermana con sus amistades. Tatiana concedió, no una exacción pero sí, una moratoria del pago de los impuestos. Una cosa es dar órdenes abastractas y no ceder ante algo que no puedes ver ni sentir y otra muy distinta enfrentarse a la miseria y a la injusticia cara a cara. El viejo mujik enterró su rostro arrugado entre mis botas y las besó durante un tiempo interminable mientras me agradecía y elogiaba mi bondad. Al final tuve que ordenar a mis guardias que los echaran de mi presencia porque me hacían sentir incómodo. Ese año di un estirón y crecí casi un palmo. Cuando cumplí los trece años hacia el final de aquel verano mi voz empezó a cambiar y comenzó a salirme pelo en los sobacos y un fino bigote que me hizo sentir muy orgulloso. Mi hermana Tatiana, que ya había cumplido los dieciséis años se había convertido en toda un mujercita maravillosa. Para disponer de lo mejor en comida y bebida y cuantos lujos eran menester, coincidiendo con la época de siega padre ordenó a los recaudadores que incautaran un 70 por ciento de las recogidas de ese año. Los campesinos suplicaron, lloraron, intentaron en vano convencer a padre y a la abuela, que seguía siendo la matriarca que dirigía los destinos de nuestra familia, para que al menos rebajase un poco sus desorbitadas exigencias. Tatiana estaba desconocida, pero yo la apoyaba porque como ella pensaba que era excesivo lo que hacíamos con aquella pobre gente. Siempre podemos ejecutar a un par o tres de familias de campesinos, a aquellas cuyos hombres se hayan destacado en la revuelta. Tatiana se quedó pensativa. Los campesinos de Tatiana se arrojaron a sus pies temblorosos. Tatiana se mantuvo firme. La conversación con la abuela le había dado motivos para abandonar posturas sentimentalistas y finalmente se comportó como se esperaba que lo hiciera una noble, una princesa Dukaiev. Las despensas quedaron tan llenas que madre ordenó hacer guardia ante los manjares para evitar que los hambrientos siervos intentaran robarnos. Varias semanas después de la decisión de dar aquella cacería empezaron a llegar los invitados. Criados de librea iban de pie en el pescante y los caballos llevaban arreos con incrustaciones de brillantes. Todo era lujo desmedido que los campesinos observaban alucinados. El alma del campesino ruso es un alma esclava y es nuestro deber alimentar su sentimiento de dependencia. Es por eso que a veces nos hemos de mostrar crueles e insensibles ante su sufrimiento, de lo contrario sólo verían debilidad en una actitud compasiva — nos contaba la abuela el día que Tatiana quiso mostrar compasión por la situación de sus siervos, actitud que yo había apoyado. Es la manera que tenemos de reforzar nuestra autoridad ante nuestros vasallos. Puede pareceros una actitud horrible pero os aseguro que es la que esperan de sus amos. Ellos han nacido para obedecernos, para complacernos. Su sudor y su sufrimiento es nuestra riqueza y nuestro bienestar. Ellos saben cual es su lugar y nosotros debemos saber cual es el que nos corresponde por derecho de nacimiento. Fue durante el transcurso de la gran cacería y la fiesta que le siguió cuando realmente tomé conciencia de la verdad de las palabras de la abuela. Era una mujer madura de gran belleza que se mostraba muy atenta conmigo. Daba la apariencia de ser una mujer amable y bondadosa pero escondía una naturaleza lasciva y cruel. Era la misma mujer que se encargó de organizar los festejos de mi décimo cumpleaños, cuando me fueron entregadas tres aldeas con sus siervos para gobernarlos. Después de una sangrienta jornada de caza en la que abatimos medio centenar de zorros y una docena de furtivos a los que dimos caza como castigo, la tía Larissa me pidió que fuera con ella a sus habitaciones. Cuando entré ella se hallaba en el baño. Sentí vergüenza pero ella me incitó a que la acompañara en aquel íntimo solaz. Las habitaciones tenían un cuarto anexo que contenía una bañera de cobre. Tía Larissa se encontraba desnuda dentro del agua caliente mientras cinco doncellas se ocupaban de lavarla por todas partes de su orondo cuerpo. La expresión de mi tía era de auténtica felicidad, de placer diría yo. Me hizo señas de que me acercara y eso hice. La mano de mi tía sostenía una copa que un criado iba llenando de champagne cuando ella la vaciaba. Tía Larissa sacó las piernas del agua y apoyó los talones de los pies en el extremo opuesto de la bañera de cobre. La muchacha se arrojó a mis pies y empezó a lamer mis botas para llevarse las pocas gotas de agua que las había alcanzado. Mi madre —se refería a la abuela Olga— me ha hablado maravillas de tu pene, cielo. No pude evitar tener una erección de caballo. Aparté con el pie a la sierva que seguía lamiendo mis botas y salí de los aposentos de mi tía. Bajé al salón y di órdenes para que mi administrador se presentara ante mí de inmediato. Andrei Luvchenko entró corriendo. El hombre se arrodilló a mis pies como era preceptivo y no le di tiempo a que me expresara su sometimiento. Yo estaré en las habitaciones de mi tía Larissa. A sus padres les dices que el barín necesita de ella. Andrei se inclinó y besó mis botas en señal de sometimiento a mi capricho. Regresé a los aposentos de mi tía. Ella estaba desnuda mirando por la ventana, impaciente. Yo estaba conmocionado. La tía Larissa me sonrió. Supo que iba a satisfacer su capricho. Cinco minutos después mi tía, voluptuosamente desnuda, estaba apoyada con los codos en el alfeizar de la ventana y yo la enculaba con violencia mientras Andrei arrancaba alaridos y carne de la espalda de una muchacha a la que yo, para satisfacer el capricho de mi depravada tía, había condenado a un espantoso e injusto castigo. Aquella noche se lo conté todo a mi hermana Tatiana. Ella me acarició el rostro y me besó en la comisura de los labios de manera fraternal. La sierva había muerto aquella noche a consecuencia de los latigazos. Cuando mi tía y yo nos desplomamos abatidos por el cansancio del placer cesó el castigo de la sierva, que murió por un capricho de mi tía al que yo accedí. Era espantoso. La abuela tenía razón. Ese año en lugar de regresar a San Pertersburgo al llegar septiembre, por cuestiones que no vienen al caso, decidimos pasar la navidad en la dasha , algo que a mí me hacía mucha ilusión. Yo tenía ya catorce años y había dado un fuerte estirón. Ahora voy a jugar a los bolos con la princesa Tatiana, no quiero que me molesten. Me puse nervioso. En aquellos momentos no era consciente de que eran los padres de la muchacha que había muerto el año pasado por un capricho de mi tía Larissa. Salí al jardín donde Tatiana me esperaba para jugar a los bolos. En una ocasión tuvimos invitada a una condesa inglesa que al perecer tenía propiedades en América donde poseía varias plantaciones de algodón que trabajaban esclavos africanos. La condesa nos explicó que para pasar el tiempo las mujeres de los plantadores jugaban a los bolos usando a niños negros como birlas a los que enterraban hasta las rodillas para que no pudieran huir y evitar los golpes de las bolas de piedra o hierro que les lanzaban. La abuela Olga se entusiasmó y empezó a practicar este deporte que pronto se extendió en todos los señoríos de importancia. Así es imposible fallar — dijo Tatiana que rompió a reír de su mal chiste. El juego consistía en derribar birlas. La abuela Olga le dijo que había venido al lugar ideal, en Smolensk tendría material de estudio de sobras. Lady Maud, después de que una de nuestras birlas humanas cayera al suelo se encargaba de comprobar si el mujik hacía cuento para sustraerse del juego o si por el contrario había una lesión severa. Si el día acompañaba los criados nos atendían sirviéndonos champagne, refrescos, pasaban bandejas con canapés, nos hacíamos sacar al jardín sillones y mesas… nos gustaba estar cómodos. Como era una partida de sólo dos contendientes varios criados colocaron un par de cómodas sillas plegables con brazos que usaba el que esperaba turno para lanzar las pesadas bolas. Por caballerosidad cedí el turno a Tatiana y tomé asiento en mi silla. Llamé a mi criado. Reluce como le gusta a usted, barín — respondió Sasha que inmediatamente se puso a pasarme un trapo limpio por las botas mientras yo observaba el estilo y la técnica de mi hermana Tatiana, quien realmente había desarrollado una gran pericia en aquel divertido juego. Tatiana lanzó con increible fuerza. A pesar de ser una chica y no tener unos brazos con una musculatura excesivamente desarrollada poseía una técnica endiablada con la que hacía unos prodigiosos lanzamientos, tanto por fuerza como por precisión. El alarido de la niña a la que antes me había referido estalló como un rayo. Tatiana se llevó una mano a la boca, sorprendida, pero al instante dio un salto seguido de un grito de alegría, pues si como todo hacía preveer había acertado de lleno en la rodilla maltrecha de la niña con seguridad iba a anotarse un punto en la primera jugada. Ciertamente le había alcanzado de lleno en la rodilla hinchada. Sólo cazan las señoras. Nuevas risas de las mujeres, esta vez se ríe incluso Raba, y Ralph decide no volver a abrir la boca para que no vuelvan a reirse de él. Alí deja a los criados en la estación de Charing Cross. Espera a ver cómo Mildred gestiona los billetes y cuando los ve enfilar el vagón de tercera del tren estacionado regresa a Exham Place. Observa que en las casas de la elegante y señorial plaza hay una actividad inusual para la hora que es. Alí mira el reloj y decide que tiene tiempo de ir a tomar una cerveza al pub. Allí encuentra a Azucena. Alí siente gran cariño por Azucena, incluso piensa que no le importaría casarse con ella. Alí se siente ahora atrapado por la hija mayor de su dueña. Nica y yo ya tenemos hechas las maletas. Lo hemos echado a suertes y yo me he venido al pub un rato. Ellos van en tren a Cadwell y tienen que tener todo listo para cuando esta tarde lleve a la señora y a las señoritas. La cacería de mañana es sólo para señoras… aunque se han llevado al pequeño tirano. Es un pequeño hijodeputa. Ahora es un gordo perezoso que disfruta pegando al pequeño huérfano. Alí da un trago largo a su cerveza y se queda mirando el bonito rostro de Azucena. Detecta un morado en el pómulo. Ya la conoces. Se irrita por nada. Hace dos días no encontraba sus braguitas de blonda nuevas. Me golpeó con el canto del espejo en el que se miraba mientras Nica la peinaba. Fue a mí a quien ordenó que quería sus braguitas y no las pude encontrar en su sitio. Resulta que ella misma las había echado al cesto de la ropa sucia pero yo no lo sabía. Después ella misma recordó lo que había hecho con sus braguitas… la muy guarra se había tirado un pedo con regalo y había manchado sus delicadas braguitas de princesa puta — le contó Azucena riéndose de sus propias desgracias con una carcajada inocente que contagió a Alí. Alí se sonrió. Llegaron a Cadwell a las siete de la tarde. El viaje había sido una constante discusión entre las dos hermanas a cuento de la selección de lebreles para la cacería del día siguiente. Los Still no usaban perros sino que desde tiempos inmemoriales habían adiestrado a sus siervos para que ejercieran el papel de los perros de caza. Sonia se sintió satisfecha. Emmeline sabía que su hermana volcaría todas sus fuerzas en conseguir a Toby si ella lo pedía primero, como había hecho. No podía alcanzar el nivel de eficacia de los Benson pero no estaba nada mal. Ahora Emmeline tenía que averiguar si su madre escogería a Alí para que la asistiera o si escogería a alguno de los mozos de la propiedad. Emmeline tenía miedo de mostrar excesivo interés por Alí para no alertar a su madre sobre sus verdaderas intenciones, pero Lucy conocía de sobras lo que pretendía su hija. Lucy estaba al tanto de las veleidades amorosas de su hija mayor. Y sé que ella se cree que lo ama, es normal, pero yo estoy convencida de que no se trata de otra cosa que un capricho de adolescente. De esta manera Emmeline se sintió muy dichosa cuando en Cadwell su madre le ofreció compartir a Alí como lebrel después de que la muchacha la sondeara sobre a quien iba a escoger para esa función al día siguiente. Entre los que acompañaban a sus amas y los que puso Lucy no menos de treinta doncellas y lacayos pululaban por todas las estancias de la vieja mansión. Risas y gritos se escucharon a todas horas hasta el momento en que las invitadas comenzaron a retirarse a sus aposentos. Salió al jardín. Había luna llena y hacía frío. El primer fin de semana de primavera suele dejar temperaturas nocturnas cercanas a los cinco grados, por lo que Emmeline se había cubierto con un abrigo de pieles que le habían regalado recientemente. Se detuvo para ponerse los zapatos pues el suelo estaba frío. En las zonas nobles el antiguo sistema de calefacción permitía caminar a las damas descalzas, pero en el jardín las losas estaban heladas. Emmeline se estremeció y se arrebujó dentro del carísimo abrigo de marta cibelina que cubría su cuerpo desnudo. Quería dar una sorpresa a Alí, a quien había citado en secreto en el pabellón de caza a las dos de la madrugada. Emmeline introdujo la llave en la cerradura de la puerta acristalada del viejo pabellón y se introdujo dentro. Al menos no estaría al relente de la noche. Tuvo que aguardar un cuarto de hora. Lo vio llegar. Una sonrisa traviesa iluminó su joven y bello rostro al ver que el criado de su madre había obedecido fielmente sus órdenes: con él traía sus botas de equitación relucientes. Le había dicho que le esperaría a las dos en el pabellón y que le trajera las botas, convenientemente lustradas que se pondría al día siguiente para la cacería. No obstante se quedó parado al ver a la señorita Emmeline con su capa de marta cibelina de pelaje negro brillante que constrastaba con su larga melena dorada. Alí sabía que aquel abrigo de tres cuartos había costado una fortuna y pensaba que no podía estar mejor empleada que en realzar la belleza de Emmeline. Ahora mismo te los caliento — dijo Alí hincando una rodilla en tierra ante la hermosa muchacha. Emmeline había estirado las piernas y apoyado los pies por los tobillos sobre el muslo que Alí mantenía en escuadra. Los bonitos y finos pies de Emmeline emergieron destapando un sutil aroma que llegó al instante al olfato de Alí. Las uñas pintadas de rojo relucieron a la débil luz que iluminaba la estancia y Alí temió perder la compostura. Inclinó la cabeza ligeramente y besó las yemas de aquellos dedos perfectos y lo hizo como lo haría un amante entregado, con pasión. Pasado el turbamiento inicial Alí se puso a frotar con ambas manos los fríos pies de Emmeline y después, con manos temblorosas le calzó las botas que antes había lustrado. Emmeline se puso de pie y Alí creyó estar ante una auténtica Diosa. Aquello no era jugar limpio. Él no hacía otra cosa que intentar apartar de su mente y de su vida la pecaminosa presencia de la joven pero en aquella tesitura estaba dispuesto a entregar su vida por ella, a ponerla a sus pies incluso sin que se lo pidiese. No le alegraba en absoluto. Odiaba que lo trataran como un perro pero era tanta la devoción que profesaba a Lucy y tanto el amor que sentía por Emmeline que decidió que no le quedaba otra opción que alegrarse. Sé cómo son estas cacerías y cómo suelen acabar. A las cuatro de la mañana regresaba cada cual a su lugar. A las ocho las cazadoras estaban citadas en el patio principal. Alí ya no tendría tiempo de dormir. Los criados empezaban su jornada, en día de cacería, a las cinco de la mañana. Emmeline estaba dormida sobre su caballo. En el patio había una increible algarabía de mujeres montadas en bonitos equinos. Preston había tenido que alquilar media docena de animales porque sus cuadras no cubrían todas las necesidades de las amazonas. En total había diez damas vestidas con el típico traje inglés de cacería. Los sirvientes pasaban con los termos de caldo caliente sirviendo el tradicional desayuno de montería que las cazadoras tomaban sobre sus caballos. La anciana princesa Olga Ostrova no había hecho caso a su hija y allí se encontraba la mujer, erguida sobre su estilizado bayo con Andrei, su siervo personal a su lado para atenderla en lo que la vieja dama precisara. Andrei no hacía de lebrel pero correría al lado de su ama como si lo fuera. Mila, armada con una gamuza, se ocupaba de eliminar de las botas de la joven princesa Anastasia la menor mota de polvo que se posara. También se mostraba orgullosa sobre su montura la princesa Nadia Ostrova, madre de Anastasia e hija de la primera princesa, Olga Ostrova. Tatiana, sierva de la princesa Nadia también correría junto a su ama. Mezcladas entre ellas, las amazonas charlaban y de sus bocas salían columnas de vaho debido al frío intenso de la mañana. Lady Julia Cavendish daba indicaciones a sus hijas sobre algunos aspectos sociales de las monterías. Azucena, la linda andaluza amiga de Alí servía el caldo a las señoritas. Departiendo con Lucy se hallaba Lady Katherine Pontiac que se había traído a dos de sus siervas procedentes de las minas de carbón de su marido y le explicaba a Lucy que no cambiaba a sus mineritas , como las llamaba ella, por ninguno de esos exóticos criados extranjeros y para demostrarle lo sumisas que eran le arrojó a una de ellas, la que le estaba colocando la bota en el estribo, el caldo hirviendo a la cara. Algo apartada del grupo se encontraba la somnolienta Emmeline. Alí estaba de pie a su lado. Alí volvía a tratarla con el debido respeto. Las cacerías llevan siempre a excesos… ya lo sabes, Alí… no sé porque pones esa cara…. El joven siguió sin contestar a la joven Lady. Lo que hizo fue pasarle un cepillo por la bota que tenía a su lado. Emmeline se sonrió y le acarició disimuladamente la mejilla con la lengüeta de su fusta de equitación. Sonaron las trompetas. Una serie de vivas y hurras brotaron de las femeninas gargantas a caballo. Alí miró a Emmeline. Los lebreles de Cadwell no iban a tener problemas, estaban entrenados a correr sobre sus manos y rodillas, pero él no. Emmeline le sonrió y se encogió de hombros. Un nuevo toque de trompetas anunció que Lady Lucía iba a comunicar una nueva sorpresa. Como que os conozco a todas tengo otra sorpresa. Un murmullo de impaciencia recorrió las filas de las amazonas. Lucy las miró a todas con una sonrisa antes de continuar. Cinco lacayos de la familia Benson hicieron su aparición con otras tantas jaulas de las que salían ensordecedores chillidos. Las damas prorrumpieron en vítores y gritos salvajes. En el Club Femenino se había convertido casi en culto. Para los lebreles no era tan atractiva la noticia. Cuando los lebreles cogían a los animales solían recibir mordiscos y arañazos. Una de las diversiones añadidas de dejar a las crías de mandril malheridas era rematarlas. Cada señora o señorita tenía sus preferencias. Alí rezó para que ni Lucy ni Emmeline, para quien actuaría como lebrel , le exigieran que les retorciera el pescuezo a las pobres crías. Alí se había preguntado a menudo por el motivo que tenían aquellas señoras para gozar disparando a mandriles. Lucy le había contado que consideraban a los monos casi como personas y a los mandriles en concreto como muy feos. Lo de las crías lo entendía, puesto que los mandriles adultos podían llegar a ser muy peligrosos. Sonó un fuerte disparo y al son de las cornetas y de los alaridos de las crías de mandril que fueron soltadas y azuzadas en aquel mismo momento, se elevó un bestial griterío femenino y las cazadoras picaron espuelas. Aquella noche Alí estaba entumecido, agotado, magullado y sobre todo asqueado. Tal y como Emmeline le había prometido, le esperó por la noche en el pabellón. Alí la apartó con educación. Emmeline se molestó por aquel gesto que ella entendió de rechazo. No ha pasado nada irreparable. Todas se han reido cuando le ha alcanzado en el hombro. Alí se ha sentado en el suelo, a los pies de Emmeline y se ha puesto a llorar. Había sido una auténtica orgía de humillaciones y crueldades. Crueldades perpetradas contra las pobres bestias y también sobre los lebreles. La princesa Nadia Ostrova ha azotado a su mozo hasta hacerle sangrar. Lucy había humillado a Alí hasta el ensañamiento. Al parecer has encontrado muy divertido que tu madre me haya obligado a recoger con las manos sus heces cuando ha cagado esta tarde en el bosque. Venga, no te enfades… olvídalo. Te he prometido una recompensa y la vas a tener. Alí, que sigue sentado en el suelo a sus pies levanta el rostro y la mira. Es tentadora. Emmeline ve que Alí duda. Entonces toma una determinación. Alí no debe dudar. Se levanta y se quita la pelliza de marta cibelina que cae al suelo. Queda desnuda. Alí se sorprende. De nuevo duda. Límpiame las suelas con la lengua, Alí. Emmeline ha hablado muy seria aunque un brillo alegre en sus ojos achispados reflejan una alegría desmedida. Levanta una pierna y le presenta la suela de la bota. Alí obedece. Con ambas manos sujeta la bota por el tobillo, saca la lengua y lame la suela. Emmeline baja el pie al suelo y le presenta la otra bota. Cuando Alí termina de humillarse Emmeline le ordena que le bese los pies. Sólo después de obtener la total entrega del joven, Emmeline le deja que la posea. Hacen el amor salvajemente. Ella le rodea la espalda con sus piernas, sin pensar en que le hiere la carne con sus espuelas. Lo aprieta en sus brazos. Él la besa con pasión mientras bombea su coño con todas sus fuerzas. Cuando terminan ella se levanta y se marcha. Emmeline se marcha poniéndose la pelliza por encima mientras Alí limpia y recoge el pabellón. Alí recoge todo lo que han desordenado. No sabe la hora que es pero tampoco le importa. No piensa dormir. Sabe que al salir el sol él y todos los miembros de la servidumbre deben estar en pie para empezar a disponerlo todo para que las señoras lo encuentren a su gusto. Alí enciende un cigarrillo y fuma pausadamente. No tiene sueño. Su cabeza no para de dar vueltas. Emmeline se ha erigido en su ama. A Alí le invade un contradictorio sentimiento, por un lado le duele haber sido derrotado por una adolescente, por el otro saborea las mieles del sometimiento. Decide subir al salón. Asciende por las escaleras de caracol y llega al hall. Por los ventanales se filtra la luz de la luna. Abre la doble puerta que da al salón y se queda inmóvil. Hay luz. Él no la ve. En la chimenea arden unos troncos. Avanza y busca con la mirada. La mano le indica que se acerque. Alí traga saliva. No sólo por el sistema de calefacción, también ayuda el fuego del hogar. Tiene un brillo extraño en la mirada. Alí ve reflejado en sus ojos las llamas de la chimenea. Lucy estira una pierna y con la punta de los dedos del pie le señala dónde quiere que se coloque. Alí obedece y se arrodilla. Alí toma los pies de Milady y acerca su rostro a sus plantas. Las besa. Las huele. Te has portado como todo un esclavo. Qué mujer. Es fascinante. Eran extraordinariamente ricos. Tenían propiedades agrícolas por toda Rusia. Alí no le contesta. Milady no espera que lo haga. Ella sigue hablando mientras acaricia con la suave planta de su pie la frente y las mejillas de Alí. Te aseguro que me cuenta historias que ponen los pelos de punta… y de paso producen una enorme envidia. Esa gente tenía esclavos, auténticos esclavos con los que hacían lo que les daba la real gana. Emmeline me ha contado que has quedado muy impresionado cuando la princesa Nadia le ha disparado a la chiquilla. Les he dado unas cuantas libras para compensarles. No son esclavos, Alí, pero sienten como esclavos. El joven ha vuelto a levantar el rostro que tenía metido entre los pies de Lucy. La sonrisa de ella es tan seductora. Podría ordenarle a Alí que se arrojara de lo alto del Big Ben y si lo hiciera con esa sonrisa él lo haría, sin dudarlo. Emmy ha estado charlando conmigo cuando ha regresado de su cita contigo en el pabellón. Ella me ha dicho que ha abandonado definitivamente la ridícula idea que de niña se le había metido en la cabeza: la de casarse contigo. Siempre le he dicho a miss Emmeline que no podía ser. Eres leal Alí. Espero que mi hija no te haya dejado sin fuerza… déjame que compruebe tus bajos, acércate. Alí abandona los deliciosos pies de Lady Lucy y se desplaza de rodillas hasta quedar al alcance de la mano de ella. Lucy bajo la mano hasta la entrepierna y la palpa. Como los siervos de las princesas rusas, a mi entera voluntad. Me da igual que te folles a Tana, o a tu madre. Dolor Bdsm Dominacion femenina Varazos. Novatada Realidad Bdsm Tortura de polla y huevos Dominacion femenina. Hd Dominacion femenina Morenas Lesbianas Fetiche. 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Voy historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación conceder audiencia a esos pobres desgraciados. Bajé a mi gabinete privado, una sala grande, llena de cómodos sillones, un gran fuego templaba el ambiente en una chimenea barroca, mullidas alfombras, elegantes cuadros. De inmediato me di cuenta que no era el lugar donde recibir a una miserable familia de campesinos.

Ni siquiera los remordimientos que probablemente me acuciaban por haber dado muerte a la hija mayor de los Sukov sin que realmente lo mereciera, por un simple capricho, podían llevarme a cometer la tontería de hacer llevar a aquellos andrajosos a mi presencia en semejante escenario propio de duquesas y príncipes. Tal vez después le pida a la abuela que me preste a su Igor.

Sasha me calzó el impresionante abrigo y se arrodilló para volver a pasar un trapo sobre mis altas y brillantes botas.

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Los Still no usaban perros sino que desde tiempos inmemoriales habían adiestrado a sus siervos para que ejercieran el papel de los perros de caza. Sonia se sintió satisfecha. Emmeline sabía que su hermana volcaría todas sus fuerzas en conseguir a Toby si ella lo pedía primero, como había hecho. No podía alcanzar el nivel de eficacia de los Benson pero no estaba nada mal. Ahora Emmeline tenía que averiguar si su madre escogería a Alí para que la asistiera o si escogería a alguno de los mozos de la propiedad. Emmeline tenía miedo de mostrar excesivo interés por Alí para no alertar a su madre sobre sus verdaderas intenciones, pero Lucy conocía de sobras lo que pretendía su hija. Lucy estaba al tanto de las veleidades amorosas de su hija mayor. Y sé que ella se cree que lo ama, es normal, pero yo estoy convencida de que no se trata de otra cosa que un capricho de adolescente. De esta manera Emmeline se sintió muy dichosa cuando en Cadwell su madre le ofreció compartir a Alí como lebrel después de que la muchacha la sondeara sobre a quien iba a escoger para esa función al día siguiente. Entre los que acompañaban a sus amas y los que puso Lucy no menos de treinta doncellas y lacayos pululaban por todas las estancias de la vieja mansión. Risas y gritos se escucharon a todas horas hasta el momento en que las invitadas comenzaron a retirarse a sus aposentos. Salió al jardín. Había luna llena y hacía frío. El primer fin de semana de primavera suele dejar temperaturas nocturnas cercanas a los cinco grados, por lo que Emmeline se había cubierto con un abrigo de pieles que le habían regalado recientemente. Se detuvo para ponerse los zapatos pues el suelo estaba frío. En las zonas nobles el antiguo sistema de calefacción permitía caminar a las damas descalzas, pero en el jardín las losas estaban heladas. Emmeline se estremeció y se arrebujó dentro del carísimo abrigo de marta cibelina que cubría su cuerpo desnudo. Quería dar una sorpresa a Alí, a quien había citado en secreto en el pabellón de caza a las dos de la madrugada. Emmeline introdujo la llave en la cerradura de la puerta acristalada del viejo pabellón y se introdujo dentro. Al menos no estaría al relente de la noche. Tuvo que aguardar un cuarto de hora. Lo vio llegar. Una sonrisa traviesa iluminó su joven y bello rostro al ver que el criado de su madre había obedecido fielmente sus órdenes: con él traía sus botas de equitación relucientes. Le había dicho que le esperaría a las dos en el pabellón y que le trajera las botas, convenientemente lustradas que se pondría al día siguiente para la cacería. No obstante se quedó parado al ver a la señorita Emmeline con su capa de marta cibelina de pelaje negro brillante que constrastaba con su larga melena dorada. Alí sabía que aquel abrigo de tres cuartos había costado una fortuna y pensaba que no podía estar mejor empleada que en realzar la belleza de Emmeline. Ahora mismo te los caliento — dijo Alí hincando una rodilla en tierra ante la hermosa muchacha. Emmeline había estirado las piernas y apoyado los pies por los tobillos sobre el muslo que Alí mantenía en escuadra. Los bonitos y finos pies de Emmeline emergieron destapando un sutil aroma que llegó al instante al olfato de Alí. Las uñas pintadas de rojo relucieron a la débil luz que iluminaba la estancia y Alí temió perder la compostura. Inclinó la cabeza ligeramente y besó las yemas de aquellos dedos perfectos y lo hizo como lo haría un amante entregado, con pasión. Pasado el turbamiento inicial Alí se puso a frotar con ambas manos los fríos pies de Emmeline y después, con manos temblorosas le calzó las botas que antes había lustrado. Emmeline se puso de pie y Alí creyó estar ante una auténtica Diosa. Aquello no era jugar limpio. Él no hacía otra cosa que intentar apartar de su mente y de su vida la pecaminosa presencia de la joven pero en aquella tesitura estaba dispuesto a entregar su vida por ella, a ponerla a sus pies incluso sin que se lo pidiese. No le alegraba en absoluto. Odiaba que lo trataran como un perro pero era tanta la devoción que profesaba a Lucy y tanto el amor que sentía por Emmeline que decidió que no le quedaba otra opción que alegrarse. Sé cómo son estas cacerías y cómo suelen acabar. A las cuatro de la mañana regresaba cada cual a su lugar. A las ocho las cazadoras estaban citadas en el patio principal. Alí ya no tendría tiempo de dormir. Los criados empezaban su jornada, en día de cacería, a las cinco de la mañana. Emmeline estaba dormida sobre su caballo. En el patio había una increible algarabía de mujeres montadas en bonitos equinos. Preston había tenido que alquilar media docena de animales porque sus cuadras no cubrían todas las necesidades de las amazonas. En total había diez damas vestidas con el típico traje inglés de cacería. Los sirvientes pasaban con los termos de caldo caliente sirviendo el tradicional desayuno de montería que las cazadoras tomaban sobre sus caballos. La anciana princesa Olga Ostrova no había hecho caso a su hija y allí se encontraba la mujer, erguida sobre su estilizado bayo con Andrei, su siervo personal a su lado para atenderla en lo que la vieja dama precisara. Andrei no hacía de lebrel pero correría al lado de su ama como si lo fuera. Mila, armada con una gamuza, se ocupaba de eliminar de las botas de la joven princesa Anastasia la menor mota de polvo que se posara. También se mostraba orgullosa sobre su montura la princesa Nadia Ostrova, madre de Anastasia e hija de la primera princesa, Olga Ostrova. Tatiana, sierva de la princesa Nadia también correría junto a su ama. Mezcladas entre ellas, las amazonas charlaban y de sus bocas salían columnas de vaho debido al frío intenso de la mañana. Lady Julia Cavendish daba indicaciones a sus hijas sobre algunos aspectos sociales de las monterías. Azucena, la linda andaluza amiga de Alí servía el caldo a las señoritas. Departiendo con Lucy se hallaba Lady Katherine Pontiac que se había traído a dos de sus siervas procedentes de las minas de carbón de su marido y le explicaba a Lucy que no cambiaba a sus mineritas , como las llamaba ella, por ninguno de esos exóticos criados extranjeros y para demostrarle lo sumisas que eran le arrojó a una de ellas, la que le estaba colocando la bota en el estribo, el caldo hirviendo a la cara. Algo apartada del grupo se encontraba la somnolienta Emmeline. Alí estaba de pie a su lado. Alí volvía a tratarla con el debido respeto. Las cacerías llevan siempre a excesos… ya lo sabes, Alí… no sé porque pones esa cara…. El joven siguió sin contestar a la joven Lady. Lo que hizo fue pasarle un cepillo por la bota que tenía a su lado. Emmeline se sonrió y le acarició disimuladamente la mejilla con la lengüeta de su fusta de equitación. Sonaron las trompetas. Una serie de vivas y hurras brotaron de las femeninas gargantas a caballo. Alí miró a Emmeline. Los lebreles de Cadwell no iban a tener problemas, estaban entrenados a correr sobre sus manos y rodillas, pero él no. Emmeline le sonrió y se encogió de hombros. Un nuevo toque de trompetas anunció que Lady Lucía iba a comunicar una nueva sorpresa. Como que os conozco a todas tengo otra sorpresa. Un murmullo de impaciencia recorrió las filas de las amazonas. Lucy las miró a todas con una sonrisa antes de continuar. Cinco lacayos de la familia Benson hicieron su aparición con otras tantas jaulas de las que salían ensordecedores chillidos. Las damas prorrumpieron en vítores y gritos salvajes. En el Club Femenino se había convertido casi en culto. Para los lebreles no era tan atractiva la noticia. Cuando los lebreles cogían a los animales solían recibir mordiscos y arañazos. Una de las diversiones añadidas de dejar a las crías de mandril malheridas era rematarlas. Cada señora o señorita tenía sus preferencias. Alí rezó para que ni Lucy ni Emmeline, para quien actuaría como lebrel , le exigieran que les retorciera el pescuezo a las pobres crías. Alí se había preguntado a menudo por el motivo que tenían aquellas señoras para gozar disparando a mandriles. Lucy le había contado que consideraban a los monos casi como personas y a los mandriles en concreto como muy feos. Lo de las crías lo entendía, puesto que los mandriles adultos podían llegar a ser muy peligrosos. Sonó un fuerte disparo y al son de las cornetas y de los alaridos de las crías de mandril que fueron soltadas y azuzadas en aquel mismo momento, se elevó un bestial griterío femenino y las cazadoras picaron espuelas. Aquella noche Alí estaba entumecido, agotado, magullado y sobre todo asqueado. Tal y como Emmeline le había prometido, le esperó por la noche en el pabellón. Alí la apartó con educación. Emmeline se molestó por aquel gesto que ella entendió de rechazo. No ha pasado nada irreparable. Todas se han reido cuando le ha alcanzado en el hombro. Alí se ha sentado en el suelo, a los pies de Emmeline y se ha puesto a llorar. Había sido una auténtica orgía de humillaciones y crueldades. Crueldades perpetradas contra las pobres bestias y también sobre los lebreles. La princesa Nadia Ostrova ha azotado a su mozo hasta hacerle sangrar. Lucy había humillado a Alí hasta el ensañamiento. Al parecer has encontrado muy divertido que tu madre me haya obligado a recoger con las manos sus heces cuando ha cagado esta tarde en el bosque. Venga, no te enfades… olvídalo. Te he prometido una recompensa y la vas a tener. Alí, que sigue sentado en el suelo a sus pies levanta el rostro y la mira. Es tentadora. Emmeline ve que Alí duda. Entonces toma una determinación. Alí no debe dudar. Se levanta y se quita la pelliza de marta cibelina que cae al suelo. Queda desnuda. Alí se sorprende. De nuevo duda. Límpiame las suelas con la lengua, Alí. Emmeline ha hablado muy seria aunque un brillo alegre en sus ojos achispados reflejan una alegría desmedida. Levanta una pierna y le presenta la suela de la bota. Alí obedece. Con ambas manos sujeta la bota por el tobillo, saca la lengua y lame la suela. Emmeline baja el pie al suelo y le presenta la otra bota. Cuando Alí termina de humillarse Emmeline le ordena que le bese los pies. Sólo después de obtener la total entrega del joven, Emmeline le deja que la posea. Hacen el amor salvajemente. Ella le rodea la espalda con sus piernas, sin pensar en que le hiere la carne con sus espuelas. Lo aprieta en sus brazos. Él la besa con pasión mientras bombea su coño con todas sus fuerzas. Cuando terminan ella se levanta y se marcha. Emmeline se marcha poniéndose la pelliza por encima mientras Alí limpia y recoge el pabellón. Alí recoge todo lo que han desordenado. No sabe la hora que es pero tampoco le importa. No piensa dormir. Sabe que al salir el sol él y todos los miembros de la servidumbre deben estar en pie para empezar a disponerlo todo para que las señoras lo encuentren a su gusto. Alí enciende un cigarrillo y fuma pausadamente. No tiene sueño. Su cabeza no para de dar vueltas. Emmeline se ha erigido en su ama. A Alí le invade un contradictorio sentimiento, por un lado le duele haber sido derrotado por una adolescente, por el otro saborea las mieles del sometimiento. Decide subir al salón. Asciende por las escaleras de caracol y llega al hall. Por los ventanales se filtra la luz de la luna. Abre la doble puerta que da al salón y se queda inmóvil. Hay luz. Él no la ve. En la chimenea arden unos troncos. Avanza y busca con la mirada. La mano le indica que se acerque. Alí traga saliva. No sólo por el sistema de calefacción, también ayuda el fuego del hogar. Tiene un brillo extraño en la mirada. Alí ve reflejado en sus ojos las llamas de la chimenea. Lucy estira una pierna y con la punta de los dedos del pie le señala dónde quiere que se coloque. Alí obedece y se arrodilla. Alí toma los pies de Milady y acerca su rostro a sus plantas. Las besa. Las huele. Te has portado como todo un esclavo. Qué mujer. Es fascinante. Eran extraordinariamente ricos. Tenían propiedades agrícolas por toda Rusia. Alí no le contesta. Milady no espera que lo haga. Ella sigue hablando mientras acaricia con la suave planta de su pie la frente y las mejillas de Alí. Te aseguro que me cuenta historias que ponen los pelos de punta… y de paso producen una enorme envidia. Esa gente tenía esclavos, auténticos esclavos con los que hacían lo que les daba la real gana. Emmeline me ha contado que has quedado muy impresionado cuando la princesa Nadia le ha disparado a la chiquilla. Les he dado unas cuantas libras para compensarles. No son esclavos, Alí, pero sienten como esclavos. El joven ha vuelto a levantar el rostro que tenía metido entre los pies de Lucy. La sonrisa de ella es tan seductora. Podría ordenarle a Alí que se arrojara de lo alto del Big Ben y si lo hiciera con esa sonrisa él lo haría, sin dudarlo. Emmy ha estado charlando conmigo cuando ha regresado de su cita contigo en el pabellón. Ella me ha dicho que ha abandonado definitivamente la ridícula idea que de niña se le había metido en la cabeza: la de casarse contigo. Siempre le he dicho a miss Emmeline que no podía ser. Eres leal Alí. Espero que mi hija no te haya dejado sin fuerza… déjame que compruebe tus bajos, acércate. Alí abandona los deliciosos pies de Lady Lucy y se desplaza de rodillas hasta quedar al alcance de la mano de ella. Lucy bajo la mano hasta la entrepierna y la palpa. Como los siervos de las princesas rusas, a mi entera voluntad. Me da igual que te folles a Tana, o a tu madre. No me importa. Sólo importa que cuando Emmeline o yo chasqueemos los dedos te quiero a nuestros pies. Luego tienes que deshollinar mi cueva. Leyla Hanihm se estiró con indolencia entre los bellos almohadones de seda adamascada que cubrían el suelo de la estancia. Estaba somnolienta. Alargó el brazo y con su delicada mano tanteó alrededor donde debía haber un cuenco con bombones. Con los ojos medio cerrados Leyla se sonrió. Sus dedos capturaron una de aquellas delicias que la embajada belga hacía llegar a su padre y se lo llevó a la boca. Feride se desplazó sobre sus rodillas por el brillante suelo de madera del Atlas que varias esclavas se encargaban de mantener pulido y brillante y se acercó a los pies de su ama. Leyla volvió a sonreírse. Leyla zafó uno de los pies de las manos de la sirvienta y apoyó la planta sobre su calva cabeza donde sólo una gruesa guedeja de negro cabello trenzado coronaba su joven testa. Se frotó la planta sobre la rugosa tumescencia capilar para aliviarse de un picorcillo molesto y después la desplazó sobre la redonda y lisa superficie hasta apoyarla en la frente de la esclava. Una negrita arrodillada en un extremo de la sala tiraba sin descanso de una larga cuerda que movía un pesado ventilador en el techo y ayudaba a mantener el ambiente fresco en aquella zona. Gulbehar Hanihm se había llevado sus dos eunucos tras abandonar el serrallo. Leyla miró con suspicacia a su madre. Gulbehar se sacudió los zapatos de tacón que siempre llevaba en casa y se sentó al lado de su hija. No puede ponerse enfermo. Hoy me tiene que llevar al palacio de la princesa Palmira, madre, es imposible… lo necesito. Leyla suspiró haciendo un gracioso mohín y después sonrió. Mira que ponerse enfermo cuando lo necesito… es que no tienen ni pizca de consideración estos esclavos. La esclava detuvo su movimiento para incorporarse y se acercó a la princesa Gulbehar. Se inclinó y le besó los pies. Gulbehar miró a su amada hija con orgullo. Su madre me tenía envidia cuando vivíamos en el serrallo. Tara entró con ella dispuesta a satisfacer a su nueva ama en lo que ella deseara. A continuación Sarah mostró los aposentos que habían sido de su madre y que ahora, en buena ley, habían de pertenecer a la futura señora de la casa. Sarah le lanzó una mirada desdeñosa que Daisy no alcanzó a ver. La joven estaba aturdida por la elegancia y la prestancia de aquellos lujosos aposentos. La esposa del hacendado debía ser mujer altiva y orgullosa y Daisy le parecía apocada y poco cosa. De hecho hasta éste mismo momento desconocía tu existencia. Tu padre no me ha hablado nunca de ti. Imagino que para no asustarme. En cualquier caso sé que no puedo sustituir a tu madre pero espero que encuentres en mí a una buena amiga. Mediada la tarde hizo acto de presencia Silas Osburn, el amo de la Mariposa Azul. Encontró a las dos recién llegadas en el salón principal de la casa en compañía de Lady Camila y de Sarah. Aquí las cosas son distintas. Las hembras tamiles necesitan mano dura, son perezosas por definición y poco fiables. Las cuatro mujeres se levantaron al unísono al ver llegar al amo de la casa. Daisy se quedó anonadada por la exhuberante presencia de su futuro esposo. Hombre alto y grueso, barriga prominente, cabellos grises, ojos azules, brazos y piernas fuertes como los de un toro. Todo un hombretón. Calzaba el hombre unas altas y lustrosas botas del mismo estilo que llevaban Sarah y Lady Camila. A la memoria de Daisy acudió la conversación mantenida con Savin en la posada la noche anterior donde le explicó la importancia de calzar este tipo de botas por parte de los señores, entre otras cosas para fascinar a los criados tamiles. Daisy obedeció trémula. Silas la tomó de su delicada mano y la atrajo hacia sí. A continuación, contra todo protocolo la besó en los labios. Daisy sintió que le temblaban las piernas. Aquel hombre era todo fogosidad. Confío que hayas tenido un buen viaje. Daisy tan sólo pudo afirmar con la cabeza. Varias veces, como intentando responder a las varias preguntas que acababa de formularle aquel hombre tan fascinante. Por la tarde Daisy estaba muerta de agotamiento. Había conocido a la flor y nata de los hacendados de aquella próspera parte de la isla y era incapaz de retener los nombres o de asociarlos a los rostros. Cuando tuvo un momento se escabulló hacia sus aposentos. Allí le aguardaba Nameva, la que había sido la doncella de Lady Caroline y que ahora estaba a su absoluto servicio. La criada se arrodilló al ver entrar a su nueva ama. Daisy dio un ligero respingo. No se acababa de hacer a la idea de que los criados se postrasen ante ella. La criada reaccionó ayudando a su ama a sentarse sobre el extremo inferior de su lecho y a continuación le descalzó los bellos escarpines blancos que formaban parte del traje de novia. Era la primera vez que a Daisy le besaban los pies. Sintió una extraña sensación. Placentera, pero a la vez le producía cierta vergüenza. Llevo todo el día con los pies metidos dentro de estos zapatos y deben oler a mil demonios — reprimió una risita Daisy. Tal vez Francine tenía razón cuando la incitaba a aprovecharse de los privilegios que le ofrecía su nueva condición de ama, dueña y señora de La Mariposa Azul. Nameva le calzó los elegantes zapatos de salón blancos con afilado tacón que tanto le gustaban a Daisy. Ésta se levantó. Nameva, que seguía arrodillada, se inclinó y le besó los zapatos. Con su permiso voy a darles lustre. Es consejo de Nameva, memsahib. La fiesta se alargó por espacio de otras cinco horas. Al final el alcohol empezó a hacer estragos. Hubo una docena de invitados que tuvieron que quedarse a dormir en la Casa Grande porque no estaban en condiciones de viajar. Lady Camila dirigió las operaciones de acomodamiento. Al frente de un nutrido grupo de criadas tamiles fue colocando a los que estaban borrachos y borrachas perdidos en alguna de las numerosas habitaciones de invitados con que contaba la gran mansión de los Osburn. Daisy le dio mentalmente las gracias a Lady Camila porque en teoría le hubiera tocado a ella tomar cartas en el asunto, pero Lady Camila, con buen tacto se le acercó para pedirle permiso y tomar el mando del servicio doméstico para acomodar a los invitados que estaban ya durmiendo la borrachera. Esa misma noche Daisy recibió la visita de su esposo. Silas Osburn no fue nada considerado y la embistió con violencia hasta quedar saciado. Cuando Silas se hubo vaciado en el interior de su flamante esposa se marchó a sus aposentos privados. Por suerte disponían de habitaciones separadas y Daisy, tras ser usada como una muñeca le ordenó a Nameva que le preparase un baño, sin tener en cuenta la hora que era y que para ello la criada debía cargar con no menos de diez grandes y pesados baldes de agua caliente y después realizar otros tantos viajes para desaguar. Mientras Nameva la enjabonaba Daisy no lo pudo evitar y se echó a llorar. Parecía un libro abierto ante aquella mujer. La criada había bajado la cabeza y ahora le enjabonaba los pies con gran delicadeza. Parece que es la manera de ser de los ingleses, si me perdona usted el atrevimiento — se excusó la sirvienta ante la posibilidad que su franqueza hubiera podido molestar a su señora, no en vano ella también era inglesa. Ha sido horrible. Me he sentido como una muñeca hinchable de esas que venden en los sitios de cochinadas para hombres. Nameva no entendió la comparación pero supo que su dueña estaba, mejor dicho, se sentía frustrada. El amo Silas sólo la penetró, de la misma manera que ha hecho hoy con usted, hasta que MiLady quedar en estado. A partir de ese momento la memsahib Caroline le prohibió el acceso a sus aposentos. Pero para los varones hacendados no poder cohabitar con su esposa no ser problema. Ellos se alivian con cualquiera de las sirvientas que poseen, o con las jornaleras. Seguro que en estos momentos el amo Silas estar metiendo su miembro en el coñito de alguna de las criadas. Daisy se ruborizó. Nameva le pidió perdón por los términos empleados. Nameva no dominar suficiente lengua de los amos y…. Era muy severa pero era justa… o bastante justa se podría decir — matizó Nameva —. Cuando era joven, pocos años antes de tener a la memsahib Sarah, tuvo un hijo con un empleado de la plantación. Se opuso y lo protegió. Ella llegar a decir que si amo Silas hacer daño a su niño ella mataría al amo Silas. Como casi todos los hombres el amo se acobardó ante la enérgica respuesta del ama Caroline. Nameva encargarse de hacer de madre para él. Yo era muy jovencita y aquel niño fue para mí un tesoro. Cuando el niño tener edad suficiente, o sea a partir de los cinco años, empezó a trabajar de sirviente en la casa. Fueron unos años muy felices para él. Cuidaba de su amita con gran celo y también se ocupaba de las tareas de sirviente que se le encomendaban, siempre que se lo permitiera el ocuparse de la amita Sarah. El niño no permitir que nada molestara a la niña. Era tan fiel y leal a su pequeña ama que incluso el amo Silas, que al principio lo odiaba, empezó a confiar en él. Daisy dio por terminado el baño. Se puso de pie y Nameva la cubrió con una toalla grande. Luego le puso un albornoz y la secó. Daisy se recostó en la cama. Conservaba los rasgos de la raza de su padre, un cingalés que trabajaba como jefe de producción, controlando la calidad de las hojas de té recolectadas, un cargo de gran confianza. También heredó de su padre una característica que lo hacía muy especial: un hermoso cabello abundante, denso y del color de la ceniza. Daisy dio un respingo. Tres coincidencias eran demasiadas. Mestizo de cingalés e inglesa, jefe de producción y el cabello de color ceniza. Era la mejor amazona de toda la isla, pero una serpiente asustó a su caballo y la tiró. Al caer se fracturó el cuello. El amo Silas estaba como loco. Mandó llamar a todos los médicos de la zona. Y el amo Silas obedeció y cumplió su promesa de tanto cómo quería a su esposa. Debió de ser una gran mujer — apenas murmuró Daisy. Los labios de Nameva en sus delicadas plantas la devolvieron a la realidad. Miró el reloj que tenía en la mesilla y vio que era muy tarde. Fue el precio que Lady Caroline le concedió para lavar su orgullo masculino. Quédate conmigo hasta que estés segura de que me he dormido. Nameva siguió besando los delicados pies de su joven ama hasta que la oyó roncar levemente. Al día siguiente Daisy se levantó muy tarde. Nameva le trajo el desayuno a la cama al mediodía. Daisy le dio las gracias por la información y se sintió ligeramente desamparada. Ella era el ama pero la ausencia de su marido la dejaba en una situación que a ella se le antojaba ridícula. Lady Camila pareció leerle el pensamiento. Los hombres parecen idiotas… o tal vez es que lo sean. Ahora si quieres te puedo dar unas pinceladas de cómo llevamos las cosas aquí. Tus zapatitos de tacón son muy bonitos y en las fiestas son imprescindibles, pero para el día a día olvídate de ellos. Para diario, para tratar con la servidumbre y con los peones no hay nada como…. Una de las cosas que Caroline, la difunta esposa de mi hermano, hacía a diario era recorrer el campo de castigo para comprobar que los condenados cumplían con la pena que se les había impuesto. En una hacienda de las características de la nuestra, tan grande y con tantos servidores, es necesario disponer de diferentes métodos de castigo. Daisy recordó lo que Savin le había contado sobre las relaciones entre amos y criados y especialmente lo relativo a la fascinación que sentían los nativos ante las lustrosas botas que solían calzar aquellos. Bonitas botas, mem… a Nameva recordar las de la memsahib Caroline — le dijo Nameva con una sonrisa. Daisy le devolvió la sonrisa y se sentó en el banco que había al pie mismo de la cama para que la criada la calzara. Le tendió el pie y Nameva le sacó el elegante escarpín. La criada depositó el zapato con sumo cuidado en el suelo y tomó el pie de su ama por el tobillo. Lo levantó hasta quedar la planta frente a su rostro y a continuación la besó. Un beso delicado. La expresión del paradigma de la sumisión. Aquel beso le produjo a Daisy una extraña reacción. Se dio cuenta de que le gustaba que Nameva le besara los pies. Sin embargo en la privacidad de sus aposentos tenía que reconocer que era sumamente agradable que una doncella le besara los pies. De paso sacaremos a cuatro que ya deben haber cumplido sus respectivos castigos. Vamos, ven conmigo. Las dos jóvenes, porque Sarah era un año menor que Daisy, se dirigieron hacia las caballerizas. Entraron en las caballerizas. Los dos palafreneros, sin abandonar su posición de rodillas se arrojaron a los pies de las memsahibs y lengüetearon sus brillantes botas. Los dos palafreneros se levantaron y tras enjaezar a las magníficas yeguas las sacaron fuera de la caballeriza. Se arrodillaron en el flanco derecho de cada una de las enormes bestias y se quedaron ahí, esperando. Daisy vio con qué naturalidad Sarah se ponía de pie sobre la débil espalda de su criado y una vez sobre él se daba impulso para subir sobre su montura. Con aprensión Daisy levantó un pie y fue a colocarlo sobre la zona lumbar de su mozo de espuela. Alargó los brazos para asirse a la silla y ayudarse a izarse. Salieron al trote de los dos jamelgos. Continuaron cabalgando en silencio durante un corto espacio de tiempo en el que Daisy no dejó de admirar la belleza del paisaje. Suaves colinas verdes se extendían en todas direcciones y entre las altas plantas de té podían percibirse los movimientos de las recolectoras. A los machos — Daisy se dio cuenta del término empleado por Sarah para referirse a los varones tamiles — los dedicamos a la tala de bosques, su desbrozamiento, el secar lagunas, el transportar toneladas y toneladas de madera que luego vendemos a los constructores. Pero del trabajo propio de la plantación se ocupan las hembras y sus crías. La manera en que Sarah se refirió a sus empleados le causó a Daisy una cierta desazón. Había en ella el desprecio del conquistador. La joven dio dos palmadas y de no se sabe dónde aparecieron dos niños corriendo que se postraron en el flanco de ambas yeguas. Los dos niños sirvientes, una vez usados de escabel, se ocuparon de llevarse a los caballos para acondicionarlos. Sarah descendió por un terraplen y Daisy la siguió. Daisy abrió tanto los ojos como la boca. No esperaba ver lo que sus ojos vieron: en la explanada había diversos hoyos profundos vacíos junto a otros tantos en los que en su interior había dos hembras y dos niños enterrados hasta los codos. Pero no acababa aquí lo que causó sorpresa en la joven ama. Las cuatro castigados tenían la cabeza, el rostro, el cuello y el cuerpo hasta donde emergía de la tierra en la que estaban parcialmente enterrados, cubiertos por un sustancia pegajosa que a Daisy le pareció miel. No podía reconocerse las facciones ya que sobre la miel derramada había cientos, tal vez miles, de insectos que libaban con ferocidad. Los enterramos hasta los codos para que queden inmovilizados con medio cuerpo fuera y les echamos miel por encima de la cabeza. En pocas horas los insectos, de todo tipo, acuden a la llamada del néctar y aumentan considerablemente el sufrimiento de los castigados. Estos de aquí ya han cumplido. Se veía superada por la crueldad que estaba presenciando. Entonces, mientras Sarah daba las indicaciones para que desenterraran a los cuatro sirvientes que ya estaban cumpliendo el castigo sólo se le ocurrió hacer una pregunta de la que pronto se arrepintió:. Sarah se volvió hacia ella. Sus ojos llameaban. Daisy se dio cuenta al instante de que había metido la pata y bajó la mirada para no enfrentarla. Estos — y señaló con el mentón a los tamiles castigados — han cometido un gravísimo delito, en consecuencia el castigo debe ser acorde. Seguro que pasan hambre. El que roba por hambre no debería ser castigado — dijo plañidera Daisy — a lo mejor la alimentación que reciben es insuficiente. Se lo tienen que ganar a pulso. En la nuestra domina el hambre. Fue mi madre quien diseñó la manera de relacionarnos con nuestros sirvientes. Todos los que trabajan para nosotros tienen un contrato de trabajo que les obliga. A cambio hemos de alimentarles, pero la ley no nos obliga a saciarlos. Cumplimos escrupulosamente con los mínimos alimenticios que marca la ley: 1. En función de que estén catalogados como afectos o desafectos reciben mayor o menor cantidad de comida mensualmente. Eso tiene la tipificación genérica de caza furtiva. Los contratos de servidumbre que suscriben los atan a la propiedad que los ha contratado. Sin el permiso del amo el siervo no puede abandonar la hacienda. No obstante no negaré que se dan casos de movilidad de obreros y criados tamiles entre las distintas haciendas. Eso se debe a que los propietarios de los contratos podemos comerciar con los inherentes derechos de servidumbre que nos pertenecen desde el momento de contratarlos. Daisy no entendía de qué le hablaba Sarah y su rostro expresó su desconcierto. La joven Sarah se rió con una franca carcajada y a continuación se lanzó a explicarle a su madrastra cómo funcionaba el tema de los derechos de servidumbre. Ese recurso nos sirve también para el sometimiento de nuestro personal de una manera harto sencilla: por ejemplo, vendiendo los derechos de servidumbre de una familia tamil a diferentes propietarios. Me parece una canallada infame, perdona que te lo diga. Piensa que los tamiles tienen a la familia un gran respeto y veneración y las hembras son como conejas, paren niños tamiles como por ensalmo. Daisy estaba mareada. Era excesivo todo lo que estaba descubriendo. Decidió no seguir polemizando. Tendría que meditar cuando estuviese a solas y digerir aquel mundo del que no conocía nada y en el que acababa de entrar por la puerta grande. Sarah hizo que enterraran a los dos niños que habían sido sorprendidos robando comida de los amos. Como si quisiera dar un respiro a Daisy, a la que veía seriamente perjudicada y confundida, autorizó que no se les derramara melaza sobre la cabeza y el cuerpo que quedaba al aire. De regreso a la mansión Daisy cabalgaba en silencio. Estaba apesadumbrada. El ruido de los cascos de un caballo que se acercaba al galope la sacó de su ensimismamiento. Lady Camila me ha tenido ocupada hasta ahora. Cuando he terminado he venido a todo correr porque me ha comunicado MiLady que habías ido a los hoyos a enterrar a un par de desgraciados que os han robado comida. Ella es la nueva ama de la hacienda. Daisy, ésta es miss Kelly, nuestra capataz. Es una cingalesa mestiza, bastarda de mi padre que tiene grandes privilegios. Daisy contempló la hermosa figura de la mestiza. Llevaba un vestido corto de piel de gamuza y calzaba unas altas e imponentes botas de montar realmente lustrosas. La cingalesa se hallaba ya en un flanco de la yegua de Daisy y le estaba besando la bota que mantenía en el estribo. Ella se ocupa de la parte desagradable de la disciplina. Nosotras imponemos los castigos y ella los ejecuta, los lleva a cabo con admirable precisión. Daisy pensó que se iba a desmayar. Sabía que Savin, porque se lo había dicho Nameva, era hijo bastardo de Lady Caroline y ahora resultaba que esa tal miss Kelly era la bastarda de su esposo. A Daisy no le pasó desapercibido el hecho de que Sarah acariciara con su enguantada mano la cabeza de miss Kelly cuando ésta pasó por su lado después de presentar sus respetos a la nueva dueña de la plantación. Kelly le dedicó a Sarah una mirada cargada de ternura que hizo enrojecer a Daisy cuando imaginó qué sucedía entre ambas jóvenes. Tetas grandes Milf Dominacion femenina Rubias Al aire libre. Fetiche Dominacion femenina Fetiche de pies Morenas Hd. Bdsm Dominacion femenina Anal Juguetes Fetiche. Fetiche Fetiche de pies Dominacion femenina. Dominacion femenina Pelirrojas Maduras Fetiche Tatuaje. Dominacion femenina Fetiche Morenas Hd. 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Tal y como decía la abuela era importante que el mujik que venía a suplicarnos pudiera extasiarse ante el brillo de nuestras botas antes de besarlas. Cogí la fusta para realzar mi poder y salí a la veranda seguido de mi fiel Sasha. Andrei llamó a los Sukov que subieron los cuatro peldaños que llevaban a la galería.

Parecían ateridos de frío. Ciertamente hacía mucho y habían permanecido no sé cuantas horas de pie, en el patio. La nieve se había ido acumulando en sus raídos abrigos y los dedos de sus manos cubiertas con rotos mitones estaban enrojecidos y los labios azulados por el frío.

Los aguardé de pie, frente al sillón que Andrei había sacado para source. Los cuatro miembros de la familia Sukov se postrernaron a mi pies y me besaron las botas con total devoción. Me sentí poderoso. Mis campesinos se quedaron arrodillados. Era evidente que el campesino Sukov me iba a pedir una rebaja de impuestos y empezaba a ponerme nervioso, aunque me read more hecho el propósito de no ser muy duro con los Sukov habida cuenta que la pérdida de su hija mayor se había producido por un capricho de tía Larissa al que yo había consentido.

Historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación cuando iba a regañarles por recurrir a la manida petición de rebaja de impuestos la esposa, la Sukova, se arrojó a mis pies y mientras besaba mis botas con devoción habló ella. Tenemos siete hijos y no tenemos capacidad historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación alimentarlos a todos.

Los hemos traido con nosotros por si queréis verlos. Me quedé desconcertado, me estaban ofreciendo quedarme a alguno de sus hijos en propiedad. Técnicamente ya era el propietario de mis siervos pero sus padres me los regalaban para que hiciera de ellos lo que quisiera.

Dirigí una mirada a los siete niños que permanecían con la carita pegada al suelo. Se les veía inquietos y temerosos pero obedientes. Seguro que sus padres les habían aleccionado para mostrarse dóciles y así conseguir que me interesara por alguno de ellos.

Entre nuestros sirvientes había bastantes niños pero la mayoría eran hijos de aquellos que ya historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación servían. Aquellos niños que los Sukov me ofrecían tendrían una categoría diferente, equiparable a los huérfanos. Sus padres renunciaban a una parte de sus hijos para historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación atender a los que se quedasen con ellos.

Yo me sentía un poco desconcertado. Me removí nervioso en mi sillón hasta que decidí inspeccionar el material. Ordené que los siete niños se pusieran de pie.

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Daisy se quedó boquiabierta al ver la inmensidad de la hacienda, y eso que solo estaba viendo una pequeña parte, la correspondiente a la mansión y sus aledaños. Posteriormente visitaría la inmensa extensión de campos donde se cultivaba el té por parte de varios miles de peones tamiles, la mayoría niños, a los que se usaba por la delicadeza de sus manitas en el trato con la delicada planta. A recibir a las recién llegadas acudió Lady Camila Fairfax, la hermana de Silas Osburn, una viuda de unos cuarenta años de imponente aspecto. A su lado se encontraba una joven de edad parecida a Daisy que le fue presentada como Sarah, la hija de Silas con su anterior mujer, Lady Caroline Osburn, a quien Daisy debía sustituir como dueña de la hacienda y madrastra de Sarah. Daisy acertó a asentir con la cabeza con humildad. Le había molestado que su futuro esposo hubiera encargado a un vulgar mestizo la tarea que le correspondía a él, pero la joven se dijo que debía acatar las normas que allí reinasen, fuesen las que fuesen. Savin se arrodilló ante Sarah y Lady Camila, provocando la sorpresa de Daisy que consideraba al mestizo exento de este tipo de demostraciones de sometimiento. Sarah hizo de cicerone y le mostró la mansión a su futura madrastra y a su dama de compañía. Daisy se estremeció. Sabía a qué venía pero lo cierto es que realmente no lo tenía muy asumido. Me he acostumbrado a ella desde que embarcó en Port Said. Ella es quien se encarga del ordenamiento de los domésticos… bueno, hasta ahora. Sarah dejó a Francine en su amplio dormitorio. Tara entró con ella dispuesta a satisfacer a su nueva ama en lo que ella deseara. A continuación Sarah mostró los aposentos que habían sido de su madre y que ahora, en buena ley, habían de pertenecer a la futura señora de la casa. Sarah le lanzó una mirada desdeñosa que Daisy no alcanzó a ver. La joven estaba aturdida por la elegancia y la prestancia de aquellos lujosos aposentos. La esposa del hacendado debía ser mujer altiva y orgullosa y Daisy le parecía apocada y poco cosa. De hecho hasta éste mismo momento desconocía tu existencia. Tu padre no me ha hablado nunca de ti. Imagino que para no asustarme. En cualquier caso sé que no puedo sustituir a tu madre pero espero que encuentres en mí a una buena amiga. Mediada la tarde hizo acto de presencia Silas Osburn, el amo de la Mariposa Azul. Encontró a las dos recién llegadas en el salón principal de la casa en compañía de Lady Camila y de Sarah. Aquí las cosas son distintas. Las hembras tamiles necesitan mano dura, son perezosas por definición y poco fiables. Las cuatro mujeres se levantaron al unísono al ver llegar al amo de la casa. Daisy se quedó anonadada por la exhuberante presencia de su futuro esposo. Hombre alto y grueso, barriga prominente, cabellos grises, ojos azules, brazos y piernas fuertes como los de un toro. Todo un hombretón. Calzaba el hombre unas altas y lustrosas botas del mismo estilo que llevaban Sarah y Lady Camila. A la memoria de Daisy acudió la conversación mantenida con Savin en la posada la noche anterior donde le explicó la importancia de calzar este tipo de botas por parte de los señores, entre otras cosas para fascinar a los criados tamiles. Daisy obedeció trémula. Silas la tomó de su delicada mano y la atrajo hacia sí. A continuación, contra todo protocolo la besó en los labios. Daisy sintió que le temblaban las piernas. Aquel hombre era todo fogosidad. Confío que hayas tenido un buen viaje. Daisy tan sólo pudo afirmar con la cabeza. Varias veces, como intentando responder a las varias preguntas que acababa de formularle aquel hombre tan fascinante. Por la tarde Daisy estaba muerta de agotamiento. Había conocido a la flor y nata de los hacendados de aquella próspera parte de la isla y era incapaz de retener los nombres o de asociarlos a los rostros. Cuando tuvo un momento se escabulló hacia sus aposentos. Allí le aguardaba Nameva, la que había sido la doncella de Lady Caroline y que ahora estaba a su absoluto servicio. La criada se arrodilló al ver entrar a su nueva ama. Daisy dio un ligero respingo. No se acababa de hacer a la idea de que los criados se postrasen ante ella. La criada reaccionó ayudando a su ama a sentarse sobre el extremo inferior de su lecho y a continuación le descalzó los bellos escarpines blancos que formaban parte del traje de novia. Era la primera vez que a Daisy le besaban los pies. Sintió una extraña sensación. Placentera, pero a la vez le producía cierta vergüenza. Llevo todo el día con los pies metidos dentro de estos zapatos y deben oler a mil demonios — reprimió una risita Daisy. Tal vez Francine tenía razón cuando la incitaba a aprovecharse de los privilegios que le ofrecía su nueva condición de ama, dueña y señora de La Mariposa Azul. Nameva le calzó los elegantes zapatos de salón blancos con afilado tacón que tanto le gustaban a Daisy. Ésta se levantó. Nameva, que seguía arrodillada, se inclinó y le besó los zapatos. Con su permiso voy a darles lustre. Es consejo de Nameva, memsahib. La fiesta se alargó por espacio de otras cinco horas. Al final el alcohol empezó a hacer estragos. Hubo una docena de invitados que tuvieron que quedarse a dormir en la Casa Grande porque no estaban en condiciones de viajar. Lady Camila dirigió las operaciones de acomodamiento. Al frente de un nutrido grupo de criadas tamiles fue colocando a los que estaban borrachos y borrachas perdidos en alguna de las numerosas habitaciones de invitados con que contaba la gran mansión de los Osburn. Daisy le dio mentalmente las gracias a Lady Camila porque en teoría le hubiera tocado a ella tomar cartas en el asunto, pero Lady Camila, con buen tacto se le acercó para pedirle permiso y tomar el mando del servicio doméstico para acomodar a los invitados que estaban ya durmiendo la borrachera. Esa misma noche Daisy recibió la visita de su esposo. Silas Osburn no fue nada considerado y la embistió con violencia hasta quedar saciado. Cuando Silas se hubo vaciado en el interior de su flamante esposa se marchó a sus aposentos privados. Por suerte disponían de habitaciones separadas y Daisy, tras ser usada como una muñeca le ordenó a Nameva que le preparase un baño, sin tener en cuenta la hora que era y que para ello la criada debía cargar con no menos de diez grandes y pesados baldes de agua caliente y después realizar otros tantos viajes para desaguar. Mientras Nameva la enjabonaba Daisy no lo pudo evitar y se echó a llorar. Parecía un libro abierto ante aquella mujer. La criada había bajado la cabeza y ahora le enjabonaba los pies con gran delicadeza. Parece que es la manera de ser de los ingleses, si me perdona usted el atrevimiento — se excusó la sirvienta ante la posibilidad que su franqueza hubiera podido molestar a su señora, no en vano ella también era inglesa. Ha sido horrible. Me he sentido como una muñeca hinchable de esas que venden en los sitios de cochinadas para hombres. Nameva no entendió la comparación pero supo que su dueña estaba, mejor dicho, se sentía frustrada. El amo Silas sólo la penetró, de la misma manera que ha hecho hoy con usted, hasta que MiLady quedar en estado. A partir de ese momento la memsahib Caroline le prohibió el acceso a sus aposentos. Pero para los varones hacendados no poder cohabitar con su esposa no ser problema. Ellos se alivian con cualquiera de las sirvientas que poseen, o con las jornaleras. Seguro que en estos momentos el amo Silas estar metiendo su miembro en el coñito de alguna de las criadas. Daisy se ruborizó. Nameva le pidió perdón por los términos empleados. Nameva no dominar suficiente lengua de los amos y…. Era muy severa pero era justa… o bastante justa se podría decir — matizó Nameva —. Cuando era joven, pocos años antes de tener a la memsahib Sarah, tuvo un hijo con un empleado de la plantación. Se opuso y lo protegió. Ella llegar a decir que si amo Silas hacer daño a su niño ella mataría al amo Silas. Como casi todos los hombres el amo se acobardó ante la enérgica respuesta del ama Caroline. Nameva encargarse de hacer de madre para él. Yo era muy jovencita y aquel niño fue para mí un tesoro. Cuando el niño tener edad suficiente, o sea a partir de los cinco años, empezó a trabajar de sirviente en la casa. Fueron unos años muy felices para él. Cuidaba de su amita con gran celo y también se ocupaba de las tareas de sirviente que se le encomendaban, siempre que se lo permitiera el ocuparse de la amita Sarah. El niño no permitir que nada molestara a la niña. Era tan fiel y leal a su pequeña ama que incluso el amo Silas, que al principio lo odiaba, empezó a confiar en él. Daisy dio por terminado el baño. Se puso de pie y Nameva la cubrió con una toalla grande. Luego le puso un albornoz y la secó. Daisy se recostó en la cama. Conservaba los rasgos de la raza de su padre, un cingalés que trabajaba como jefe de producción, controlando la calidad de las hojas de té recolectadas, un cargo de gran confianza. También heredó de su padre una característica que lo hacía muy especial: un hermoso cabello abundante, denso y del color de la ceniza. Daisy dio un respingo. Tres coincidencias eran demasiadas. Mestizo de cingalés e inglesa, jefe de producción y el cabello de color ceniza. Era la mejor amazona de toda la isla, pero una serpiente asustó a su caballo y la tiró. Al caer se fracturó el cuello. El amo Silas estaba como loco. Mandó llamar a todos los médicos de la zona. Y el amo Silas obedeció y cumplió su promesa de tanto cómo quería a su esposa. Debió de ser una gran mujer — apenas murmuró Daisy. Los labios de Nameva en sus delicadas plantas la devolvieron a la realidad. Miró el reloj que tenía en la mesilla y vio que era muy tarde. Fue el precio que Lady Caroline le concedió para lavar su orgullo masculino. Quédate conmigo hasta que estés segura de que me he dormido. Nameva siguió besando los delicados pies de su joven ama hasta que la oyó roncar levemente. Al día siguiente Daisy se levantó muy tarde. Nameva le trajo el desayuno a la cama al mediodía. Daisy le dio las gracias por la información y se sintió ligeramente desamparada. Ella era el ama pero la ausencia de su marido la dejaba en una situación que a ella se le antojaba ridícula. Lady Camila pareció leerle el pensamiento. Los hombres parecen idiotas… o tal vez es que lo sean. Ahora si quieres te puedo dar unas pinceladas de cómo llevamos las cosas aquí. Tus zapatitos de tacón son muy bonitos y en las fiestas son imprescindibles, pero para el día a día olvídate de ellos. Para diario, para tratar con la servidumbre y con los peones no hay nada como…. Una de las cosas que Caroline, la difunta esposa de mi hermano, hacía a diario era recorrer el campo de castigo para comprobar que los condenados cumplían con la pena que se les había impuesto. En una hacienda de las características de la nuestra, tan grande y con tantos servidores, es necesario disponer de diferentes métodos de castigo. Daisy recordó lo que Savin le había contado sobre las relaciones entre amos y criados y especialmente lo relativo a la fascinación que sentían los nativos ante las lustrosas botas que solían calzar aquellos. Bonitas botas, mem… a Nameva recordar las de la memsahib Caroline — le dijo Nameva con una sonrisa. Daisy le devolvió la sonrisa y se sentó en el banco que había al pie mismo de la cama para que la criada la calzara. Le tendió el pie y Nameva le sacó el elegante escarpín. La criada depositó el zapato con sumo cuidado en el suelo y tomó el pie de su ama por el tobillo. Lo levantó hasta quedar la planta frente a su rostro y a continuación la besó. Un beso delicado. La expresión del paradigma de la sumisión. Aquel beso le produjo a Daisy una extraña reacción. Se dio cuenta de que le gustaba que Nameva le besara los pies. Sin embargo en la privacidad de sus aposentos tenía que reconocer que era sumamente agradable que una doncella le besara los pies. De paso sacaremos a cuatro que ya deben haber cumplido sus respectivos castigos. Vamos, ven conmigo. Las dos jóvenes, porque Sarah era un año menor que Daisy, se dirigieron hacia las caballerizas. Entraron en las caballerizas. Los dos palafreneros, sin abandonar su posición de rodillas se arrojaron a los pies de las memsahibs y lengüetearon sus brillantes botas. Los dos palafreneros se levantaron y tras enjaezar a las magníficas yeguas las sacaron fuera de la caballeriza. Se arrodillaron en el flanco derecho de cada una de las enormes bestias y se quedaron ahí, esperando. Daisy vio con qué naturalidad Sarah se ponía de pie sobre la débil espalda de su criado y una vez sobre él se daba impulso para subir sobre su montura. Con aprensión Daisy levantó un pie y fue a colocarlo sobre la zona lumbar de su mozo de espuela. Alargó los brazos para asirse a la silla y ayudarse a izarse. Salieron al trote de los dos jamelgos. Continuaron cabalgando en silencio durante un corto espacio de tiempo en el que Daisy no dejó de admirar la belleza del paisaje. Suaves colinas verdes se extendían en todas direcciones y entre las altas plantas de té podían percibirse los movimientos de las recolectoras. A los machos — Daisy se dio cuenta del término empleado por Sarah para referirse a los varones tamiles — los dedicamos a la tala de bosques, su desbrozamiento, el secar lagunas, el transportar toneladas y toneladas de madera que luego vendemos a los constructores. Pero del trabajo propio de la plantación se ocupan las hembras y sus crías. La manera en que Sarah se refirió a sus empleados le causó a Daisy una cierta desazón. Había en ella el desprecio del conquistador. La joven dio dos palmadas y de no se sabe dónde aparecieron dos niños corriendo que se postraron en el flanco de ambas yeguas. Los dos niños sirvientes, una vez usados de escabel, se ocuparon de llevarse a los caballos para acondicionarlos. Sarah descendió por un terraplen y Daisy la siguió. Daisy abrió tanto los ojos como la boca. No esperaba ver lo que sus ojos vieron: en la explanada había diversos hoyos profundos vacíos junto a otros tantos en los que en su interior había dos hembras y dos niños enterrados hasta los codos. Pero no acababa aquí lo que causó sorpresa en la joven ama. Las cuatro castigados tenían la cabeza, el rostro, el cuello y el cuerpo hasta donde emergía de la tierra en la que estaban parcialmente enterrados, cubiertos por un sustancia pegajosa que a Daisy le pareció miel. No podía reconocerse las facciones ya que sobre la miel derramada había cientos, tal vez miles, de insectos que libaban con ferocidad. Los enterramos hasta los codos para que queden inmovilizados con medio cuerpo fuera y les echamos miel por encima de la cabeza. En pocas horas los insectos, de todo tipo, acuden a la llamada del néctar y aumentan considerablemente el sufrimiento de los castigados. Estos de aquí ya han cumplido. Se veía superada por la crueldad que estaba presenciando. Entonces, mientras Sarah daba las indicaciones para que desenterraran a los cuatro sirvientes que ya estaban cumpliendo el castigo sólo se le ocurrió hacer una pregunta de la que pronto se arrepintió:. Sarah se volvió hacia ella. Sus ojos llameaban. Daisy se dio cuenta al instante de que había metido la pata y bajó la mirada para no enfrentarla. Estos — y señaló con el mentón a los tamiles castigados — han cometido un gravísimo delito, en consecuencia el castigo debe ser acorde. Seguro que pasan hambre. El que roba por hambre no debería ser castigado — dijo plañidera Daisy — a lo mejor la alimentación que reciben es insuficiente. Se lo tienen que ganar a pulso. En la nuestra domina el hambre. Fue mi madre quien diseñó la manera de relacionarnos con nuestros sirvientes. Todos los que trabajan para nosotros tienen un contrato de trabajo que les obliga. A cambio hemos de alimentarles, pero la ley no nos obliga a saciarlos. Cumplimos escrupulosamente con los mínimos alimenticios que marca la ley: 1. En función de que estén catalogados como afectos o desafectos reciben mayor o menor cantidad de comida mensualmente. Eso tiene la tipificación genérica de caza furtiva. Los contratos de servidumbre que suscriben los atan a la propiedad que los ha contratado. Sin el permiso del amo el siervo no puede abandonar la hacienda. No obstante no negaré que se dan casos de movilidad de obreros y criados tamiles entre las distintas haciendas. Eso se debe a que los propietarios de los contratos podemos comerciar con los inherentes derechos de servidumbre que nos pertenecen desde el momento de contratarlos. Daisy no entendía de qué le hablaba Sarah y su rostro expresó su desconcierto. La joven Sarah se rió con una franca carcajada y a continuación se lanzó a explicarle a su madrastra cómo funcionaba el tema de los derechos de servidumbre. Ese recurso nos sirve también para el sometimiento de nuestro personal de una manera harto sencilla: por ejemplo, vendiendo los derechos de servidumbre de una familia tamil a diferentes propietarios. Me parece una canallada infame, perdona que te lo diga. Piensa que los tamiles tienen a la familia un gran respeto y veneración y las hembras son como conejas, paren niños tamiles como por ensalmo. Daisy estaba mareada. Era excesivo todo lo que estaba descubriendo. Blonde bitch milks slave. Goddess play with her big clit until she climaxxx. Foot fetish goddess Jessica Jones posing in her black see through lingerie. High heel fuck. CBT, electro torture, fisting, clinic, medical. Hot mom sex video featuring Jordan Ash and Maxine X. Watch This Fetish Femdom Mistress. Foot worship and licking. Goddess torture Balls end Sounding. Cuckold life. Best pornstar in Crazy Femdom, HD adult clip. Nude Mixed Wrestlers. CBT cock milking. CFNM femdom babes jerking. 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Se levantaba tarde, desayunaba en la cama, iba a su Club Femenino donde se reunía con sus amigas y montaba a caballo o practicaba el tiro al zorro, en circuitos privados. Daba fiestas de vez en cuando en su casa y los fines de semana los pasaban en Cadwell Hill donde disponían de una casita de campo propiedad de la familia Preston, a unas cien millas del centro de Londres, de la que ella se había encaprichado y obligado a Preston a reclamarla como adelanto de su herencia. Los fines de semana eran muy ajetreados para los sirvientes. Todos debían trasladarse a Cadwell Hill con los señores y eso implicaba hacer y deshacer equipajes varias veces entre el viernes y el lunes. Un día Lucy, que había salido a cabalgar por los campos de su propiedad de Cadwell, a su regreso buscó a Tana para que la descalzara las botas y se las lustrara. Tana era su doncella personal. Al desmontar entregó las riendas al mozo de cuadra y buscó a su criada. No la alló por ninguna parte. Esto la puso de malhumor. Otro motivo de queja. Lucy era tan perezosa que disponía de Tana como si fuera una extensión de su cuerpo. Lucy vivía tan pagada de su privilegiada vida, tan metida en su mundo de princesa real, que ni siquiera se había dado cuenta de que Alí, que ya tenía quince años, se había convertido en un magnífico ejemplar de varón. Y estaba a su servicio. Llevo varias horas abrillantando la plata y no he visto a nadie — mintió el muchacho. Alí sí había visto a Tana, con uno de los mozos Benson de la finca. Cadwell Mannor, como se conocía a la propiedad que pertenecía a la familia Still desde tiempos inmemoriales y que ahora estaba a nombre de Lucy, seguía manteniendo ciertos aspectos feudales de relación con los campesinos que arrendaban las tierras que formaban parte del fundo. Los propietarios no vivían de forma permanente en la propiedad. Los arrendatarios, familias de campesinos que desde la época de Cromwell habían pertenecido a la tierra que seguían trabajando, prestaban vasallaje a los propietarios de diversos modos. De manera rotativa, cada año una de las familias se encargaba del mantenimiento de la casa y cuando los propietarios estaban en ella se constituían también en sus sirvientes. El resto de campesinos arrendatarios trabajaban las tierras y pagaban a los amos un diezmo que cada año era revisado por estos. El diezmo en cuestión se valoraba tanto en productos —un porcentaje de la cosecha— como en servicios a prestar. Desde siempre, cualquier miembro de la familia Still, tenía el derecho de exigir doncellas o mancebos para su solaz. Para las familias de campesinos, educados en la sumisión a la familia propietaria, representaba un honor que sus hijos, hembras o varones, fueran elegidos por los miembros de la familia Still para calentar su cama. Si a Lucy le apetecía dar una fiesta podía reclutar entre las hijas de sus aparceros la servidumbre necesaria para el evento. Las jornadas de caza en el coto privado de Cadwell requerían de mucho servicio pues los Still invitaban a la familia de él que era bastante numerosa. Los muchachos de la aldea de Cadwell que llevaba el mismo nombre de la propiedad, eran educados por sus padres desde chiquitos para formarse como asistentes de caza para ayudar a los señores. Éstos llamaban a esos chicos despectivamente con el nombre de lebreles. Lucy, que al principio desconocía todos aquellos privilegios, cuando supo de aquellas extravagancias convenció a su devoto esposo para que reclamara la propiedad de Cadwell en concepto de herencia en vida. No sólo eran aceptadas sino que para la mayoría constituía un auténtico honor ser elegidos para dar esa satisfacción a los amos. Lucy estaba satisfecha de su ascenso social. De la nada había pasado a ostentar título de nobleza, tener en su casa de Belgravia un servicio casi esclavo y en la casa de campo reinaba como una señora feudal. La vida le sonreía. En aquel momento la familia Benson era la que tenía el honor de servir a Preston y Lucy Still. Los Benson era una típica familia campesina, con casi una docena de hijos e hijas que se encargaban de dar servicio a la familia Still. Lucy decía en voz alta lo que pensaba. Alí se encogió de hombros y siguió sacando brillo a la plata. Al muchacho le fascinaba la belleza de Lucy. Estaba muy delgada, sus bonitos ojos azules parecían siempre tristes, tenía el labio inferior algo grueso y formaba con el superior un permanente y provocador inicio de un beso. Su alargado rostro presentaba una leve asimetría, y sus tristes ojos estaban demasiado juntos pero esas ligeras imperfecciones le otorgaban un atractivo muy especial. Hacía cinco años Lucy había sufrido un desliz con uno sus amantes ocasionales. Había vuelto a quedar en estado. Aquello la contrarió terriblemente pero sabía que la matriarca Still no permitiría que abortara. Las señoritas ya no eran tan dependientes de Raba y para la nodriza la llegada del pequeño Tommy había sido una bendición. Raba era una madre para las criaturas que alimentaba y cuidaba. No entendía el desapego de la señora por sus hijos, pero lo justificaba por los escasos valores de la cultura occidental. Alí se sonrió en silencio. Siguió bruñendo la plata pero atento a la menor orden que pudiese recibir de ella. Sabía que la señora no hacía nada por sí misma que no pudieran hacer sus criados. Tana era los brazos, las manos y las piernas de la señora. Ésta ni siquiera se molestaba en alargar un brazo para coger un vaso que tuviera al alcance la mano, sencillamente pronunciaba el nombre de su doncella y ésta dejaba lo que estuviera haciendo para resolverle el conflicto. Lucy ni siquiera tenía que decirle el motivo por el que la había llamado. Tana tenía que averiguarlo. Y Tana, en este sentido tenía una intuición brillante que la había convertido en imprescindible a los ojos de su ama. Alí esperaba que de un momento a otro la señora lo necesitase para cualquier cosa. No mueve un dedo. A Alí le gustaba la delgadez de su señora. Amaba a su madre pero a ésta la consideraba la típica belleza magrebí, de cuerpo voluptuoso y de grandes pechos. En contraposición la señora Lucy era muy delgada, alta, de piernas largas y pechos pequeños. Seguramente era por eso pero el caso es que le gustaba y mucho. Tenía ya quince años y estaba despertando al sexo. El joven se levantó, dejó el candelabro y se dirigió hacia donde estaba la señora que seguía leyendo y sin mirarlo le estaba ofreciendo el vaso vacío para que él lo rellenara. Alí por poco no se tropieza por culpa de las botas de la señora. No es que ella le hubiera hecho la zancadilla, no, sencillamente que Alí, a medida que se acercaba a ella era incapaz de apartar la vista de sus espléndidas botas. Eran botas de montar, altas, brillantes, carísimas a tenor de lo que le había oído comentar a Mildred. A Alí le fascinaba el calzado femenino, especialmente el de su señora y aquellas botas lo tenían subyugado. A veces pensaba que le gustaría ser Tana. La señora Lucy gustaba de poner de manifiesto su poder sobre ella mediante pequeñas humillaciones. Tana, estuviera haciendo lo que fuere que hiciera en aquel momento lo dejaba todo para correr a arrodillarse ante su señora, recogía el zapato del suelo y con veneración lo volvía a colocar en aquel pie maravilloso. Alí tomó el vaso que con indolencia sostenía Lucy, le puso hielo nuevo y una generosa medida de whisky y se lo entregó. Lucy ni lo miró, pero no dejaba de escrutar de forma subrepticia los elegantes movimientos del muchacho. Se acababa de dar cuenta de que Alí era un joven muy atractivo. Tana regresó al cabo de un rato. En su pelo crespo y negro habían quedado algunas briznas de paja del granero. Lucy la miró fijamente. Tana abrió los ojos desmesuradamente. Nunca la había hablado así. Lucy podía humillarla como muchas veces hacía, pero siempre lo hacía o bien con altivez o bien con premeditada dulzura, pero nunca la había tratado mal. Esa noche Lucy se aseguró que su marido estaba con Akim en su habitación, que las niñas dormían y que Raba lo hacía en la habitación que llamaban La Nursería con el pequeño Tommy abrazado a sus pechos de miel. Notó en las plantas de sus pies el calor bajo el parquet que provocaba la corriente de agua caliente enlatada que corría bajo el suelo del pasillo. Se asomó a La Nursería y comprobó que Raba dormía, lo mismo que el pequeño Tommy. Luego pegó la oreja a la puerta de la habitación de su marido. Escuchó gemidos y se apartó. Preston debía estar enculando a Akim. De las niñas pasó. No se oía nada por lo que supuso que dormían. Antes de desnudarse le había pinchado los pechos con la aguja del pelo para castigarla por su promiscuidad. No es que le importara que follara con los mozos Benson, le molestaba que no le hubiera pedido permiso. Mañana tienen que brillar como espejos. Aguardó un tiempo prudencial. Finalmente se puso por encima una bata de fina lana de vicuña que había costado un dineral y se puso sus chinelas rosas de taconcito y pompón en la punta y se decidió a visitar las dependencias del servicio. Bajó las escaleras que llevaban al sótano donde los criados tenían sus habitaciones. Se descalzó las chinelas para no hacer ruido. Al instante notó el frío en sus pies. Allí no llegaba la calefacción. Zinnia y Tana compartían un cuartito y Akim y Alí otro. Akim no estaba, se encontraba dando satisfacción a su marido. Escuchó el rumor de una conversación que provenía del cuarto de las caribeñas. Se hubiera quedado a escuchar porque de buen seguro oiría cómo la despellejaban, pero no quería que la sorprendiese nadie allí abajo. Como sólo quedaba una puerta esa tenía que ser la del cuarto que compartían Alí y Akim. No es que ella lo supiese del cierto puesto que no solía bajar a las dependencias del servicio. Inspiró hondo y abrió la puerta. Ella no tenía necesidad de llamar, era la dueña. Tampoco había pestillos. Ella los había prohibido. Consideraba que los sirvientes, al menos sus sirvientes, no tenían derecho a la intimidad. El muchacho estaba desnudo. Instintivamente se cubrió los genitales con las manos. Lucy se sonrió al ver el azoramiento del chico. Pero su vista se posó en un objeto que no debía estar allí. Sobre el catre se encontraban de pie sus botas. Las botas de montar que Tana se había llevado cuando la había echado de su alcoba para seguir con su abrillantado. El muchacho se ruborizó como la grana. Balbuceó algunas palabras incomprensibles pero recuperó la compostura. Me ha dicho que estaba muy cansada y me he ofrecido. El joven cogió las botas y las sacó de encima de su catre. Se quedó con ellas en las manos sin saber qué hacer ni decir. Lucy pasó a la acción. De hecho le venía bien que sus botas estuvieran en el cuarto de Alí. Creía que este era el cuarto de Tana. Las sujetaba ambas con una sola mano puesto que con la otra seguía cubriéndose los genitales. Bueno, vamos a hacer una cosa. Ahora me vuelvo a mi alcoba. Te esperas cinco minutos, te cubres un poco y me las subes. Te espero. Alí se quedó boquiabierto ante las instrucciones de la señora. Para qué tendría que subirle él las botas. Luego pensó que la señora no hacía nada, absolutamente nada, que pudieran hacer por ella sus sirvientes. Y Alí era uno de esos sirvientes. Se vistió con calma y cuando consideró que habían pasado los cinco minutos dejó su helado cuartucho y subió al primer piso donde estaban las habitaciones de los señores. Alí conocía perfectamente cual era la habitación de Milady. Tocó suavemente con los nudillos y recibió la orden de entrar. Cuando vio a Lucy completamente desnuda de pie en medio de la estancia comprendió que la orden de que le subiera las botas a su habitación había sido la excusa. La señora quería algo de él y él no sabía si estaría preparado. Aunque trató de evitarlo, después de cerrar la puerta a sus espaldas, sus ojos la examinaron. Para Alí era perfecta. Tenía la piel muy blanca y la imaginó en contraste con las relucientes botas. Apartó de su mente aquella imagen que lo delataría elevando su pene de persistir. Lucy lo miraba con una sonrisa. Para Preston seguía siendo la adolescente de la que se enamoró. Para Alí era una Diosa inalcanzable, y ahora estaba allí, desnuda, sugerente, lasciva. Balanceó el pie y con él la chinela se movió en un vaivén hipnótico que atrapó a Alí. Depositó con extremo cuidado las altas botas en el suelo de manera que quedaran de pie y luego se quitó la camisa. Alí se bajó los pantalones y se los quitó. Estaba decalzo. Cuando se irguió se mostró totalmente desnudo. No llevaba calzoncillos. Lucy se levantó y se acercó a él. Si es así me visto y me marcho… ya tiene aquí sus botas… aunque no veo el caballo para cabalgar. Lucy se asombró de la insolencia de Alí. Nunca, como quien dice, lo había oído hablar. Siempre permanecía silencioso. Sólo hablaba con las niñas y para contestarlas con respeto. Alguna vez se había hecho dar placer por Tana, pero la caribeña nunca se atreviría a hablarle como lo estaba haciendo Alí. De haberlo hecho ella le habría cruzado la cara con su fusta. Alí, pasado el susto inicial que se había llevado cuando Lucy abrió la puerta de su cuarto y lo sorprendió a punto de adorar sus botas y masturbarse, pensó que era evidente que milady le estaba retando para una relación. Esta es una oportunidad que debo saber aprovechar, se había dicho Alí. Su madre llevaba tiempo diciéndole que el Todopoderoso lo había bendecido con unos atributos sexuales imponentes y que podían abrirle muchas puertas en esta vida si sabía usarlos. A Lucy le había hecho gracia que el chico de la nodriza se hubiera puesto gallito, pero quiso dejarle claro cómo eran las cosas. La mano de Lucy cogió con suavidad el pene del joven. Tuvo que bajar la mirada hacia los genitales de Alí cuando se hizo evidente que las dimensiones que estaba alcanzando el pene debido a sus caricias eran absolutamente desproporcionadas con el aspecto que tenía en reposo. El rostro de Alí, menos moreno que el de su madre, se tiñó de grana. Era consciente de que tenía un pene enorme en erección. Su madre a veces le acariciaba allí con los labios para que se le pusiera dura y le hacía comentarios sobre la desmesura que volvería locas a las mujeres que tuvieran la suerte de cruzarse con él. Con muchísimo cuidado. Lucy sorprendió a Alí mirando fijamente sus botas que estaban en el suelo, majestuosas. Entonces recordó que le había extrañado que sus botas estuvieran encima de la cama de Alí. Un montón de conjeturas pasaron velozmente por la cabecita de Lucy. Un altar, seguro, eso es. Estaba a punto de adorarlas. Tiene que ser eso. Qué sentido tiene que estuviera completamente desnudo en aquella especie de nevera. Una sonrisa lasciva se dibujó en sus labios en forma de beso permanente. Haría una prueba. La seguridad que había mostrado Alí en sus comentarios insolentes desapareció. Las manos le temblaban cuando se arrodilló dispuesto a calzarle las botas a Milady. Lucy escrutó la polla de Alí. Lucy conocía de sobra las diferentes tendencias sexuales de los hombres que los conservadores llamaban perversiones. Sabía que había hombres y también algunas mujeres, que se pirraban por los pies de sus partenaires y otros a los que sumaban determinado tipo de calzado femenino así como las elegantes botas de montar o de vestir. Este chico como mínimo es fetichista. Ya veremos si lleva asociado una clara tendencia a la sumisión, pensó Lucy. Ya lo veremos. Aquella fue la primera vez. En el pub Dungeon situado en la confluencia de Exham Place con Albany street, Alí estaba degustando una guiness con parsimonia. Todo el día hablando de los derechos de los oprimidos, lanzando consignas contra la explotación de los humildes por parte de los poderosos. Ahora Azucena se quejaba amargamente de lady Julia, su señora. Azucena era una simple criada. Seguro que no has conocido a nadie como ella. Eso no es nada — le replicó Alí que dio un nuevo sorbo a su guiness. Para todos ellos, Alí, Akim, Mildred, Zinnia, Tana y Raba aquella democratización de las relaciones, en palabras de Lady Lucía Still, había supuesto un cambio muy importante en sus vidas. Dominacion femenina Fetiche Al aire libre Fetiche de pies Rubias. Agacharse Dominacion femenina Bdsm Gemidos Pezones. Fetiche Hd Lesbianas Dominacion femenina. Propio semen Bdsm Tragar Dominacion femenina Pezones. Dolor Bdsm Dominacion femenina Traviesa Humillación. Lucha libre Morenas Fetiche Dominacion femenina Hd. Nylon Anal Guarra Bdsm Dominacion femenina. Juguetes Pervertido Atada Hospital Dominacion femenina. Asiaticas Fetiche Japonesas Dominacion femenina. Dominacion femenina Fetiche de pies Fetiche Asiaticas..

Tendría que examinarlos antes de decidir con cuales me quedaba. De hecho ya había decidido aceptar la proposición del desesperado matrimonio Sukov. Después de escrutarlos durante largo rato opté por quedarme con tres, dos niñas y un niño. Una parejita me la quedaría yo y al tercero lo regalaría a mi hermana o a mi prima Maud.

Los Sukov marcharon con el resto de sus hijos no sin antes agradecer mi buen corazón lamiendo mis botas como perros agradecidos. Me levanté y read more a Sasha que encerrara a los tres en las dependencias de los sirvientes hasta que decidiera qué hacer con ellos. Estuve reflexionando un buen rato una vez se hubieron marchado los miembros restantes de aquella singular familia.

Llegué a la conclusión de que me habían tomado el pelo porque aquellos niños estaban en edad de trabajar. Después de darle vueltas al asunto llegué a otra conclusión: los Sukov me habían regalado a sus hijos porque temían que cualquier día se los arrebatara para hacer con ellos lo mismo que había hecho con su hija mayor.

Me sonreí pensando que nuestros siervos eran gente bien curiosa en sus razonamientos. Finalmente, tras varios días de meditar, decidí que aquellos niños me daban la posibilidad de hacer un buen regalo de navidad a mi hermana y a mi prima. Yo me quedé con una de las niñas y destiné el varoncito para Tatiana y a la otra niña para mi prima Maud. Era una monada de diez años llamada Irina a la que hice que lavaran bien historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación vistieran con un trajecito de doncella.

Lógicamente no podía negarse a servir a quien historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación le ordenara pero dejé bien claro que la quería en exclusiva, que era mía: un regalo de sus padres, de aquellos a quienes había privado de una hija el año anterior a causa de un capricho de tía Larissa. Nadie se opuso. Tatiana y Maud quedaron prendadas de la docilidad y belleza de Irina.

Maud pensaba que por las noches me follaba a Irina porque quería que viniera a mis aposentos para desearme un feliz historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación. Irina se sintió defraudada, como si yo la rechazara. En una ocasión tuve que consolarla porque se pensaba que no le gustaba. Me article source a reír por su reacción.

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Alí se había preguntado a menudo por el motivo que tenían aquellas señoras para gozar disparando a mandriles. Lucy le había contado que consideraban a los monos casi como personas y a los mandriles en concreto como muy feos. Lo de las crías lo entendía, puesto que los mandriles adultos podían llegar a ser muy peligrosos. Sonó un fuerte disparo y al son de las cornetas y de los alaridos de las crías de mandril que fueron soltadas y azuzadas en aquel mismo momento, se elevó un bestial griterío femenino y las cazadoras picaron espuelas. Aquella noche Alí estaba entumecido, agotado, magullado y sobre todo asqueado. Tal y como Emmeline le había prometido, le esperó por la noche en el pabellón. Alí la apartó con educación. Emmeline se molestó por aquel gesto que ella entendió de rechazo. No ha pasado nada irreparable. Todas se han reido cuando le ha alcanzado en el hombro. Alí se ha sentado en el suelo, a los pies de Emmeline y se ha puesto a llorar. Había sido una auténtica orgía de humillaciones y crueldades. Crueldades perpetradas contra las pobres bestias y también sobre los lebreles. La princesa Nadia Ostrova ha azotado a su mozo hasta hacerle sangrar. Lucy había humillado a Alí hasta el ensañamiento. Al parecer has encontrado muy divertido que tu madre me haya obligado a recoger con las manos sus heces cuando ha cagado esta tarde en el bosque. Venga, no te enfades… olvídalo. Te he prometido una recompensa y la vas a tener. Alí, que sigue sentado en el suelo a sus pies levanta el rostro y la mira. Es tentadora. Emmeline ve que Alí duda. Entonces toma una determinación. Alí no debe dudar. Se levanta y se quita la pelliza de marta cibelina que cae al suelo. Queda desnuda. Alí se sorprende. De nuevo duda. Límpiame las suelas con la lengua, Alí. Emmeline ha hablado muy seria aunque un brillo alegre en sus ojos achispados reflejan una alegría desmedida. Levanta una pierna y le presenta la suela de la bota. Alí obedece. Con ambas manos sujeta la bota por el tobillo, saca la lengua y lame la suela. Emmeline baja el pie al suelo y le presenta la otra bota. Cuando Alí termina de humillarse Emmeline le ordena que le bese los pies. Sólo después de obtener la total entrega del joven, Emmeline le deja que la posea. Hacen el amor salvajemente. Ella le rodea la espalda con sus piernas, sin pensar en que le hiere la carne con sus espuelas. Lo aprieta en sus brazos. Él la besa con pasión mientras bombea su coño con todas sus fuerzas. Cuando terminan ella se levanta y se marcha. Emmeline se marcha poniéndose la pelliza por encima mientras Alí limpia y recoge el pabellón. Alí recoge todo lo que han desordenado. No sabe la hora que es pero tampoco le importa. No piensa dormir. Sabe que al salir el sol él y todos los miembros de la servidumbre deben estar en pie para empezar a disponerlo todo para que las señoras lo encuentren a su gusto. Alí enciende un cigarrillo y fuma pausadamente. No tiene sueño. Su cabeza no para de dar vueltas. Emmeline se ha erigido en su ama. A Alí le invade un contradictorio sentimiento, por un lado le duele haber sido derrotado por una adolescente, por el otro saborea las mieles del sometimiento. Decide subir al salón. Asciende por las escaleras de caracol y llega al hall. Por los ventanales se filtra la luz de la luna. Abre la doble puerta que da al salón y se queda inmóvil. Hay luz. Él no la ve. En la chimenea arden unos troncos. Avanza y busca con la mirada. La mano le indica que se acerque. Alí traga saliva. No sólo por el sistema de calefacción, también ayuda el fuego del hogar. Tiene un brillo extraño en la mirada. Alí ve reflejado en sus ojos las llamas de la chimenea. Lucy estira una pierna y con la punta de los dedos del pie le señala dónde quiere que se coloque. Alí obedece y se arrodilla. Alí toma los pies de Milady y acerca su rostro a sus plantas. Las besa. Las huele. Te has portado como todo un esclavo. Qué mujer. Es fascinante. Eran extraordinariamente ricos. Tenían propiedades agrícolas por toda Rusia. Alí no le contesta. Milady no espera que lo haga. Ella sigue hablando mientras acaricia con la suave planta de su pie la frente y las mejillas de Alí. Te aseguro que me cuenta historias que ponen los pelos de punta… y de paso producen una enorme envidia. Esa gente tenía esclavos, auténticos esclavos con los que hacían lo que les daba la real gana. Emmeline me ha contado que has quedado muy impresionado cuando la princesa Nadia le ha disparado a la chiquilla. Les he dado unas cuantas libras para compensarles. No son esclavos, Alí, pero sienten como esclavos. El joven ha vuelto a levantar el rostro que tenía metido entre los pies de Lucy. La sonrisa de ella es tan seductora. Podría ordenarle a Alí que se arrojara de lo alto del Big Ben y si lo hiciera con esa sonrisa él lo haría, sin dudarlo. Emmy ha estado charlando conmigo cuando ha regresado de su cita contigo en el pabellón. Ella me ha dicho que ha abandonado definitivamente la ridícula idea que de niña se le había metido en la cabeza: la de casarse contigo. Siempre le he dicho a miss Emmeline que no podía ser. Eres leal Alí. Espero que mi hija no te haya dejado sin fuerza… déjame que compruebe tus bajos, acércate. Alí abandona los deliciosos pies de Lady Lucy y se desplaza de rodillas hasta quedar al alcance de la mano de ella. Lucy bajo la mano hasta la entrepierna y la palpa. Como los siervos de las princesas rusas, a mi entera voluntad. Me da igual que te folles a Tana, o a tu madre. No me importa. Sólo importa que cuando Emmeline o yo chasqueemos los dedos te quiero a nuestros pies. Luego tienes que deshollinar mi cueva. Leyla Hanihm se estiró con indolencia entre los bellos almohadones de seda adamascada que cubrían el suelo de la estancia. Estaba somnolienta. Alargó el brazo y con su delicada mano tanteó alrededor donde debía haber un cuenco con bombones. Con los ojos medio cerrados Leyla se sonrió. Sus dedos capturaron una de aquellas delicias que la embajada belga hacía llegar a su padre y se lo llevó a la boca. Feride se desplazó sobre sus rodillas por el brillante suelo de madera del Atlas que varias esclavas se encargaban de mantener pulido y brillante y se acercó a los pies de su ama. Leyla volvió a sonreírse. Leyla zafó uno de los pies de las manos de la sirvienta y apoyó la planta sobre su calva cabeza donde sólo una gruesa guedeja de negro cabello trenzado coronaba su joven testa. Se frotó la planta sobre la rugosa tumescencia capilar para aliviarse de un picorcillo molesto y después la desplazó sobre la redonda y lisa superficie hasta apoyarla en la frente de la esclava. Una negrita arrodillada en un extremo de la sala tiraba sin descanso de una larga cuerda que movía un pesado ventilador en el techo y ayudaba a mantener el ambiente fresco en aquella zona. Gulbehar Hanihm se había llevado sus dos eunucos tras abandonar el serrallo. Leyla miró con suspicacia a su madre. Gulbehar se sacudió los zapatos de tacón que siempre llevaba en casa y se sentó al lado de su hija. No puede ponerse enfermo. Hoy me tiene que llevar al palacio de la princesa Palmira, madre, es imposible… lo necesito. Leyla suspiró haciendo un gracioso mohín y después sonrió. Mira que ponerse enfermo cuando lo necesito… es que no tienen ni pizca de consideración estos esclavos. La esclava detuvo su movimiento para incorporarse y se acercó a la princesa Gulbehar. Se inclinó y le besó los pies. Gulbehar miró a su amada hija con orgullo. Su madre me tenía envidia cuando vivíamos en el serrallo. Tampoco podía decirle que a ella, aparte de emplear los cigarrillos para castigar a las esclavas también le gustaba fumar. En ese momento entró Feride llevando de la mano a su pequeña hija que se restregaba los ojos somnolienta. Tenía miedo. La pequeña esclava, que pese a su corta edad tenía ya muy desarrollado el instinto de supervivencia que tenían que desplegar las esclavas, se arrojó en brazos de su dueña. Gulbehar Hanihm se sorprendió de la reacción de la esclava pero la acogió entre sus brazos. Sabe que me gustan los niños y busca enternecerme pero no va a escapar a su castigo. Luego le das cincuenta azotes con el cuero agujereado. Claro que entonces eran otros tiempos, las esclavas sabían que vivían gracias a nuestra generosidad. Una vez hice arrojar a una esclava a la piscina de escualos porque me había mirado con insolencia. Como la inmensa mayoría de concubinas destilaba una refinada crueldad que alternaba con desconcertantes actitudes maternales y fraternales. Lloraban a mis pies para enternecerme y a la mínima se arrojaban a mis brazos porque sabían que me podían enternecer — añadió Gulbehar emocionada por los recuerdos de su adolescencia y juventud en el serrallo. Podemos disponer de los esclavos armenios que necesitemos. Leyla se sonrió por lo bajo. Mientras había estado discutiendo con su madre sobre la conveniencia de reducir el castigo de la pequeña hija de Feride, aquélla no había dejado de acariciar a la pequeña Salomé en su cabecita y en su espalda y ahora la niña esclava estaba dormidita abrazada a los voluminosos y maternales pechos de la princesa. La princesa cayó en la cuenta de que lo que le decía su hija era absolutamente cierto. Madre e hija se rieron y la princesa tomando el cuerpo de la pequeña con cuidado de no despertarla la entregó a su madre, la esclava de Leyla, para que la acomodara a sus pies. Feride estaba muy agradecida a su ama Leyla porque debido a su intervención su pequeña Salomé había visto reducido su castigo de manera considerable. Una vez la hubo vestido con ropas occidentales, maquillado con elegancia y calzado los preciosos zapatos de salón de tacón de aguja, se arrodilló y le besó los pies con devoción. Leyla, que estaba sentada frente al espejo de su tocador se inclinó para acariciar la calva cabeza de su esclava. La princesa se la había regalado al nacer y desde la cuna la había servido con devoción. Quiero que sea ella quien la castigue. Mientras Feride le sacaba de nuevo brillo a sus bonitos zapatos se replanteó el castigo a su esclava. Cien bastonazos era un castigo realmente duro, y Galuha era de las que ponía el alma a la hora de azotar a los sirvientes. Feride calló. Sabía, porque era éste un castigo recurrente en el haremlik , o zona femenina de la casa que sólo era habitada por mujeres, como si se tratara del modo de vida del serrallo, que las esclavas que lo recibían acababan baldadas. Al día siguiente apenas podían caminar y el dolor se prolongaba durante días, aunque en claro descenso. Ella misma había ordenado este castigo en multitud de ocasiones pero nunca se lo había hecho aplicar a su fiel Feride. Vamos ya, se me hace tarde. Te dejaré con ella. El ocaso daba una luz especial al maravilloso jardín oriental y Leyla inspiró con fuerza, para llenarse sus pulmones y el alma con aquella maravillosa fragancia natural que proporcionaban los jazmines, glicinias, orquídeas y bugamvilias. La mujer se postró sumisamente a los pies de la hija de su dueña y besó sus zapatos como era preceptivo. Leyla marchó con paso vivo. Seguro que haría caso omiso de sus recomendaciones dadas para que el castigo fuese liviano dentro de la crueldad del mismo, pero no tenía opción. Alí y Abdul eran los dos eunucos que Gulbehar se había llevado con ella del serrallo porque le pertenecían. Alí tenía diez años cuando fue castrado por orden de Gulbehar. Hijo de una de sus esclavas si quería permanecer al servicio de la princesa en el harem y en consecuencia al lado de su madre tenía que ser castrado al llegar a los doce años de edad o de lo contrario tendría que ser vendido. El niño pidió seguir a los pies de su adorada princesa sin importarle tener que perder su virilidad por ello. Ahora Alí contaba con treinta años de edad y era hermoso como las nubes de algodón. Abdul, el eunuco que custodiaba la puerta del haremlik era ya un anciano pero seguía conservando una enorme envergadura y una adoración sin límites por su dueña y por las hijas de ésta. Concretamente en la provincia de Artvin, de la que Shelim Hanihm era el Bey. Ambas comunidades étnicas coexistían bajo el yugo de la familia Hanihm. Los armenios eran la inmensa mayoría esclavos y de los lazes se buscaban sus mujeres y niñas para engrosar los harenes que poblaban el imperio Otomano, siendo la venta de mujeres lazes el mayor negocio del que se enriquecía Shelim Hanihm, el Bey de Artvin. Leyla se sonrió. Vamos Alí. Leyla se acomodó entre almohadones bajo el palio abierto a los cuatro vientos que se hallaba en el centro de la nave. Alí gobernaba el timón con mano experta. La travesía duró media hora. Ni Leyla ni su madre ni nadie de la familia Hanihm solía autorizar poner en marcha el motor salvo en casos excepcionales. Les gustaba la sensación de ser llevados por la fuerza de los esclavos que terminaban agotados. Leyla fumó con placer una pipa de agua, degustó dos tazas de té ardiendo y se relajó con el masaje en los pies que una de las dos esclavas le prodigó durante todo el corto viaje, mientras contemplaba embelesada el esfuerzo sobrehumano de los remeros. Leyla la contemplaba entre el denso humo del narguilé. Leyla zafó el pie de la otra esclava y lo colocó suavemente entre las manos de Shamara que ahora abarcaba con ellas ambos tesoros. La esclava besó con extrema suavidad los dedos y las plantas de los pies de su joven ama. Leyla se quedó adormecida hasta que Alí le comunicó con gran respeto que habían atracado en el puerto privado de la propiedad de la princesa Palmira. Alí caminó al lado de su ama muy serio, consciente de su responsabilidad. Se trataba de una fiesta de mujeres. Las mujeres otomanas habían acudido acompañadas de sus esclavos personales. La inglesa por su lacayo y la princesa rusa por uno de sus esclavos que recibían el nombre de mujiks. Las esclavas de la princesa Palmira lucían desnudas para servir a las invitadas, una clara provocación hacia las occidentales a las que se veía nerviosas. Inge, la alemana, se ruborizó cuando una bellísima esclava negra se arrodilló a sus pies para ofrecerle una copa de champagne de las que llevaba en una bandeja de oro. Leyla Hanihm. Mi padre es el Bey de Artvin — le recordó Leyla ya que acababan de presentarle a todas las asistentes y la muchacha estaba hecha un lío — le recomiendo que mire a las esclavas a la cara. La alemana le dio las gracias y se tomó de un trago todo el contenido de la copa y luego miró agradecida a Leyla. Las seis jóvenes otomanas vestían todas con elegantes modelitos de París, lo que en cierto modo decepcionó a las europeas que esperaban ver el exotismo oriental en sus anfitrionas. La frívola princesa Palmira pidió a su amiga Leyla que mostrara desnudo a su eunuco para saciar la morbosa curiosidad de las invitadas europeas. El champagne hacía rato que trepaba por aquellas lindas y despreocupadas cabecitas. Varias exaltadas exclamaciones brotaron de las gargantas de las mujeres, de todas, tanto las autóctonas como las extranjeras. Leyla tuvo que dar un montón de explicaciones para satisfacer el interés de las mujeres europeas especialmente. Alí, que es éste — señaló a su esclavo que estaba desnudo y arrodillado en medio del círculo femenino que lo contemplaba con admiración y curiosidad — fue castrado a los doce años. Mi madre, que es su dueña, decidió que conservara el pene y le cortaron los testículos. No obstante la extirpación fue muy dolorosa. Inge no quiso palpar aquel miembro extraño y se dedicó a comer compulsivamente. La alemana dejó de comer en el acto entre las risas de todas las mujeres. La situación del campesinado turco era idéntica a la del ruso, el centroeuropeo o el inglés. Cuando se producían malas cosechas se morían de hambre mientras sus amos no se privaban de los mejores manjares. Luego se divierten con los invitados contemplando cómo los campesinos se pelean con los cerdos y los perros para comer aquellos restos que logran arrancar de los excrementos del estercolero — explicó la condesa rusa. La princesa Palmira quiso comprobar por sí misma si Alí era capaz de tener una erección a pesar de no tener testículos y se puso a chuparle el pene delante de todas las invitadas. A las seis de la mañana y medio borracha Leyla era vestida por su esclavo. Spiked Chastity Facesitting. Babe Rides Big Black Cock. Femdom double fist, Techno Milf fists man deep with two fist. Krystell Sandals And Feet Fight. What an Ass! 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Mis hermanas eran excelentes amazonas, lo mismo que mi madre e incluso la abuela Olga, montaban de maravilla. Me gustaba salir a pasear a caballo con mi abuela. Me llevaba a vigilar el trabajo de los mujiks. Era increible el grado de fascinación que la abuela despertaba en sus siervos. Para ellos era como una diosa. Cuando los llamaba ellos se arrodillaban y postraban su cabeza sobre sus lustrosas botas. Todos la temían y a la vez la adoraban. Esa veneración se hacía extensiva a todos los miembros de mi familia. He de reconocer que me gustaba sentirme venerado pero lo que de verdad me fascinaba era ver cómo nuestros siervos adoraban a las mujeres de mi familia. Desde que tengo memoria he estado enamorado de ambas pero especialmente de mi querida Tatiana, mi amada y dulce Tatiana, con sus bucles dorados que enmarcan su angelical carita ovalada y pecosa, con sus profundos ojos azules y sobre todo por su personalidad inestable y contradictoria. La mayor, Nadia, siempre ha sabido lo que quería, sin embargo Tatiana era una duda constante. Yo debí esperar un poco para recibir mi dote de tierras, aldeas y aldeanos, pero mientras tanto era requerido constantemente por mi hermana Tatiana que dudaba sobre las leyes que debía aplicar a sus siervos, así como sobre la decisión de los impuestos que cada año debía imponerles. Hay que explicar que la nobleza rusa sentía pasión por la caza y en sus tierras todo animal susceptible de ser cazado era de su propiedad y los campesinos tenían prohibido darles caza so pena de terribles consecuencias para el infractor. Me encogí de hombros. No me gustaba la violencia pero entendía, así nos habían educado, que no podía dejarse aquella terrible falta sin castigo. Es el método habitual de castigar el robo… o los latigazos. Todos presenciamos la ejecución. Creo que me odian. El día que cumplí yo los diez años recibí idéntico regalo que mis hermanas: tres aldeas, con las tierras colindantes y los cerca de quinientos campesinos que vivían y trabajaban en ellas. Me sentí muy importante. Aunque las aldeas eran pequeñas eran mías. Era el dueño de muchos hombres, mujeres y niños. La ceremonia por la que los siervos pasaron a ser de la abuela a ser de mi propiedad fue muy emotiva. Ya la había vivido cuando mis hermanas mayores recibieron sus propiedades, pero ahora era yo el centro de la ceremonia. Por el mero hecho de pertenecer a la familia Dukaiev, tanto hombres como mujeres recibíamos el grado de oficial de caballería. El uniforme de gala me fascinaba. Tenían que resplandecer como el mismo sol. Decían todos y cada uno de los siervos después de arrodillarse y besar ceremoniosamente mis pies. Tatiana me guiñó el ojo y me sonrió. Tuve la sensación de que se sentía orgullosa de su hermanito. Mi tía Larisa se ocupó personalmente de dirigir todo lo relativo al pantagruélico banquete. Todo resultó a pedir de boca. La tía Larisa dirigió a cientos de sirvientes que construyeron las fastuosas carpas que levantaron en la explanada que se abría frente a la iglesia donde se había llevado a término la ceremonia de mi conversión en propietario. Con diez años era ya dueño de tierras y vidas humanas que podría disponer a mi antojo. El banquete fue un éxito y por consejo de mi hermana Tatiana decidí decretar que las sobras, no demasiadas, que quedaron cuando todo el mundo terminó ahíto, fueran dadas a mis siervos, lo que me proporcionó gran devoción entre mis propiedades humanas. Ese mismo año la familia al llegar el invierno, se retiró a nuestro palacio en Sant Petersburgo. A mí me dolió abandonar Smolensk y muy especialmente la cercanía de mis aldeas de las que yo era ahora el amo y señor. Me había acostumbrado a visitar mis aldeas y a mis aldeanos acompañado de Tatiana. Después no solía concederles nada pero no parecía que me lo tuvieran en cuenta. En ella habían participado varios jóvenes ociosos hijos de la nobleza que habían sido invitados por mis padres. Nadia y Tatiana se entusiasmaron y seleccionaron a los mozos de entre las familias pertenecientes a Tatiana. Este hecho de por sí ya fue una pequeña crueldad por parte de mi hermana, pero lo grave del asunto fue que el campo elegido era trabajado por una de las familias propiedad de Tatiana que tenían serios problemas para pagar los impuestos que ella les imponía. Para intentar evitar en parte que la desgracia fuera lo menos gravosa posible todos los miembros de aquella familia comenzaron a desenterrar las semillas recién plantadas con la intención de volverlas a plantar tras la carrera, de esta manera como mínimo no tendrían que hacer un gasto extra en comprar nuevas semillas. Todo fue bien hasta el momento de dar la vuelta para hacer el camino de regreso y terminar la carrera en el mismo punto en que había comenzado. Tatiana era una de las mejores amazonas y también una diestra conductora de trineos. Yo iba rezagado y por tanto pude ver perfectamente lo que ocurrió. Ganaba por una cabeza a su contrincante cuando de repente emergió delante la figura de un niño que se había separdo de su familia y estaba desenterrando semillas en el lado contrario donde lo habían estado haciendo los otros. Tatiana no tuvo tiempo de frenar a su humana jauría ni de esquivar al pequeño por lo que los patines del trineo le segaron ambos pies como si fuesen de mantequilla. La sangre, los alaridos, los lamentos… todo se convirtió de repente en un juego cruel que unos aburridos niños ricos habían llevado a cabo sin importarles el daño que podían causar en los desgraciados mujiks. Tatiana, de quien ya he dicho que es una joven en gran medida contradictoria y de reacciones impredecibles, quedó consternada. Mi pericia como conductor de trineos no tenía nada que ver con la de mi hermana Tatiana ni con la de muchos de los jóvenes que habían participado en la ominosa carrera. Cuando vi la carita de anonadada expresión de mi hermana sólo supe encogerme de hombros. Yo sonreí a mi hermana, contento de su decisión. Un día pagaremos tanto odio que estamos provocando, Tania…. Tatiana no dijo nada pero aprecié desolación en su mirada. Al día siguiente me pidió que la acompañara a la isba que habitaba la familia del muchacho mutilado por su trineo. Mi hermana manifestó un gran alivio cuando aquellos pobres infelices se arrojaron a sus pies y besuquearon sus botas con perruna devoción. No tenemos posibilidad de pagar los impuestos que nos impones y llevados por la desesperación nos arriesgamos a ser atropellados por tus nobles amigos, pero Miskha es muy pequeño y se rezagó. Tatiana me miró orgullosa. Su rostro reflejaba desdén por mis sombrías palabras de la noche anterior. Imagino que fue por ese motivo, por el de sentirse halagada por la abyecta sumisión de aquellos infelices que sólo intentaban evitar que tanto su pequeño Miskha como el resto de su familia fuesen castigados por la furia de su barinia , y no por el temor o la mala conciencia de lo que había hecho para divertirse ella y sus amigos por lo que Tatiana se mostró benevolente. En el invierno que cumplí doce años tuve que resignarme a pasarlo en nuestro palacio de Sant Petersburgo. Ese fue el año en que me inicié sexualmente. Había elegido personalmente a mis nuevos sirvientes de entre mis siervos de mis aldeas de Smolensk. Yo andaba con las hormonas muy revueltas. Nadia, con diecisiete años era una diosa de hielo y Tatiana, con quince, una diosa de fuego. Ambas eran hermosas, increiblemente hermosas y yo no dejaba de admirarlas desde mi silencio habitual. Ese año la abuela Olga Nicolaievna se trasladó con nosotros a nuestro palacio en la ciudad del Neva. En los sótanos del palacio, donde se encontraban las dependencias del servicio se hacinaban una sesentena de sirvientes. Me apetecía montar un rato. Tatiana también solía montar a menudo y allí la vi, entrando en los establos. Iba a llamarla cuando noté algo extraño y me escondí. Me acerqué sigiloso, procurando que mis botas no crujieran en exceso. Una risa femenina contenida me sobresaltó. Asomé lentamente la cabeza por la puerta entornada pensando en ver algo, pero nada, sólo vi las pequeñas yeguas de Tatiana y mía. Un mozo estaba cepillando la mía, concentrado en su trabajo. Volví a escuchar las risitas, esta vez junto con los murmullos de una conversación que no logré captar. Él joven seguía con su trabajo como si estuviera solo. Carraspeé ligeramente para hacer evidente mi presencia. El joven mozo se volvió como si hubiese recibido un latigazo. Al verme demudó el rostro y se postró de rodillas. Se arrastró como un gusano hasta mis pies y enterró su cara en mis brillantes botas. El muchacho temía que lo castigara. El mozo no lo había hecho puesto que yo me había presentado sin que él lo advirtiese, pero estoy seguro de que Nadia lo habría usado como pretexto para castigarlo. El siervo no me contestó. Yuri dudó durante unos segundos, hasta que levanté el brazo y descargué la fusta de montar en su cuello por dos veces seguidas. Eran palabras soeces que salían de los rosados labios de mi adorada hermanita. Con cuidado me asomé para no ser visto. Enseguida me di cuenta de que no me podrían ver. Andros, el siervo, el caballerizo de mi hermana, estaba de espaldas en el suelo, con la cabeza tapada por el vuelo de la falda de su ama. Tatiana estaba de espaldas a mí, sentada a horcajadas sobre el bajo vientre del siervo. Los ojos se me salieron de las órbitas cuando vi cómo Tatiana se elevaba y bajo sus nalgas aparecía un miembro erecto que desaparecía al punto en que ella volvía a descender. Las risitas de Tatiana eran mezcla de histeria y placer. Yo no podía apartar la mirada de los blancos muslos que por la postura de Tatiana quedaban al descubierto. La dulce blancura de su piel contrastaba con el brillante negro de sus relucientes botas que las manos del mujik acariciaban con cierta torpeza. No podía ser. Mi hermana se había convertido en una señorita licenciosa y depravada. Ya no era aquella niña mimada e histérica que siempre tenía dudas. Se portaba con extremada seguridad. De repente Tatiana comenzó a convulsionarse y a lanzar roncos gemidos de evidente placer. Sus manos se aferraron al calzón bajado del siervo y le pellizcó la piel de los muslos, en parte para ayudarle, mediante el repentino dolor, a evitar una indeseada eyaculación. Yo no podía apartar la mirada de aquella escena. Finalmente Tatiana se dejó caer exhausta, doblando el cuerpo hacia delante, sobre el pecho de su caballerizo. Tatiana se levantó y yo retrocedí asustado. No quería que supiese que la había estado espiando. Primero salió Andros que ni me vio. Se puso a enjaezar la yegua de mi hermana. Era evidente que yo había llegado hacía un rato y por tanto la había visto salir del fondo del establo. Mandaré que todos los caballerizos reciban un cuarto de ración durante una semana hasta que se pueda comer en los establos. Son unos cerdos — dijo muy puesta en su papel mientras se golpeaba las cañas de sus altas botas con la fusta y aguardaba a que su caballerizo sacara su yegua. Yo decidí no cabalgar aquella tarde. Me despedí azorado de mi hermana y me dirigí a mis aposentos. Ver a mi hermana follando con el mujik me había excitado al tiempo que me había puesto furioso. Estaba rabioso y enaltecido. Entré en palacio casi corriendo. Ni siquiera me di cuenta de que en mi andar alocado y ciego derribé un cubo de agua que estaban usando las fregonas, derramando el líquido por el suelo del salón lo que provocó que mi madre mandara azotar a las pobres sirvientas. Entré en mis aposentos desesperado y me encontré con mi criado, un muchacho de una de mis aldeas que me había traído para que fuera mi sirviente personal junto a otros cuatro criados. Sasha, el criado, se postró en el suelo cuando me vio entrar. Iba a besar mis botas cuando le solté una patada en toda la cara y le ordené que se pusiera erguido de rodillas. Me saqué la verga empalmada y se la metí en la boca. Tras vaciarme me dejé caer en la cama. Había sido mi primera experiencia real con el sexo, consecuencia de la profunda desazón que me había provocado ver el comportamiento lascivo de mi hermana. Correrme en la boca de mi Sasha fue como hacerme hombre de repente. Como príncipes pertenecientes a la nobleza mayor mi familia se siente con derecho divino a usar a sus siervos no sólo para que aumenten su fortuna trabajando sin descanso sus campos y exprimiéndolos con abusivos impuestos, sino para dar rienda suelta al menor capricho que se les pueda pasar por la cabeza. Escondido en un recoveco de debajo de la gran escalera que llevaba a los pisos superiores, en cuya pared había descubierto por casualidad la existencia de un pequeño agujero, observaba lo que ocurría en el interior de la biblioteca intrigado, cómo niño que era, por lo que hacían ambos caballeros. Aquella tarde que me corrí en la boca de mi criado descubrí que ya nunca podría prescindir de aquel privilegio. Aquel invierno, como ya he dicho, fue el de mi despertar sexual. Siempre que acababa excitado con los descubrimientos que la vida lasciva de mi familia me provocaba me encerraba en mis aposentos y sólo tenía que sacarme la polla o señalar el suelo delante de mis pies para que Sasha, sumiso y sometido, se arrodillara entre mis piernas y me aliviara. Y descubrí gran cantidad de motivos para que mis hormonas se desataran y tuve que recurrir a la dulce boca de mi Sasha para aplacar mis ardores. La abuela Olga fue para mí durante ese invierno, en este sentido, una fuente constante de excitación. Una mañana me hizo llamar por una de sus sirvientas. La muchacha me encontró desayunando en el salón esmeralda. Lulanka, ese era el nombre de la doncella, se acercó temerosa a la mesa que en aquellos momentos compartía con Tatiana. Ni mi hermana ni yo miramos a la mujik que se había quedado de pie con la cabeza inclinada respetuosamente a varios pasos de distancia donde suculentos manjares recién hechos aromatizaban el salón. Tatiana comía con verdadero apetito. Cuando terminó se retrepó en la silla y dejó escapar un pequeño eructo satisfecha. Lulanka se dejó caer al suelo sobre sus rodillas como si la hubiera fulminado un rayo y gateó hasta donde se encontraba mi hermana. Los siervos que nos traíamos de Smolensk vivían aterrados en el lujoso palacio de San Petersburgo. Les infundíamos miedo. Aquí, formando parte del servicio doméstico del palacio temían nuestra cercanía. Tatiana se inclinó ligeramente hacia la arrodillada criada y le estampó una fuerte bofetada en la mejilla. Me sorprendí porque no me pareció que la chica hubiera faltado al respeto a mi hermana pero sentí un principio de erección entre mis piernas. De hecho siempre he sentido una cierta vergüenza por regodearme en la sumisión de los siervos y en la altivez de sus amos. Le he hecho una pregunta y no me ha besado los pies antes de contestar — me respondió Tatiana haciéndose la ofendida ante mi ligero tono de reproche. Me gustaría que le contaras que su sirvienta me ha faltado al respeto. Me quedé un poco sorprendido. Estaba claro que quería suplicarme algo. Mi abuela se encontraba desnuda sobre su amplio lecho adoselado. En el hogar de su estancia ardían hermosos troncos que, en combinación con el sistema de calefacción, ideado por un ingeniero francés y que recorría todas las estancias de palacio, caldeaban el gélido ambiente que hacía en el exterior. Me arrodillé al lado de la cama donde ociosamente vagaba mi abuela. Era una forma de mostrarles a ambas mi respeto y a ellas les hacía gracia. Me sentí las mejillas enrojecidas y traté de ocultar mi turbación por la pregunta directa de la abuela besando con mayor fervor sus blancas manos cargadas de anillos de brillantes, esmeraldas, rubíes y diamantes que siempre, incluso recién levantada, las adornaban. Balbuceé una ininteligible respuesta que hizo reír a mi abuela que con una de sus hermosas manos me acarició maternalmente la abundante melena que llevaba recogida en la nuca con un lazo. Piensa que esa gentuza te pertenece y por tanto puedes disponer de ellos, de sus bocas, de sus culos y de sus coños como se te antoje. Con gran vergüenza por mi parte logré explicarle que había empezado a aliviarme en la boca de Sasha. Ya veo que has salido a tu padre. Pero no pasa nada siempre que sepas que debes cumplir con tus obligaciones para con tu familia y que pasan por casarte con una joven de nuestro círculo y sepas preñarla para que nos des un heredero. Para eso tenemos a los mujiks , querido. La abuela quiso conocer detalles de cómo me aliviaba y con gran sonrojo le tuve que hacer una demostración. Lulanka se postró a mis pies ofreciéndose para la demostración. Me puse de pie, extraje mi miembro y se lo metí en la boca. Lulanka, de rodillas, se comportó como una verdadera putilla experta. Estoy seguro de que no era la primera vez que tenía una polla en la boca. Noté que me temblaban las piernas cuando eyaculé. La abuela se sonreía satisfecha de mi contundente respuesta. Li Yan había sido adquirida por mi abuela cuando visitó la Ciudad Prohibida invitada por la emperatriz Shu Shin. Mi abuela quedó impresionada por la perfección de la manicura que presentaba la hermosa princesa china. Probablemente lo hubiera recuperado poco después de que la abuela iniciara sus suaves caricias en mi pene pero lo que vi a continuación tuvo una fuerza mil veces superior a la que las dulces caricias de la abuela podrían conseguir. Lulanka, que se había retirado a una de las estancias contiguas, entró con un niño de unos cuatro años en brazos cubierto con una pequeña manta y con cuidado lo depositó sobre la cama. El pequeño, que se había quedado inmóvil, tenía los ojos muy abiertos y parecía buscar algo o alguien desesperadamente. Entonces la abuela alargó sus piernas hasta posar sus hermosos pies sobre la carita del niño que llamaban Igor. Yo ya estaba erecto como un mandril. Lulanka miraba con ansiedad al niño y a su ama. Si el pequeño llora cuando le apliques el calentador te haré azotar. Lulanka miró con terror el pequeño cuerpo que parecía ajeno a la suerte que le esperaba. La abuela chasqueó los dedos con rabia y la doncella se retiró. Miré a la abuela, miré al niño, miré a la sirvienta. No sabía qué iba a ocurrir pero tenía claro que iba a ser algo desagradable para el pequeño por lo que la abuela acababa de decir. Los alaridos del pequeño Igor no se hicieron esperar. La abuela no mostró la menor señal de piedad mientras la pobre doncella mantenía apretado con fuerza el calentador sobre la piel del chiquillo. La abuela me guiñó un ojo y posó las plantas de sus hermosos pies sobre el niño que seguía llorando. Los retiró segundos después. De nuevo la criada inició el cruel tormento que había de sufrir el pequeño mujik y volvió a aplicarle la superficie ardiente del calentador sobre el vientre que ya presentaba una clara roncha enrojecida producto de la quemadura que le había provocado en el anterior intento de dar a su cuerpo la temperatura que resultara agradable a los pies de mi abuela. Igor se retorció y gritó y volvió a llorar y berrear mientras sufría aquella pesadilla. Yo estaba horrorizado pero mi miembro seguía erguido y desafiante, manifestando la terrible contradicción moral que me atormentaba. Lulanka liberó a Igor del quemador y la abuela volvió a apoyar los pies en el vientre enrojecido del pequeño mujik. Con una sonrisa de satisfacción, por encontrar ahora adecuada la temperatura del vientre del mujik , la venerable princesa Olga Nicolaievna puso fin al tormento del pequeño siervo. Ahora ve a guardar el calentador y vuelve aquí. Pero ya has visto, la culpa es de Lulanka. Le tengo dicho que tenga a Igor encima de la estufa, protegido con mantas para que no se queme pero ella dice que el niño llora y lo pone en el suelo. Yo me hallaba al borde de una segunda eyaculación. En esos momentos veía a mi abuela como la representación del poder absoluto y eso me hacía enloquecer. Ni siquiera sentía remordimientos por haber gozado con el tormento del mujik que ahora ya no lloraba y que con sus manitas acariciaba los pies que su dueña le tenía descansando sobre su vientre quemado. Me sentí estremecer. Asentí con la cabeza. Lulanka se dobló sobre la parte inferior de la cama. Entonces recordé la petición de Tatiana de denunciar a Lulanka a la abuela por su falta de respeto..

Me halagaba que deseara tanto que la forzara. Le permití que me lamiera los pies pues sabía que era un viciosilla que había visto a Sasha hacerlo y me confesó que ella también quería mostrarme su devoción de aquella manera.

Cuando historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación conté a Historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación que Irina me suplicaba que la dejara lamerme los pies mi prima me decía que mentía, que no era posible, que me lo inventaba para justificar que en el fondo yo era un maníaco.

Aquello me dolió tanto que mandé que azotaran a Irina sólo porque sabía que disgustaría a mi prima Maud. Maud me fulminó con su mirada asesina y estuvo unas semanas sin hablarme. Era mediados de diciembre y me reconcilié con ella y con Tatiana, que ahora parecía hacer piña con Maud y las dos me acusaban de maltratar a Irina. De hecho aquello era un poco teatral. El día que ordené que azotaran a Irina di orden de que le pegaran con una vara y que no le hicieran historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación.

Maud me confirmó después de que no habían sido necesarias excesivas curas y también Irina me dio las gracias cuando volví a verla porque no había sufrido en exceso. El día de navidad mandé que envolvieran en papel de regalo a los hermanos de Irina, Vasili y Natasha.

Ese día hicimos una pantagruélica comida y después de la cena nos dimos los historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación. Hacía un frío espantoso y cuando abrieron sus regalos se encontraron con ambos niños a historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación de morir de frío. Me https://video-r.ventagram.site/page-7091.php desalmado y de todo menos bonito.

Maud se encargó de recuperar a los dos niños. Vasili acababa de cumplir doce años y Natasha nueve. Por su parte Maud acogió a Natasha casi como una hija. Los tres pequeños Sukov pronto se convirtieron en perfectos y serviciales criados. Mi hermana y mi prima copiaron mis instrucciones dadas respecto a Irina y sus pequeños criados se ocuparon de servir cada cual a su ama en exclusiva.

Vasili pronto se convirtió en el amante fijo de mi hermana e Irina me mostraba una devoción exagerada. Irina me tenía el corazón robado pero no obstante no le evitaba dolorosos castigos que ella aceptaba con resignación e incluso con ilusión. Lo mismo sucedía con Vasili a quien Tatiana adoraba porque lo había convertido en el amante perfecto, pero eso no le evitaba severos castigos cada vez que mi antojadiza hermana necesitaba manifestar su poder.

Tatiana y yo éramos muy parecidos. Ambos nos sentíamos imbuidos de una especie de derecho divino sobre nuestros campesinos.

Castigarlos formaba parte de nuestro acervo cultural, de nuestra educación. Mi prima Maud tenía alma de aristócrata pero su formación moral era distinta a la nuestra. Tatiana y yo éramos auténticos nobles rusos en tanto que Maud sólo llevaba una parte de sangre rusa en sus venas. La cercanía de Natasha operó en Maud un cambio que tanto mi hermana como yo consideramos positivo. Maud era mayor que nosotros y en edad ya de ser madre. La pequeña Natasha con su devoción constante despertaba en Maud sentimientos de protección, hasta que un día….

Habían pasado ya dos años desde aquella navidad en que regalé a Vasili y a Natasha a mi hermana y a mi prima. Volvíamos a estar en Smolensk y Maud formaba ya parte de la familia. Una tarde me acerqué a los aposentos de mi prima porque Tatiana estaba ocupada follando con su Vasili.

Maud y yo habíamos salido a cabalgar un rato y a la vuelta me apetecía estar un rato charlando con ella. Mi corazón estaba see more entre mi hermana Tatiana y mi bella prima Maud. Después de que Irina se ocupara de mamá por videos de mis botas con la lengua me dirigí hacia los aposentos de Maud.

La puerta estaba entornada. Iba a llamar cuando me detuve al escuchar una conversación que me dejó de piedra. Natasha iba a historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación los once años y seguía siendo una niña.

Me asomé con cuidado de no ser visto y vi a mi prima sentada en su sillón. Natasha estaba arrodillada a sus pies y le besaba las botas que le había estado cepillando hasta ese momento.

Ver a Natasha implorando que me hermosa prima la pisara con sus botas me había puesto como un burro —. Es su alma esclava, son siglos de sometimiento, Maud. Nuestros siervos no sólo lo son sino que se sienten siervos, esclavos. Irina me suplica que la deje lamerme los pies y es feliz cuando la mando que me lustre las botas con la lengua. Vasili se historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación matar por Tatiana y es feliz cuando mi hermana ordena, injustamente, que lo azoten.

Natasha siente la misma necesidad. La niña se siente tu esclava y necesita que le muestres tu poder. Después me dices qué has sentido. Natasha se puso a besar las altas botas de su ama mientras Maud sopesaba mi sugerencia. Estírate en el suelo, Natasha. Posiblemente te arrepientas de haber insistido. La pequeña de los niños Sukov sonrió y obedeció presta. Se estiró en el suelo boca arriba y esperó ansiosa a ver cómo Maud, que se había puesto de pie, levantaba una pierna y acercaba la suela de la bota a su rostro.

Maud me miró un momento antes de empezar a presionar bajo su pie el rostro de su esclava. Yo no perdía detalle del rostro de mi prima. Estaba convencido de que en realidad le repugnaba hacer aquello pero por otro lado, si la parte rusa de su sangre se imponía, encontraría placer en el poder que estaba ejerciendo. Natasha historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación estoicamente la abrasión que la suela de la bota de su dueña producían en sus labios y en su rostro, sin soltar un solo lamento, ni una queja.

Por un momento pensé que Maud iba a poner punto final a aquella locura cuando hizo girar su pie como si aplastara una colilla. Historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación no pudo aguantar el dolor y gritó en sordina bajo la suela de la bota que la trituraba.

Y entonces vi el brillo en los ojos de Maud. Fue como una revelación. El grito de la pequeña desató su pasión por mostrarse cruel.

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Cómo conseguir financiación en Internet En línea. Tara los acompañó para verificar que no rompían nada. Savin fue a buscar su acomodo en el barracón donde dormían otros sirvientes. Se lavó la cara con agua fría. Luego se miró en un espejo sucio y vio sus facciones. Era ciertamente atractivo, y lo sabía. Tenía un par de horas antes de encontrarse con las memsahibs en el hall del Hotel y decidió echarse un rato en el camastro y fumar un cigarrillo. Entre espirales de azulado humo que expulsaba con lentitud recordó las facciones de quien iba a ser su nueva ama. Es preciosa, pensó cerrando los ojos y recordando sus bellas y juveniles facciones. La otra, la señorita Francine, le había parecido el polo opuesto. Esa puede ser peligrosa, se dijo, pero la mem Daisy es un encanto. Claro que ella sería el ama y el ama siempre puede ser peligrosa. Savin maldijo su procedencia mestiza. Había llegado todo lo arriba que podía llegar un mestizo, y gracias a su madre, la difunta primera esposa del amo Silas. Savin había sido el fruto de un desliz típico entre las mujeres inglesas que vivían en las alejadas plantaciones, rodeadas de sirvientes solícitos. Savin creció como sirviente en la Casa Grande. Luego nació la hija legítima de Silas y Caroline quien parecía haber olvidado que ese pequeño que les lustraba los zapatos encerrado en el cuarto de las botas era su propio hijo. Nameva, la criada personal de Lady Caroline, hizo de madre de Savin. Por ella supo, después de la muerte de aquella, que él llevaba su sangre. Fue la propia Nameva quien le dijo al amo Silas que el parecido de Savin con su difunta esposa empezaba a ser tan grande que pronto empezarían las habladurías. Silas Osburn empezó a ver al bastardo de su esposa con otros ojos. Después, tras la muerte de su esposa, Silas sintió remordimientos. No la había tratado como merecía y ahora era tarde. Decidió dar a su bastardo un puesto de responsabilidad en la plantación. Lo hizo responsable de producción y Savin se ganó con su dedicación al trabajo el respeto del amo Silas. Savin terminó el cigarrillo y se encaminó hacia el hall para esperar a las memsahibs. Daisy y Francine disfrutaron de un largo paseo en rickshaw acompañadas de Savin y Tara que caminaban al lado del pequeño carruaje. Savin les iba explicando todo lo que sus codiciosos ojillos capturaban con ansiedad. Era la primera vez que ambas jóvenes salían de la madre patria y se daban cuenta de que el imperio, su imperio, era fascinante. El amo tiene todos los derechos, el criado sólo tiene obligaciones. La educación de Daisy había sido extremadamente clasista y tenía muchos conceptos anclados en su personalidad que ni siquiera se cuestionaba a pesar de que en ocasiones consideraba que los ricos, y ahora ella pertenecería a esa casta dominante en una colonia inglesa, tenían privilegios abusivos. Las dos jóvenes se miraron. Daisy quería fulminar a su amiga pero ésta reaccionó como en la mayoría de situaciones en las que se metía: riéndose con su habitual descaro. Le gustaba aquel mozo de cabello del color de la ceniza y de ojos como esmeraldas. De regreso al hotel Savin se despidió de las dos damas hasta la mañana siguiente. Aquí los sirvientes te hacen sentir como una reina — exclamó fascinada Francine. Daisy sonrió a su amiga. A pesar de que a ella le producía una cierta vergüenza tener a una persona arrodillada a sus pies coincidía con Francine en que en las colonias una mujer inglesa podía sentirse como una auténtica reina. Las dos criaditas tamiles avanzaron a gatas a la vez y se situaron a los pies de las dos jóvenes y se pusieron a besar sus zapatos. Tendremos que dejar una buena propina al recepcionista — comentó Francine mientras contemplaba admirada cómo las dos muchachitas les besaban los pies a ella y a su amiga. Lady Philomena Whenworth las llamó gesticulando con brío cuando las vio entrar en el salón. Se habían conocido en el viaje en barco y el hecho de conocer que Daisy iba a casarse con Silas Osburn facilitó que la mujer se ofreciera a ser su guía y cicerone hasta la llegada a puerto. El niño gateó hasta los pies de Daisy primero y de Francine después para besar con educado servilismo sus elegantes zapatos de tacón. Mi hija, que ha venido a recogerme, me lo ha traído porque el niño no dejaba de llorar para poder estar de nuevo a mis pies. Daisy y Francine observaron fascinadas con qué devoción canina el muchachito se arrebujó bajo los grandes pies de su memsahib. No sabes cómo te envidio. De hecho ya sabía algo de cómo son las cosas en las colonias por relatos que leí sobre la vida de las mujeres inglesas en sitios como Kenya y en la misma India. Savin esperaba desde las siete de la mañana en el hall del hotel con el transporte aguardando fuera. Daisy y Francine no aparecieron hasta las nueve de la mañana y con cara de sueño y malhumor. Daisy y Francine subieron al carruaje que a esta hora llevaba la capota puesta. Era amplio y tenía los asientos de cuero blando. La criada obedeció y Savin subió al pescante donde se sentó junto al conductor. A las dos horas de viaje tuvieron que detenerse para que las damas hicieran sus necesidades por turnos. En ambos casos fueron escoltadas por Tara que las ayudó a limpiarse. Daisy hizo una mueca de asco pero no pudo evitar una risita de complicidad porque ella misma había recibido las mismas atenciones de Tara. Durante la cena las dos jóvenes tuvieron la primera oportunidad de comprobar cómo era la vida de la servidumbre tamil a manos de los colonos ingleses. En una mesa cercana estaba cenando una mujer elegante flanqueada por dos criadas tamiles que permanecían de pie a sus espaldas. Daisy y Francine oyeron claramente la orden y se quedaron mirando absortas y en silencio la escena. Cuando la tal Berta se hubo arrodillado al lado de su memsahib ésta cogió el tenedor como si fuera un puñal y con gran sangre fría se lo clavó en uno de los pechos. La muchacha profirió un sordo gemido gutural y se tambaleó fruto del intenso dolor, pero logró quedarse de rodillas. La señora chasqueó los dedos y la otra criada corrió a facilitarle un nuevo tenedor. La memsahib siguió comiendo y la criada, con el tenedor clavado en su pecho, permaneció el resto de la cena de su señora en la misma posición de rodillas. Cuando la elegante dama se levantó de la mesa la criada acuchillada se inclinó y le besó las elegantes botas de montar que calzaba. La memsahib la miró con desprecio y se marchó del salón comedor seguida por las dos esclavas. Le ha clavado el tenedor en el pecho. Es fascinante. Terminaron de cenar y Daisy decidió salir a tomar el aire fresco de la noche. Estaban en la montañosa zona del suroeste donde de noche las temperaturas descendían notablemente. Allí estaba Savin. Lo he hecho en la cocina, con el resto de sirvientes. A nosotros, si no es para servir a nuestros amos, no se nos permite estar en el salón comedor. Daisy se puso ligeramente tensa. Cada vez que Savin le respondía a algo que ella le preguntaba notaba un cierto sarcasmo. Decidió que de momento no le afearía sus modos. Es un cruce de caminos por el que han de pasar por fuerza las caravanas que van o vienen de Colombo a la mayoría de plantaciones del suroeste. Espero que la compañía haya sido de su agrado y del de la memsahib Francine. Daisy hizo un mohín. Pensaba que la esclavitud ya había sido abolida en las colonias de Su Majestad. Aquí mismo los hay. No reciben este nombre, se camufla con eufemismos del tipo servidumbre forzada o cosas por el estilo, pero no dejan de ser esclavos. No quiso preguntar si su suposición era acertada por miedo a recibir una respuesta afirmativa. Le preguntó por lo que había visto él. Me refiero a cuando le ha clavado el tenedor en el pecho. Desde mi situación en la cocina podía ver perfectamente el salón comedor. Es mi obligación: velar por su seguridad y comodidad constantemente, memsahib. Supongo que para una dama no acostumbrada a la violencia que se puede dar en las colonias ha debido ser un golpe muy duro. No entiendo como esa elegante mujer ha podido hacerle eso a aquella chiquilla. En los labios de Savin se dibujó una sonrisa condescendiente que irritó a Daisy. Ambos quedaron en tenso silencio durante unos minutos. Savin fumaba con lentitud de movimientos mirando a las estrellas pero de reojo no dejaba escapar el menor detalle de la belleza de la que pronto sería su ama. Daisy rompió el silencio. El cigarrillo es un arma de castigo habitual, como el tacón de un zapato, las espuelas de unas botas o la fusta de montar. La preparo para la vida que le aguarda. Savin le tendió un cigarrillo de su pitillera y le dio lumbre. Daisy aprovechó el rato de encender el pitillo y expulsar el humo para meditar en silencio sobre las palabras del joven y hermoso Savin. Soy una gran amazona, lo mismo que la memsahib Francine. Las damas hacendadas guardan sus mejores zapatos de tacón — aquí lanzó una breve mirada a los pies de Daisy antes de continuar — para la ciudad y para los bailes que organizan privadamente en sus haciendas. Las botas protegen los pies de las damas perfectamente. El segundo motivo es de orden social. Digamos que forma parte del imaginario de sometimiento. Los nativos, especialmente los tamiles, sienten una especie de temor y reverencia delante de un buen par de lustrosas botas altas con espuelas. Tiene un alto valor simbólico ver al ama y al amo calzando sus altas y lustrosas botas altas, pues confiere, a ojos de sus servidores, un aurea de poder ilimitado. A Daisy no se le escapó que Savin había enrojecido ligeramente y parecía algo turbado al hablar de aquello. Ahora quien dibujó en sus labios una sonrisa fue Daisy. Lo que Savin no estaba dispuesto a confesar, al menos de buenas a primeras, era su fascinación, su obsesión por las altas y relucientes botas que suelen calzar los amos y amas blancos. El asunto venía de pequeño, como a la mayoría de sirvientes nacidos en plantaciones grandes como la de la Mariposa Azul. En la hacienda, al igual que en muchas otras, los sirvientes venían obligados a postrarse a los pies de los amos cuando eran requeridos por éstos. Cualquier miembro de la familia que llamara a un criado a su presencia tenía el derecho de que le fueran besados los pies por éste. Los niños pequeños se quedan fascinados ante el brillo intenso de las botas que vienen obligados a besar — le contó con cierta reticencia Savin que quería ocultar a la hermosa joven su propio secreto. Es tarde y mañana debemos madrugar. Le aconsejo que se vaya a dormir. Buenas noches — y Savin, tras doblarse como un junco se marchó hacia las caballerizas donde él dormiría con otros sirvientes y los caballos. Daisy se quedó un poco frustrada. Tenía una intuición en relación a Savin. A la mañana siguiente Savin llamó con los nudillos a la puerta de la habitación que compartían las memsahibs. A la comitiva se habían unido a primera hora media docena de tamiles. Savin calmó a las damas por la extraña presencia. Antes de venir a buscarlas a Colombo les di instrucciones. Daisy le contó a su amiga todo lo que la noche anterior le contara Savin relativo a la vida en la hacienda. Silas es todo un caballero — calmó Daisy la excitación de su amiga. Desde las ventanas del carruaje Daisy se dedicaba a contemplar a Savin. Deben ser latigazos estimulantes, se dijo la joven que en alguna parte había oído ese concepto. Hicieron un alto a orillas de un caudaloso río para comer y reponer fuerzas. Savin mandó a los sirvientes tamiles que habían estado empujando el carro de las memsahibs que se ocuparan de preparar un tejadillo bajo el que descansarían las señoras. Daisy y Francine se durmieron después de la comida fría y despertaron cuando un trueno inmenso las asustó y unas enormes gotas frías caían sobre sus pies que no estaban protegidos por el toldillo. Tara corrió con una manta abierta bajo la cual se refugiaron las dos chicas y corrieron hacia el carruaje. Daisy se torció el tobillo en la carrera. Se dio cuenta de que sus bonitos zapatos de tacón no servían de mucho en aquel agrestre paraje. Savin se acercó al carruaje para interesarse por el estado de las dos damas a su cargo. Una vez en la hacienda me encargaré de que le arreglen el zapato. Tenemos muy buenas artesanas entre las trabajadoras. Daisy quedó conforme. No le quedaba otra que confiar en aquel joven que la atraía y del que a la vez se veía abocada a desconfiar, aunque no sabía bien porqué motivo. Ella lo atribuía a que no era totalmente sincero con ella, que le ocultaba algo. El resto del camino lo hicieron bajo un diluvio brutal. Avistaron la hacienda justo cuando la lluvia empezaba a amainar ostensiblemente. Daisy se quedó boquiabierta al ver la inmensidad de la hacienda, y eso que solo estaba viendo una pequeña parte, la correspondiente a la mansión y sus aledaños. Posteriormente visitaría la inmensa extensión de campos donde se cultivaba el té por parte de varios miles de peones tamiles, la mayoría niños, a los que se usaba por la delicadeza de sus manitas en el trato con la delicada planta. A recibir a las recién llegadas acudió Lady Camila Fairfax, la hermana de Silas Osburn, una viuda de unos cuarenta años de imponente aspecto. A su lado se encontraba una joven de edad parecida a Daisy que le fue presentada como Sarah, la hija de Silas con su anterior mujer, Lady Caroline Osburn, a quien Daisy debía sustituir como dueña de la hacienda y madrastra de Sarah. Daisy acertó a asentir con la cabeza con humildad. Le había molestado que su futuro esposo hubiera encargado a un vulgar mestizo la tarea que le correspondía a él, pero la joven se dijo que debía acatar las normas que allí reinasen, fuesen las que fuesen. Savin se arrodilló ante Sarah y Lady Camila, provocando la sorpresa de Daisy que consideraba al mestizo exento de este tipo de demostraciones de sometimiento. Sarah hizo de cicerone y le mostró la mansión a su futura madrastra y a su dama de compañía. Daisy se estremeció. Sabía a qué venía pero lo cierto es que realmente no lo tenía muy asumido. Me he acostumbrado a ella desde que embarcó en Port Said. Ella es quien se encarga del ordenamiento de los domésticos… bueno, hasta ahora. Sarah dejó a Francine en su amplio dormitorio. Tara entró con ella dispuesta a satisfacer a su nueva ama en lo que ella deseara. A continuación Sarah mostró los aposentos que habían sido de su madre y que ahora, en buena ley, habían de pertenecer a la futura señora de la casa. Sarah le lanzó una mirada desdeñosa que Daisy no alcanzó a ver. La joven estaba aturdida por la elegancia y la prestancia de aquellos lujosos aposentos. La esposa del hacendado debía ser mujer altiva y orgullosa y Daisy le parecía apocada y poco cosa. De hecho hasta éste mismo momento desconocía tu existencia. Tu padre no me ha hablado nunca de ti. Imagino que para no asustarme. En cualquier caso sé que no puedo sustituir a tu madre pero espero que encuentres en mí a una buena amiga. Mediada la tarde hizo acto de presencia Silas Osburn, el amo de la Mariposa Azul. Encontró a las dos recién llegadas en el salón principal de la casa en compañía de Lady Camila y de Sarah. Aquí las cosas son distintas. Las hembras tamiles necesitan mano dura, son perezosas por definición y poco fiables. Las cuatro mujeres se levantaron al unísono al ver llegar al amo de la casa. Daisy se quedó anonadada por la exhuberante presencia de su futuro esposo. Hombre alto y grueso, barriga prominente, cabellos grises, ojos azules, brazos y piernas fuertes como los de un toro. Todo un hombretón. Calzaba el hombre unas altas y lustrosas botas del mismo estilo que llevaban Sarah y Lady Camila. A la memoria de Daisy acudió la conversación mantenida con Savin en la posada la noche anterior donde le explicó la importancia de calzar este tipo de botas por parte de los señores, entre otras cosas para fascinar a los criados tamiles. Daisy obedeció trémula. Silas la tomó de su delicada mano y la atrajo hacia sí. A continuación, contra todo protocolo la besó en los labios. Daisy sintió que le temblaban las piernas. Aquel hombre era todo fogosidad. Confío que hayas tenido un buen viaje. Daisy tan sólo pudo afirmar con la cabeza. Varias veces, como intentando responder a las varias preguntas que acababa de formularle aquel hombre tan fascinante. Por la tarde Daisy estaba muerta de agotamiento. Había conocido a la flor y nata de los hacendados de aquella próspera parte de la isla y era incapaz de retener los nombres o de asociarlos a los rostros. Cuando tuvo un momento se escabulló hacia sus aposentos. Allí le aguardaba Nameva, la que había sido la doncella de Lady Caroline y que ahora estaba a su absoluto servicio. La criada se arrodilló al ver entrar a su nueva ama. Daisy dio un ligero respingo. No se acababa de hacer a la idea de que los criados se postrasen ante ella. La criada reaccionó ayudando a su ama a sentarse sobre el extremo inferior de su lecho y a continuación le descalzó los bellos escarpines blancos que formaban parte del traje de novia. Era la primera vez que a Daisy le besaban los pies. Sintió una extraña sensación. Placentera, pero a la vez le producía cierta vergüenza. Llevo todo el día con los pies metidos dentro de estos zapatos y deben oler a mil demonios — reprimió una risita Daisy. Tal vez Francine tenía razón cuando la incitaba a aprovecharse de los privilegios que le ofrecía su nueva condición de ama, dueña y señora de La Mariposa Azul. Nameva le calzó los elegantes zapatos de salón blancos con afilado tacón que tanto le gustaban a Daisy. Ésta se levantó. Nameva, que seguía arrodillada, se inclinó y le besó los zapatos. Con su permiso voy a darles lustre. Es consejo de Nameva, memsahib. La fiesta se alargó por espacio de otras cinco horas. Al final el alcohol empezó a hacer estragos. Hubo una docena de invitados que tuvieron que quedarse a dormir en la Casa Grande porque no estaban en condiciones de viajar. Lady Camila dirigió las operaciones de acomodamiento. Al frente de un nutrido grupo de criadas tamiles fue colocando a los que estaban borrachos y borrachas perdidos en alguna de las numerosas habitaciones de invitados con que contaba la gran mansión de los Osburn. Daisy le dio mentalmente las gracias a Lady Camila porque en teoría le hubiera tocado a ella tomar cartas en el asunto, pero Lady Camila, con buen tacto se le acercó para pedirle permiso y tomar el mando del servicio doméstico para acomodar a los invitados que estaban ya durmiendo la borrachera. Esa misma noche Daisy recibió la visita de su esposo. Luego él se derrumba sobre ella y empieza a sollozar. Pero otra cosa distinta es querer a alguien. Es verdad que lo he dicho, pero ha sido por la excitación del momento. No la metas a ella en lo nuestro. No mezcles las cosas. Y no te he humillado antes, sólo ha sido una broma… — le dice sonriéndole y cuando Emmy le sonríe él siente que se le van los argumentos por el desagüe. Emmeline se estira en la cama con una deliciosa sonrisa en sus labios. Levanta una pierna y le coloca la bota sobre el muslo. Alí experimenta una agitación peligrosa en los testículos. A pesar de que se acaba de vaciar cuando el empeine del pie de Emmeline le acaricia el pene sufre una erección de caballo en segundos. La erección de Alí se desvanece con la nueva humillación. Emmeline retira la bota y se incorpora. Lo abraza y le besa en la mejilla. Alí se arrodilla y posa sus labios sobre las botas de Emmeline que para finalizar con la humillación de Alí le dice que procure no mancharle las botas con sus babas. Alí se incorpora y de rodillas rodea con sus brazos el cuello de Emmeline y la besa. Dile a tu madre que llegaremos a eso de las cinco y que quiero todo a punto. Las damas, incluida la anciana princesa Olga Ostrova, acuden al Club Femenino para ejercitar su puntería con animales vivos. Es una actividad completamente ilegal pero el dinero todo lo puede. No le importa que sus compañeros le hagan bromas a cuenta de su condición de criado de alcoba que ejerce para Lady Lucy y también para su hija mayor, miss Emmeline. La señora quiere que la fiesta sea todo un éxito — comenta orgullosa Mildred de poder alardear ante el resto de criados de su exacta información que sólo puede ser obtenida por la cercanía que le concede la señora. La señora ha decidido que sea una cacería sólo de mujeres. Todos se ponen a reír salvo el niño que no entiende qué ha dicho que pueda ser tan gracioso. Alí se encarga de aclararle el concepto. Sólo cazan las señoras. Nuevas risas de las mujeres, esta vez se ríe incluso Raba, y Ralph decide no volver a abrir la boca para que no vuelvan a reirse de él. Alí deja a los criados en la estación de Charing Cross. Espera a ver cómo Mildred gestiona los billetes y cuando los ve enfilar el vagón de tercera del tren estacionado regresa a Exham Place. Observa que en las casas de la elegante y señorial plaza hay una actividad inusual para la hora que es. Alí mira el reloj y decide que tiene tiempo de ir a tomar una cerveza al pub. Allí encuentra a Azucena. Alí siente gran cariño por Azucena, incluso piensa que no le importaría casarse con ella. Alí se siente ahora atrapado por la hija mayor de su dueña. Nica y yo ya tenemos hechas las maletas. Lo hemos echado a suertes y yo me he venido al pub un rato. Ellos van en tren a Cadwell y tienen que tener todo listo para cuando esta tarde lleve a la señora y a las señoritas. La cacería de mañana es sólo para señoras… aunque se han llevado al pequeño tirano. Es un pequeño hijodeputa. Ahora es un gordo perezoso que disfruta pegando al pequeño huérfano. Alí da un trago largo a su cerveza y se queda mirando el bonito rostro de Azucena. Detecta un morado en el pómulo. Ya la conoces. Se irrita por nada. Hace dos días no encontraba sus braguitas de blonda nuevas. Me golpeó con el canto del espejo en el que se miraba mientras Nica la peinaba. Fue a mí a quien ordenó que quería sus braguitas y no las pude encontrar en su sitio. Resulta que ella misma las había echado al cesto de la ropa sucia pero yo no lo sabía. Después ella misma recordó lo que había hecho con sus braguitas… la muy guarra se había tirado un pedo con regalo y había manchado sus delicadas braguitas de princesa puta — le contó Azucena riéndose de sus propias desgracias con una carcajada inocente que contagió a Alí. Alí se sonrió. Llegaron a Cadwell a las siete de la tarde. El viaje había sido una constante discusión entre las dos hermanas a cuento de la selección de lebreles para la cacería del día siguiente. Los Still no usaban perros sino que desde tiempos inmemoriales habían adiestrado a sus siervos para que ejercieran el papel de los perros de caza. Sonia se sintió satisfecha. Emmeline sabía que su hermana volcaría todas sus fuerzas en conseguir a Toby si ella lo pedía primero, como había hecho. No podía alcanzar el nivel de eficacia de los Benson pero no estaba nada mal. Ahora Emmeline tenía que averiguar si su madre escogería a Alí para que la asistiera o si escogería a alguno de los mozos de la propiedad. Emmeline tenía miedo de mostrar excesivo interés por Alí para no alertar a su madre sobre sus verdaderas intenciones, pero Lucy conocía de sobras lo que pretendía su hija. Lucy estaba al tanto de las veleidades amorosas de su hija mayor. Y sé que ella se cree que lo ama, es normal, pero yo estoy convencida de que no se trata de otra cosa que un capricho de adolescente. De esta manera Emmeline se sintió muy dichosa cuando en Cadwell su madre le ofreció compartir a Alí como lebrel después de que la muchacha la sondeara sobre a quien iba a escoger para esa función al día siguiente. Entre los que acompañaban a sus amas y los que puso Lucy no menos de treinta doncellas y lacayos pululaban por todas las estancias de la vieja mansión. Risas y gritos se escucharon a todas horas hasta el momento en que las invitadas comenzaron a retirarse a sus aposentos. Salió al jardín. Había luna llena y hacía frío. El primer fin de semana de primavera suele dejar temperaturas nocturnas cercanas a los cinco grados, por lo que Emmeline se había cubierto con un abrigo de pieles que le habían regalado recientemente. Se detuvo para ponerse los zapatos pues el suelo estaba frío. En las zonas nobles el antiguo sistema de calefacción permitía caminar a las damas descalzas, pero en el jardín las losas estaban heladas. Emmeline se estremeció y se arrebujó dentro del carísimo abrigo de marta cibelina que cubría su cuerpo desnudo. Quería dar una sorpresa a Alí, a quien había citado en secreto en el pabellón de caza a las dos de la madrugada. Emmeline introdujo la llave en la cerradura de la puerta acristalada del viejo pabellón y se introdujo dentro. Al menos no estaría al relente de la noche. Tuvo que aguardar un cuarto de hora. Lo vio llegar. Una sonrisa traviesa iluminó su joven y bello rostro al ver que el criado de su madre había obedecido fielmente sus órdenes: con él traía sus botas de equitación relucientes. Le había dicho que le esperaría a las dos en el pabellón y que le trajera las botas, convenientemente lustradas que se pondría al día siguiente para la cacería. No obstante se quedó parado al ver a la señorita Emmeline con su capa de marta cibelina de pelaje negro brillante que constrastaba con su larga melena dorada. Alí sabía que aquel abrigo de tres cuartos había costado una fortuna y pensaba que no podía estar mejor empleada que en realzar la belleza de Emmeline. Ahora mismo te los caliento — dijo Alí hincando una rodilla en tierra ante la hermosa muchacha. Emmeline había estirado las piernas y apoyado los pies por los tobillos sobre el muslo que Alí mantenía en escuadra. Los bonitos y finos pies de Emmeline emergieron destapando un sutil aroma que llegó al instante al olfato de Alí. Las uñas pintadas de rojo relucieron a la débil luz que iluminaba la estancia y Alí temió perder la compostura. Inclinó la cabeza ligeramente y besó las yemas de aquellos dedos perfectos y lo hizo como lo haría un amante entregado, con pasión. Pasado el turbamiento inicial Alí se puso a frotar con ambas manos los fríos pies de Emmeline y después, con manos temblorosas le calzó las botas que antes había lustrado. Emmeline se puso de pie y Alí creyó estar ante una auténtica Diosa. Aquello no era jugar limpio. Él no hacía otra cosa que intentar apartar de su mente y de su vida la pecaminosa presencia de la joven pero en aquella tesitura estaba dispuesto a entregar su vida por ella, a ponerla a sus pies incluso sin que se lo pidiese. No le alegraba en absoluto. Odiaba que lo trataran como un perro pero era tanta la devoción que profesaba a Lucy y tanto el amor que sentía por Emmeline que decidió que no le quedaba otra opción que alegrarse. Sé cómo son estas cacerías y cómo suelen acabar. A las cuatro de la mañana regresaba cada cual a su lugar. A las ocho las cazadoras estaban citadas en el patio principal. Alí ya no tendría tiempo de dormir. Los criados empezaban su jornada, en día de cacería, a las cinco de la mañana. Emmeline estaba dormida sobre su caballo. En el patio había una increible algarabía de mujeres montadas en bonitos equinos. Preston había tenido que alquilar media docena de animales porque sus cuadras no cubrían todas las necesidades de las amazonas. En total había diez damas vestidas con el típico traje inglés de cacería. Los sirvientes pasaban con los termos de caldo caliente sirviendo el tradicional desayuno de montería que las cazadoras tomaban sobre sus caballos. La anciana princesa Olga Ostrova no había hecho caso a su hija y allí se encontraba la mujer, erguida sobre su estilizado bayo con Andrei, su siervo personal a su lado para atenderla en lo que la vieja dama precisara. Andrei no hacía de lebrel pero correría al lado de su ama como si lo fuera. Mila, armada con una gamuza, se ocupaba de eliminar de las botas de la joven princesa Anastasia la menor mota de polvo que se posara. También se mostraba orgullosa sobre su montura la princesa Nadia Ostrova, madre de Anastasia e hija de la primera princesa, Olga Ostrova. Tatiana, sierva de la princesa Nadia también correría junto a su ama. Mezcladas entre ellas, las amazonas charlaban y de sus bocas salían columnas de vaho debido al frío intenso de la mañana. Lady Julia Cavendish daba indicaciones a sus hijas sobre algunos aspectos sociales de las monterías. Azucena, la linda andaluza amiga de Alí servía el caldo a las señoritas. Departiendo con Lucy se hallaba Lady Katherine Pontiac que se había traído a dos de sus siervas procedentes de las minas de carbón de su marido y le explicaba a Lucy que no cambiaba a sus mineritas , como las llamaba ella, por ninguno de esos exóticos criados extranjeros y para demostrarle lo sumisas que eran le arrojó a una de ellas, la que le estaba colocando la bota en el estribo, el caldo hirviendo a la cara. Algo apartada del grupo se encontraba la somnolienta Emmeline. Alí estaba de pie a su lado. Alí volvía a tratarla con el debido respeto. Las cacerías llevan siempre a excesos… ya lo sabes, Alí… no sé porque pones esa cara…. El joven siguió sin contestar a la joven Lady. Lo que hizo fue pasarle un cepillo por la bota que tenía a su lado. Emmeline se sonrió y le acarició disimuladamente la mejilla con la lengüeta de su fusta de equitación. Sonaron las trompetas. Una serie de vivas y hurras brotaron de las femeninas gargantas a caballo. Alí miró a Emmeline. Los lebreles de Cadwell no iban a tener problemas, estaban entrenados a correr sobre sus manos y rodillas, pero él no. Emmeline le sonrió y se encogió de hombros. Un nuevo toque de trompetas anunció que Lady Lucía iba a comunicar una nueva sorpresa. Como que os conozco a todas tengo otra sorpresa. Un murmullo de impaciencia recorrió las filas de las amazonas. Lucy las miró a todas con una sonrisa antes de continuar. Cinco lacayos de la familia Benson hicieron su aparición con otras tantas jaulas de las que salían ensordecedores chillidos. Las damas prorrumpieron en vítores y gritos salvajes. En el Club Femenino se había convertido casi en culto. Para los lebreles no era tan atractiva la noticia. Cuando los lebreles cogían a los animales solían recibir mordiscos y arañazos. Una de las diversiones añadidas de dejar a las crías de mandril malheridas era rematarlas. Cada señora o señorita tenía sus preferencias. Alí rezó para que ni Lucy ni Emmeline, para quien actuaría como lebrel , le exigieran que les retorciera el pescuezo a las pobres crías. Alí se había preguntado a menudo por el motivo que tenían aquellas señoras para gozar disparando a mandriles. Lucy le había contado que consideraban a los monos casi como personas y a los mandriles en concreto como muy feos. Lo de las crías lo entendía, puesto que los mandriles adultos podían llegar a ser muy peligrosos. Sonó un fuerte disparo y al son de las cornetas y de los alaridos de las crías de mandril que fueron soltadas y azuzadas en aquel mismo momento, se elevó un bestial griterío femenino y las cazadoras picaron espuelas. Aquella noche Alí estaba entumecido, agotado, magullado y sobre todo asqueado. Tal y como Emmeline le había prometido, le esperó por la noche en el pabellón. Alí la apartó con educación. Emmeline se molestó por aquel gesto que ella entendió de rechazo. No ha pasado nada irreparable. Todas se han reido cuando le ha alcanzado en el hombro. Alí se ha sentado en el suelo, a los pies de Emmeline y se ha puesto a llorar. Había sido una auténtica orgía de humillaciones y crueldades. Crueldades perpetradas contra las pobres bestias y también sobre los lebreles. La princesa Nadia Ostrova ha azotado a su mozo hasta hacerle sangrar. Lucy había humillado a Alí hasta el ensañamiento. Al parecer has encontrado muy divertido que tu madre me haya obligado a recoger con las manos sus heces cuando ha cagado esta tarde en el bosque. Venga, no te enfades… olvídalo. Te he prometido una recompensa y la vas a tener. Alí, que sigue sentado en el suelo a sus pies levanta el rostro y la mira. Es tentadora. Emmeline ve que Alí duda. Entonces toma una determinación. Alí no debe dudar. Se levanta y se quita la pelliza de marta cibelina que cae al suelo. Queda desnuda. Alí se sorprende. De nuevo duda. Límpiame las suelas con la lengua, Alí. Emmeline ha hablado muy seria aunque un brillo alegre en sus ojos achispados reflejan una alegría desmedida. Levanta una pierna y le presenta la suela de la bota. Alí obedece. Con ambas manos sujeta la bota por el tobillo, saca la lengua y lame la suela. Emmeline baja el pie al suelo y le presenta la otra bota. Cuando Alí termina de humillarse Emmeline le ordena que le bese los pies. Sólo después de obtener la total entrega del joven, Emmeline le deja que la posea. Hacen el amor salvajemente. Ella le rodea la espalda con sus piernas, sin pensar en que le hiere la carne con sus espuelas. Lo aprieta en sus brazos. Él la besa con pasión mientras bombea su coño con todas sus fuerzas. Cuando terminan ella se levanta y se marcha. Emmeline se marcha poniéndose la pelliza por encima mientras Alí limpia y recoge el pabellón. Alí recoge todo lo que han desordenado. No sabe la hora que es pero tampoco le importa. No piensa dormir. Sabe que al salir el sol él y todos los miembros de la servidumbre deben estar en pie para empezar a disponerlo todo para que las señoras lo encuentren a su gusto. Alí enciende un cigarrillo y fuma pausadamente. No tiene sueño. Su cabeza no para de dar vueltas. Emmeline se ha erigido en su ama. A Alí le invade un contradictorio sentimiento, por un lado le duele haber sido derrotado por una adolescente, por el otro saborea las mieles del sometimiento. Decide subir al salón. Asciende por las escaleras de caracol y llega al hall. Por los ventanales se filtra la luz de la luna. Abre la doble puerta que da al salón y se queda inmóvil. Hay luz. Él no la ve. En la chimenea arden unos troncos. Avanza y busca con la mirada. La mano le indica que se acerque. Alí traga saliva. No sólo por el sistema de calefacción, también ayuda el fuego del hogar. Tiene un brillo extraño en la mirada. Alí ve reflejado en sus ojos las llamas de la chimenea. Lucy estira una pierna y con la punta de los dedos del pie le señala dónde quiere que se coloque. Alí obedece y se arrodilla. Alí toma los pies de Milady y acerca su rostro a sus plantas. Las besa. Las huele. Te has portado como todo un esclavo. Qué mujer. Bdsm Dominacion femenina Botas Dolor. Dolor Bdsm Dominacion femenina Varazos. Novatada Realidad Bdsm Tortura de polla y huevos Dominacion femenina. Hd Dominacion femenina Morenas Lesbianas Fetiche. Fetiche Dominacion femenina Crush Hd. Dominacion femenina Bdsm Strapon. Strapon Bdsm Culo Polla grande Dominacion femenina. Rubias Tetas grandes Fetiche Dominacion femenina. Dominacion femenina. Fusta Novatada Dominacion femenina. Horny Blonde and brown hair babes love to lick clits. Horny Kari loves to lick and touch her frenchmaid hot pussy. My dream. Kinky military women are spanking each other quite often, because it excites them a lot. Horny lady boss loves to lick secretary boobs and pussy. 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En lugar de retirar el pie mi prima levantó la pierna pero para descargar un tremendo taconazo en la carita de Natasha. Aquello fue como el pistoletazo de salida.

Maud entró en trance y comenzó a pisotear con sus botas no sólo el rostro de la niña sino todo su cuerpo. La pateó y la pisoteó con furia. Yo me saqué la polla y avancé hacia ella. La aparté con violencia para evitar que matara a la niña y la arrojé sobre la cama. Acto seguido fui yo quien se arrojó sobre el apetitoso cuerpo de mi prima para poseerla.

Ella se arrancó la falda y yo le quité las bragas de forma convulsa. La penetré y ella me rodeó la espalda con sus piernas fuertes. Nos amamos con una intensidad que ambos desconocíamos. Natasha permanecía en el suelo con el rostro ensangrentado pero feliz.

Finalmente tendría go here marca en su cuerpo que representaría el poder de su ama sobre ella. Desde ese día Maud cambió para bien. Se volvió altiva e incluso cruel. El mismo día que historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación dieciséis años le pedí que se casara conmigo.

Ella tenía veintiuno. Tatiana tuvo celos al principio pero acabó aceptando mi matrimonio cuando le cedí cinco de las aldeas, con sus campesinos incluidos, de entre las que recibiría el día que cumpliera los dieciocho años. Maud recibió con el matrimonio el título de princesa historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación puedo asegurar que historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación con delicioso despotismo.

A la barbarie rusa ella une el refinamiento inglés. Esta mañana me ha propuesto que yo preñe a su Natasha quien se ha convertido en el perrito faldero de mi amada esposa. Le he dicho que sí a cambio de que use al niño como calienta pies hasta que cumpla los seis años.

Ella también ha aceptado. Daisy estaba nerviosa. En honor a esto la plantación llevaba el nombre de La Mariposa Azul. Francine Howard, su amiga del alma, la acompañaba en calidad de dama de compañía.

Silas, por mediación de su hermana, Lady Camila Fairfax, viuda de un coronel retirado, había logrado varias direcciones de jovencitas de la buena sociedad rural del norte de Essex. Es un hombre maduro, eso se ve a la legua, pero atractivo. La sirvienta que Silas les había contratado para el viaje —los pasajes de su futura esposa y su dama de compañía también los historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación costeado él— una joven tamil muy dócil y servicial, salió a cubierta con una sombrilla.

Esta noche me ha llevado a tocar el cielo con los dedos — soltó una risita Historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación. Francine pronto había descubierto que la pequeña sirvienta que Silas había puesto a su disposición era un muchacha absolutamente obediente. Podía ordenarle lo que se le pasara por la cabeza que por insólito, descarado, soez o deleznable que fuera la chica obedecía como si fuera una esclava. No sé porqué pero creo que learn more here futuro esposo sabía perfectamente que nos enviaba una especie de vestal india cuando nos mandó a Tara.

Francine sonrió cariñosamente a su amiga y ésta quedó de inmediato desarmada.

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Lulanka miraba con ansiedad al niño y a su ama. Si el pequeño llora cuando le apliques el calentador te haré azotar. Lulanka miró con terror el pequeño cuerpo que parecía ajeno a la suerte que le esperaba. La abuela chasqueó los dedos con rabia y la doncella se retiró. Miré a la abuela, miré al niño, miré a la sirvienta. No sabía qué iba a ocurrir pero tenía claro que iba a ser algo desagradable para el pequeño por lo que la abuela acababa de decir. Los alaridos del pequeño Igor no se hicieron esperar. La abuela no mostró la menor señal de piedad mientras la pobre doncella mantenía apretado con fuerza el calentador sobre la piel del chiquillo. La abuela me guiñó un ojo y posó las plantas de sus hermosos pies sobre el niño que seguía llorando. Los retiró segundos después. De nuevo la criada inició el cruel tormento que había de sufrir el pequeño mujik y volvió a aplicarle la superficie ardiente del calentador sobre el vientre que ya presentaba una clara roncha enrojecida producto de la quemadura que le había provocado en el anterior intento de dar a su cuerpo la temperatura que resultara agradable a los pies de mi abuela. Igor se retorció y gritó y volvió a llorar y berrear mientras sufría aquella pesadilla. Yo estaba horrorizado pero mi miembro seguía erguido y desafiante, manifestando la terrible contradicción moral que me atormentaba. Lulanka liberó a Igor del quemador y la abuela volvió a apoyar los pies en el vientre enrojecido del pequeño mujik. Con una sonrisa de satisfacción, por encontrar ahora adecuada la temperatura del vientre del mujik , la venerable princesa Olga Nicolaievna puso fin al tormento del pequeño siervo. Ahora ve a guardar el calentador y vuelve aquí. Pero ya has visto, la culpa es de Lulanka. Le tengo dicho que tenga a Igor encima de la estufa, protegido con mantas para que no se queme pero ella dice que el niño llora y lo pone en el suelo. Yo me hallaba al borde de una segunda eyaculación. En esos momentos veía a mi abuela como la representación del poder absoluto y eso me hacía enloquecer. Ni siquiera sentía remordimientos por haber gozado con el tormento del mujik que ahora ya no lloraba y que con sus manitas acariciaba los pies que su dueña le tenía descansando sobre su vientre quemado. Me sentí estremecer. Asentí con la cabeza. Lulanka se dobló sobre la parte inferior de la cama. Entonces recordé la petición de Tatiana de denunciar a Lulanka a la abuela por su falta de respeto. Ahora vete Pavel… que tu criado te bañe… te veré en otro momento. Me marché de los aposentos de mi abuela con la sensación de haber pasado una prueba importante en mi vida. El invierno prosiguió con otras visitas a los aposentos de mi abuela. En varias ocasiones me ordenó que la penetrara a ella por el culo. Sus tetas caídas rebotaban al ritmo de mis golpes de riñón. También recibí en audiencia al comité de ancianos para que me expusieran sus quejas e inquietudes. Al contrario, para demostrar que no me temblaba el pulso les comuniqué mi deseo de aumentar mil rublos por cabeza los impuestos de aquel año. Los campesinos rogaron y suplicaron pero me mantuve firme. Padre me felicitó por mi comportamiento. Me dijo que sería un gran príncipe y un buen amo. Yo pensé que tal vez sí fuera un buen príncipe pero dudaba mucho que mis campesinos me vieran como un buen amo. No para mis campesinos, desde luego. Recordé lo que había hecho Tatiana en el caso de Miskha, aquel pequeño mujik que había perdido ambos pies por culpa de una frívola carrera de trineos organizada por mi hermana con sus amistades. Tatiana concedió, no una exacción pero sí, una moratoria del pago de los impuestos. Una cosa es dar órdenes abastractas y no ceder ante algo que no puedes ver ni sentir y otra muy distinta enfrentarse a la miseria y a la injusticia cara a cara. El viejo mujik enterró su rostro arrugado entre mis botas y las besó durante un tiempo interminable mientras me agradecía y elogiaba mi bondad. Al final tuve que ordenar a mis guardias que los echaran de mi presencia porque me hacían sentir incómodo. Ese año di un estirón y crecí casi un palmo. Cuando cumplí los trece años hacia el final de aquel verano mi voz empezó a cambiar y comenzó a salirme pelo en los sobacos y un fino bigote que me hizo sentir muy orgulloso. Mi hermana Tatiana, que ya había cumplido los dieciséis años se había convertido en toda un mujercita maravillosa. Para disponer de lo mejor en comida y bebida y cuantos lujos eran menester, coincidiendo con la época de siega padre ordenó a los recaudadores que incautaran un 70 por ciento de las recogidas de ese año. Los campesinos suplicaron, lloraron, intentaron en vano convencer a padre y a la abuela, que seguía siendo la matriarca que dirigía los destinos de nuestra familia, para que al menos rebajase un poco sus desorbitadas exigencias. Tatiana estaba desconocida, pero yo la apoyaba porque como ella pensaba que era excesivo lo que hacíamos con aquella pobre gente. Siempre podemos ejecutar a un par o tres de familias de campesinos, a aquellas cuyos hombres se hayan destacado en la revuelta. Tatiana se quedó pensativa. Los campesinos de Tatiana se arrojaron a sus pies temblorosos. Tatiana se mantuvo firme. La conversación con la abuela le había dado motivos para abandonar posturas sentimentalistas y finalmente se comportó como se esperaba que lo hiciera una noble, una princesa Dukaiev. Las despensas quedaron tan llenas que madre ordenó hacer guardia ante los manjares para evitar que los hambrientos siervos intentaran robarnos. Varias semanas después de la decisión de dar aquella cacería empezaron a llegar los invitados. Criados de librea iban de pie en el pescante y los caballos llevaban arreos con incrustaciones de brillantes. Todo era lujo desmedido que los campesinos observaban alucinados. El alma del campesino ruso es un alma esclava y es nuestro deber alimentar su sentimiento de dependencia. Es por eso que a veces nos hemos de mostrar crueles e insensibles ante su sufrimiento, de lo contrario sólo verían debilidad en una actitud compasiva — nos contaba la abuela el día que Tatiana quiso mostrar compasión por la situación de sus siervos, actitud que yo había apoyado. Es la manera que tenemos de reforzar nuestra autoridad ante nuestros vasallos. Puede pareceros una actitud horrible pero os aseguro que es la que esperan de sus amos. Ellos han nacido para obedecernos, para complacernos. Su sudor y su sufrimiento es nuestra riqueza y nuestro bienestar. Ellos saben cual es su lugar y nosotros debemos saber cual es el que nos corresponde por derecho de nacimiento. Fue durante el transcurso de la gran cacería y la fiesta que le siguió cuando realmente tomé conciencia de la verdad de las palabras de la abuela. Era una mujer madura de gran belleza que se mostraba muy atenta conmigo. Daba la apariencia de ser una mujer amable y bondadosa pero escondía una naturaleza lasciva y cruel. Era la misma mujer que se encargó de organizar los festejos de mi décimo cumpleaños, cuando me fueron entregadas tres aldeas con sus siervos para gobernarlos. Después de una sangrienta jornada de caza en la que abatimos medio centenar de zorros y una docena de furtivos a los que dimos caza como castigo, la tía Larissa me pidió que fuera con ella a sus habitaciones. Cuando entré ella se hallaba en el baño. Sentí vergüenza pero ella me incitó a que la acompañara en aquel íntimo solaz. Las habitaciones tenían un cuarto anexo que contenía una bañera de cobre. Tía Larissa se encontraba desnuda dentro del agua caliente mientras cinco doncellas se ocupaban de lavarla por todas partes de su orondo cuerpo. La expresión de mi tía era de auténtica felicidad, de placer diría yo. Me hizo señas de que me acercara y eso hice. La mano de mi tía sostenía una copa que un criado iba llenando de champagne cuando ella la vaciaba. Tía Larissa sacó las piernas del agua y apoyó los talones de los pies en el extremo opuesto de la bañera de cobre. La muchacha se arrojó a mis pies y empezó a lamer mis botas para llevarse las pocas gotas de agua que las había alcanzado. Mi madre —se refería a la abuela Olga— me ha hablado maravillas de tu pene, cielo. No pude evitar tener una erección de caballo. Aparté con el pie a la sierva que seguía lamiendo mis botas y salí de los aposentos de mi tía. Bajé al salón y di órdenes para que mi administrador se presentara ante mí de inmediato. Andrei Luvchenko entró corriendo. El hombre se arrodilló a mis pies como era preceptivo y no le di tiempo a que me expresara su sometimiento. Yo estaré en las habitaciones de mi tía Larissa. A sus padres les dices que el barín necesita de ella. Andrei se inclinó y besó mis botas en señal de sometimiento a mi capricho. Regresé a los aposentos de mi tía. Ella estaba desnuda mirando por la ventana, impaciente. Yo estaba conmocionado. La tía Larissa me sonrió. Supo que iba a satisfacer su capricho. Cinco minutos después mi tía, voluptuosamente desnuda, estaba apoyada con los codos en el alfeizar de la ventana y yo la enculaba con violencia mientras Andrei arrancaba alaridos y carne de la espalda de una muchacha a la que yo, para satisfacer el capricho de mi depravada tía, había condenado a un espantoso e injusto castigo. Aquella noche se lo conté todo a mi hermana Tatiana. Ella me acarició el rostro y me besó en la comisura de los labios de manera fraternal. La sierva había muerto aquella noche a consecuencia de los latigazos. Cuando mi tía y yo nos desplomamos abatidos por el cansancio del placer cesó el castigo de la sierva, que murió por un capricho de mi tía al que yo accedí. Era espantoso. La abuela tenía razón. Ese año en lugar de regresar a San Pertersburgo al llegar septiembre, por cuestiones que no vienen al caso, decidimos pasar la navidad en la dasha , algo que a mí me hacía mucha ilusión. Yo tenía ya catorce años y había dado un fuerte estirón. Ahora voy a jugar a los bolos con la princesa Tatiana, no quiero que me molesten. Me puse nervioso. En aquellos momentos no era consciente de que eran los padres de la muchacha que había muerto el año pasado por un capricho de mi tía Larissa. Salí al jardín donde Tatiana me esperaba para jugar a los bolos. En una ocasión tuvimos invitada a una condesa inglesa que al perecer tenía propiedades en América donde poseía varias plantaciones de algodón que trabajaban esclavos africanos. La condesa nos explicó que para pasar el tiempo las mujeres de los plantadores jugaban a los bolos usando a niños negros como birlas a los que enterraban hasta las rodillas para que no pudieran huir y evitar los golpes de las bolas de piedra o hierro que les lanzaban. La abuela Olga se entusiasmó y empezó a practicar este deporte que pronto se extendió en todos los señoríos de importancia. Así es imposible fallar — dijo Tatiana que rompió a reír de su mal chiste. El juego consistía en derribar birlas. La abuela Olga le dijo que había venido al lugar ideal, en Smolensk tendría material de estudio de sobras. Lady Maud, después de que una de nuestras birlas humanas cayera al suelo se encargaba de comprobar si el mujik hacía cuento para sustraerse del juego o si por el contrario había una lesión severa. Si el día acompañaba los criados nos atendían sirviéndonos champagne, refrescos, pasaban bandejas con canapés, nos hacíamos sacar al jardín sillones y mesas… nos gustaba estar cómodos. Como era una partida de sólo dos contendientes varios criados colocaron un par de cómodas sillas plegables con brazos que usaba el que esperaba turno para lanzar las pesadas bolas. Por caballerosidad cedí el turno a Tatiana y tomé asiento en mi silla. Llamé a mi criado. Reluce como le gusta a usted, barín — respondió Sasha que inmediatamente se puso a pasarme un trapo limpio por las botas mientras yo observaba el estilo y la técnica de mi hermana Tatiana, quien realmente había desarrollado una gran pericia en aquel divertido juego. Tatiana lanzó con increible fuerza. A pesar de ser una chica y no tener unos brazos con una musculatura excesivamente desarrollada poseía una técnica endiablada con la que hacía unos prodigiosos lanzamientos, tanto por fuerza como por precisión. El alarido de la niña a la que antes me había referido estalló como un rayo. Tatiana se llevó una mano a la boca, sorprendida, pero al instante dio un salto seguido de un grito de alegría, pues si como todo hacía preveer había acertado de lleno en la rodilla maltrecha de la niña con seguridad iba a anotarse un punto en la primera jugada. Ciertamente le había alcanzado de lleno en la rodilla hinchada. La mujik , llorando y gritando se desplomó al suelo. Maud Evans salió como una flecha para examinar a la niña. Tatiana, antes de autorizar que se llevaran a la niña se acercó para ver si era tan grave como sugerían los aspavientos de Maud. Nuestra prima le lanzó a mi hermana una mirada cargada de reproche cuando Tatiana llegó junto a ella. Creo que se la has roto. Seguimos jugando como si nada. Al final Maud y Tatiana acabaron enfadadas, nada grave, pero ya se sabe cómo son las mujeres. Tatiana no soportaba que yo me fijara en mi prima que era dos años mayor que ella y cinco mayor que yo. Al día siguiente Sasha me despertó a mediodía. Le eché una gran bronca porque yo le había dicho que no quería que me despertaran hasta la hora de comer y Sasha me suplicó que lo perdonara pero que Andrei llevaba dos horas insistiendo en que tenía que dar audiencia a unos campesinos. Esa gente lleva dos niños pequeños…. Me irrité porque tuve que aguardar demasiado a que mis criados llenaran mi bañera con agua caliente. Nuestros sirvientes preferían ser azotados como castigo que obligarles a pasar hambre y yo también prefería su ayuno forzado porque la visión de la sangre y los alaridos que soltaban los castigados llegaba a incomodarme. Pasé una hora en el baño. Me gustaba hacer como había visto a tía Larissa: sacar los pies de la bañera y apoyarlos en el extremo opuesto para que Sasha me los besara ceremoniosamente. Cuando sentía los labios y la lengua de Sasha recorrer mis pies reaccionaba con una poderosa erección que finalmente el propio Sasha debería aliviar. Después me senté desnudo junto a la ventana para desayunar. Marusha, otra de mis criadas y hermana de Sasha, me trajo la bandeja del desayuno que depositó con una profunda reverencia sobre la mesa camilla y fue ella quien se encargó de hacerme la pedicura mientras daba buena cuenta del opíparo desayuno. A través de la ventana de mi habitación podía ver cómo las gruesas volvas de nieve caían lentamente. Recordé que los Sukov debían seguir aguardando en el patio y tuve un pensamiento de piedad hacia ellos. Giré un poco el cuello y los vi. Ahí estaban, parecían muñecos de nieve. Sus raídos abrigos estaban blancos por la nieve acumulada. Volví el cuello, estaba incómodo. El matrimonio y cinco hijos. Serían ocho pero el año pasado usted hizo azotar a la hija mayor una noche en el patio y la muchacha murió. Me quedé sorprendido. Yo no solía ordenar latigazos a las mujeres si no lo merecían y hacía tiempo que no había impuesto un castigo similar a ninguna de mis campesinas. Entonces recordé la noche en que tía Larissa me pidió que la enculara mientras Andrei azotaba a una sierva. Terminé de comer y me miré los pies. Marusha había hecho un buen trabajo. Tan envanecido y pagado de mi mismo estaba que concedí a la doncella como premio que me besara los pies. Seguro que se sentía satisfecha de poder besar los pies de su barín , me dije fatuo y vanidoso mientras la muchacha me agradecía y me besaba y pasaba la lengua sobre las uñas de los dedos de los pies que ella misma había dejado en perfecta armonía. Voy a conceder audiencia a esos pobres desgraciados. Bajé a mi gabinete privado, una sala grande, llena de cómodos sillones, un gran fuego templaba el ambiente en una chimenea barroca, mullidas alfombras, elegantes cuadros. De inmediato me di cuenta que no era el lugar donde recibir a una miserable familia de campesinos. Ni siquiera los remordimientos que probablemente me acuciaban por haber dado muerte a la hija mayor de los Sukov sin que realmente lo mereciera, por un simple capricho, podían llevarme a cometer la tontería de hacer llevar a aquellos andrajosos a mi presencia en semejante escenario propio de duquesas y príncipes. Tal vez después le pida a la abuela que me preste a su Igor. Sasha me calzó el impresionante abrigo y se arrodilló para volver a pasar un trapo sobre mis altas y brillantes botas. Tal y como decía la abuela era importante que el mujik que venía a suplicarnos pudiera extasiarse ante el brillo de nuestras botas antes de besarlas. Cogí la fusta para realzar mi poder y salí a la veranda seguido de mi fiel Sasha. Andrei llamó a los Sukov que subieron los cuatro peldaños que llevaban a la galería. Parecían ateridos de frío. Ciertamente hacía mucho y habían permanecido no sé cuantas horas de pie, en el patio. La nieve se había ido acumulando en sus raídos abrigos y los dedos de sus manos cubiertas con rotos mitones estaban enrojecidos y los labios azulados por el frío. Los aguardé de pie, frente al sillón que Andrei había sacado para mí. Los cuatro miembros de la familia Sukov se postrernaron a mi pies y me besaron las botas con total devoción. Me sentí poderoso. Mis campesinos se quedaron arrodillados. Era evidente que el campesino Sukov me iba a pedir una rebaja de impuestos y empezaba a ponerme nervioso, aunque me había hecho el propósito de no ser muy duro con los Sukov habida cuenta que la pérdida de su hija mayor se había producido por un capricho de tía Larissa al que yo había consentido. Pero cuando iba a regañarles por recurrir a la manida petición de rebaja de impuestos la esposa, la Sukova, se arrojó a mis pies y mientras besaba mis botas con devoción habló ella. Tenemos siete hijos y no tenemos capacidad de alimentarlos a todos. Los hemos traido con nosotros por si queréis verlos. Me quedé desconcertado, me estaban ofreciendo quedarme a alguno de sus hijos en propiedad. Técnicamente ya era el propietario de mis siervos pero sus padres me los regalaban para que hiciera de ellos lo que quisiera. Dirigí una mirada a los siete niños que permanecían con la carita pegada al suelo. Se les veía inquietos y temerosos pero obedientes. Seguro que sus padres les habían aleccionado para mostrarse dóciles y así conseguir que me interesara por alguno de ellos. Entre nuestros sirvientes había bastantes niños pero la mayoría eran hijos de aquellos que ya nos servían. Aquellos niños que los Sukov me ofrecían tendrían una categoría diferente, equiparable a los huérfanos. Sus padres renunciaban a una parte de sus hijos para poder atender a los que se quedasen con ellos. Yo me sentía un poco desconcertado. Me removí nervioso en mi sillón hasta que decidí inspeccionar el material. Ordené que los siete niños se pusieran de pie. Tendría que examinarlos antes de decidir con cuales me quedaba. De hecho ya había decidido aceptar la proposición del desesperado matrimonio Sukov. Después de escrutarlos durante largo rato opté por quedarme con tres, dos niñas y un niño. Una parejita me la quedaría yo y al tercero lo regalaría a mi hermana o a mi prima Maud. Los Sukov marcharon con el resto de sus hijos no sin antes agradecer mi buen corazón lamiendo mis botas como perros agradecidos. Me levanté y ordené a Sasha que encerrara a los tres en las dependencias de los sirvientes hasta que decidiera qué hacer con ellos. Estuve reflexionando un buen rato una vez se hubieron marchado los miembros restantes de aquella singular familia. Llegué a la conclusión de que me habían tomado el pelo porque aquellos niños estaban en edad de trabajar. Después de darle vueltas al asunto llegué a otra conclusión: los Sukov me habían regalado a sus hijos porque temían que cualquier día se los arrebatara para hacer con ellos lo mismo que había hecho con su hija mayor. Me sonreí pensando que nuestros siervos eran gente bien curiosa en sus razonamientos. Finalmente, tras varios días de meditar, decidí que aquellos niños me daban la posibilidad de hacer un buen regalo de navidad a mi hermana y a mi prima. Adios, cielo. No te folles mucho a la madre… piensa en la hija… jijijijiji…. Siendo chófer tiene que encargarse del mantenimiento del Rolls Royce y eso debe hacerlo en la calle. Piensa en Lucy y no puede evitar pensar en su hija mayor, miss Emmeline. La señorita Emmy, como ella quiere que él la llame, tiene ahora dieciséis años. Tiene veinte años y lleva dieciséis como sirviente de los Still. En ese tiempo ha aprendido a tratar a los amos. Cruza la plaza lentamente. Las manos en los bolsillos. Se ha subido el cuello de la chaqueta de su uniforme porque hace frío. En invierno hace frío en Londres. Se detiene al ver a Mila, la criada de la princesa Anastasia Ostrova. Mila le cae bien. Mila es descendiente de mujiks. Ha nacido en Londres pero tiene alma rusa. La princesa Olga Ostrova tenía trece años cuando en compañía de sus padres y un extenso séquito de fieles sirvientes tuvo que huir de Rusia cuando la revolución bolchevique. Con una incalculable fortuna en joyas y oro los Ostrov fueron acogidos con los brazos abiertos por la rancia aristocracia inglesa. La princesa Lena, madre de Olga y esposa del príncipe Valeri Ostrov causó sensación al exhibir fotografías de ella con las grandes duquesas imperiales, Olga, Tatiana, María y Anastasia Romanov, de quien era prima en tercer grado. Con su inmensa fortuna los Ostrov adquirieron una impresionante finca en el campo donde pasaban el verano. En su propiedad rural reeditaron una versión moderna del sistema zarista de servidumbre, provocando la envidia de la nobleza local a quienes hubiera gustado poder reinar sobre sus siervos como lo hacían los Ostrov. Para el servicio de las Ostrova contaban con los descendientes de los mujiks que acompañaron al príncipe Ostrov en su huida. Nunca nadie había visto tanta devoción en unos sirvientes como la que los Petrov profesaban por sus amos. Pero pierde cuidado… con los años va perdiendo virulencia. Hay que calcularlo. Tenía 13 años en el 18 y ahora estamos en el Si se enferma yo seré la culpable. Yo tampoco, pero los perritos sí. Bueno, me voy, nos vemos luego en el Dungeon. Alí se sonríe. La joven princesa Anastasia se divierte con su criada, ahora la hace trabajar como a una mula, ahora la invita a tomarse un gintónic con ella. La grita y momentos después le habla como si fuera su amiga. Juega con ella. Y es que las nuevas generaciones son muy diferentes a las anteriores. Alí lo sabe por experiencia propia. La joven Emmeline juega con sus sentimientos, eso piensa Alí, pero también cree que ella lo ama. Es diferente de su madre. Lady Lucía no engaña. Ella lo usa y así se lo dice. No quiere que Alí la malinterprete. Allí conviven tres generaciones. Esa mujer es el prototipo de cómo era la aristocracia rusa en la época de los Zares. Luego viene la hija de ésta, la princesa Nadia. Nacida ya en el exilio, sin embargo mantiene el mismo glamour de su madre. Verla es ver a las altivas princesas rusas inasequibles sus corazones a la miseria de sus siervos mientras ellas nadaban en el lujo y la abundancia. Alí se detiene un momento para ver a Mila bajar las escaleras de servicio. En todas las casas de Exham Place las escaleras de la entrada principal suben y las de servicio bajan. Se sonríe. Luego sigue su camino pensando en la curiosa familia Ostrova. Evidentemente ninguna de las tres tiene derecho a usar el título de princesa. En todo caso sólo, y por el hecho de que llegó a ostentarlo en su tierra natal hasta los trece años, este derecho sólo le asiste a la princesa Olga, la matriarca. Alí no cree que trate mal a Mila. Conoce a Mila y sabe que es una exagerada y a veces incluso fantasiosa. En cualquier caso Alí cree que no la amaría si la mitad de las cosas que dice que le hace fueran ciertas. Alí se siente a gusto sirviendo a los Still, especialmente a la señora y a sus hijas. La mañana amanece fría y gris. Es domingo. Tana y Zinnia tienen el día libre. Cuando empezaron a servir a los Still no tenían ni siquiera una hora libre. Si los criados tienían el Dungeon, típico pub inglés, como lugar de referencia, donde se reunían para tomar unas cervezas y contarse los chismes de sus amos, las señoras habían tomado al asalto la coctelería del Club Femenino de Polo. Una institución elitista a donde las damas de la alta sociedad acudían con al menos una criada para que las atendieran. Tana era quien siempre acompañaba a Lady Lucía Still cuando iba al Club Femenino, de igual modo que lo hacía cuando iba de compras a Oxford Street. Al principio, cuando Lucy llevaba al servicio como si se tratara de esclavos, Mildred se sentía superior a todos ellos pues ella ejercía tanto como gobernanta como criada de confianza de la señora. Con los nuevos tiempos y la libertad que habían ido consiguiendo los sirvientes de Lucy, Mildred había ido perdiendo privilegios, al menos había visto reducida la distancia enorme que en un principio la separaba de los pobres inmigrantes. Zinnia y Tana habían obtenido permiso de la señora para ir a una reunión de inmigrantes caribeños que tenía lugar en Acton. Lucy les hizo una broma en relación al hecho de que fueran a celebrar la abolición de la esclavitud cuando ellas seguían siendo sus esclavas. Lo dijo con su frívola gracia habitual, como si fuera un chiste que debían reír a la fuerza. Tana y Zinnia rieron, desde luego, pero a continuación se metieron los pases en el bolsillo. Sabe que Lucy duerme hasta mediodía. Pero ella no puede hacer la remolona hasta las doce. Zinnia y Tana le han dejado todo su trabajo para ella. Y es mucho. Se levanta y cuando pone los pies desnudos en el suelo maldice a su amiga Lucy. Mildre se dirige hacia la cocina. Siente un gran alivio cuando ve que no hay nada por fregar. Pone la cafetera al fuego y se prepara un café bien cargado. Lucy se pone histérica si no brilla. El brillo, joder, es que quiere que todo tenga el brillo del oro, pero sí sólo es madera, joder, piensa Mildred con rabia. Raba se acerca silenciosa. Hace tiempo que ha dejado su papel de nodriza de las señoritas y del señorito Tommy. Para Tommy, que ya tiene diez años, su madre ha buscado un huérfano en una de las instituciones de caridad que los Still sostienen con donaciones económicas que les producen reputación y sustanciales desgravaciones fiscales. El lacayo de Tommy tiene su misma edad, diez años, y es como una ratita asustada. Se llama Ralph y a Mildred le da pena por cómo lo trata el fanfarrón de Tommy, un niño grosero fiel calco de su padre. Raba era dulce y sobre todo sumisa. Las niñas la querían porque no habían conocido otra madre que la tierna Raba, pero ambas, Emmeline y Sonia, ya no eran aquellas niñas dulces a las que Raba había amamantado. Se frota las rótulas con vigor y camina un poco para que no le fallen las piernas. Mildred se sienta a la mesa de la cocina y le dice a Raba que si va a hacerse café que haga también para ella. Van a un colegio en el que las sirven las niñas huérfanas del orfanato que mantienen los padres de las alumnas, en casa tienen siete sirvientes, sus amigas de Exham Place todas tienen sirvientes a los que suelen humillar… qué quieres que hagan ellas, pobrecillas…. Mildred niega con la cabeza. No vale la pena discutir. Y es que cuando ella tiene que sustituir a Tana en el servicio de Lucy ve las cosas de otra manera. Al principio, cuando su papel en la casa era una especie de guardiana, de carcelera, de vigilanta de las atemorizadas criaturas que habían abandonado su mundo de miseria para venir a servir a Lucy y su familia, Mildred se había sentido importante. Incluso en aquella época despreciaba a los que ella consideraba esclavos. Pero las cosas no habían mejorado para Mildred. Al contrario. El timbre de la alcoba de Lucy interrumpió agriamente la conversación de Mildred con la niñera. Mildred levantó la cabeza para mirar el panel. Llamó suavemente con los nudillos y abrió sin esperar respuesta. Mildred, que iba a colocar la bandeja sobre las rodillas de Lucy se la queda mirando horrorizada. Lucy empieza a comer con apetito y Mildred se ha quedado de pie al lado de la cama sin saber qué hacer. Lucy extiende un dedo de larga y barnizada uña y señala el suelo delante de los pies de la cama. Mildred se va a los pies de la cama y se arrodilla. Lucy estira las piernas y sus pies se aparecen ante los ojos de la sustituta de Tana. Lucy le habla con dulzura. De hecho siempre se ha dirigido a los sirvientes con dulzura, salvo raras excepciones en que puede haber perdido los estribos siempre les habla en un tono dulce y amable. Mildred se muerde los labios, acerca el rostro a las plantas de los pies de Lucy y empieza a llenarlas con sus besos provocando en la joven un suspiro de relajación y contento. Espero que no me hagas quedar como una idiota. Mis amigas siempre han alucinado con la devoción que me muestra Tana. No espero menos de ti, cariño. Un nuevo gemido, esta vez acompañado de un sollozo apagado brota de la garganta de Mildred. La mira y se da cuenta de que a pesar de que se acaba de despertar su aspecto es delicioso. Lo que la hace hermosa a la vista de todos es esa mezcla de ingenuidad y crueldad cínica. Y su cabello rubio que cae en cascadas de bucles alrededor de su ovalado rostro de niña. Tiene treinta y cuatro años y parece que tenga dieciocho. Aguarda de pie junto al coche. Por la puerta principal aparece Emmeline a quien debe llevar al prestigioso colegio para señoritas de Belgravia donde cursa sus estudios. Emmeline le sonríe y le acaricia el rostro mientras entra y se acomoda en el asiento de cuero beige del Mercedes. Lucy, desde la terraza de su alcoba saluda a su hija. No ha madrugado, sencillamente Emmeline va con tres horas de retraso. La muchacha saluda a su madre desde la ventanilla trasera. Alí se sienta en el puesto del conductor y pone en marcha el auto. La joven se irrita. Sabes que quiero mucho a Raba pero…. Por mucho que la aprecie no deja de ser mi criada y debe obedecerme. Alí ha detenido el coche en un descampado. No me lleves a la escuela. Alí arranca el coche y toma la dirección del apartamento del amo Preston que tan bien conoce. Eso nos da siete horas por delante para amarnos. Aparca el automóvil delante de la casita. Es una construcción del año que consta de una planta pequeña y un piso igual de pequeño. Preston lo llama apartamento cuando en realidad es como un Cottage. Toma — saca el bolso y le da cien libras — con eso puedes comprar medio supermercado… venga, sorpréndeme — le dice cerrando los ojos y componiendo los labios fruncidos para recibir un beso. Pero con Lucy sabe que sólo es sexo. Con Emmeline no sabe a qué atenerse. Él cree que la chica es sincera pero supone que se trata de un capricho de adolescente consentida. Toma el dinero y se va al Supermercado sin besar los labios de Emmeline que abre los ojos al oír que Alí se aleja y se sonríe. Siempre pasa igual. Alarga la mano y coge la campanilla que sirve para llamar al servicio y la hace sonar. La carcajada de la muchacha le hace ver que acaba de gastarle una broma. Alí aprieta los puños. Emmeline se levanta. Llega a la cocina y lo ve de espaldas. Ella se le acerca sigilosa y lo rodea con sus brazos. Es alta y no le cuesta nada pasar su cabeza por encima del hombro de él y besarle dulcemente la mejilla. El criado se vuelve y la coge con sus manos por los hombros. La mira con los ojos chispeantes. Emmy se deja besar. Alí la levanta en brazos y saliendo de la cocina la lleva al domitorio. La tira sobre la cama y se echa encima. La desnuda con violencia. Ella lo mira con los ojos que muestran una gran excitación. Ha herido su orgullo y sabe que necesita recuperar su autoestima. Emmeline ha jugado este juego otras veces con otras cartas, pero el mismo juego. Le excita ese juego. Su piel blanca contrasta con el negro de las altas botas que se ha dejado puestas. Alí adora esas botas. Mientras la penetra acaricia las perneras de las botas con sus manos. Siente el cuero frío y se apodera de él un sentimiento contradictorio. Las botas le recuerdan su deber de sometimiento. Nunca le ha dicho que la quiere. Va a decir que ella también le quiere pero el inicio del orgasmo le impide hablar. Ambos llegan casi a la vez al éxtasis. Luego él se derrumba sobre ella y empieza a sollozar. Pero otra cosa distinta es querer a alguien. Es verdad que lo he dicho, pero ha sido por la excitación del momento. No la metas a ella en lo nuestro. No mezcles las cosas. Y no te he humillado antes, sólo ha sido una broma… — le dice sonriéndole y cuando Emmy le sonríe él siente que se le van los argumentos por el desagüe. Emmeline se estira en la cama con una deliciosa sonrisa en sus labios. Levanta una pierna y le coloca la bota sobre el muslo. Alí experimenta una agitación peligrosa en los testículos. A pesar de que se acaba de vaciar cuando el empeine del pie de Emmeline le acaricia el pene sufre una erección de caballo en segundos. La erección de Alí se desvanece con la nueva humillación. Emmeline retira la bota y se incorpora. Lo abraza y le besa en la mejilla. Alí se arrodilla y posa sus labios sobre las botas de Emmeline que para finalizar con la humillación de Alí le dice que procure no mancharle las botas con sus babas. Alí se incorpora y de rodillas rodea con sus brazos el cuello de Emmeline y la besa. Dile a tu madre que llegaremos a eso de las cinco y que quiero todo a punto. Las damas, incluida la anciana princesa Olga Ostrova, acuden al Club Femenino para ejercitar su puntería con animales vivos. Es una actividad completamente ilegal pero el dinero todo lo puede. No le importa que sus compañeros le hagan bromas a cuenta de su condición de criado de alcoba que ejerce para Lady Lucy y también para su hija mayor, miss Emmeline. La señora quiere que la fiesta sea todo un éxito — comenta orgullosa Mildred de poder alardear ante el resto de criados de su exacta información que sólo puede ser obtenida por la cercanía que le concede la señora. La señora ha decidido que sea una cacería sólo de mujeres. Todos se ponen a reír salvo el niño que no entiende qué ha dicho que pueda ser tan gracioso. Alí se encarga de aclararle el concepto. Sólo cazan las señoras. Nuevas risas de las mujeres, esta vez se ríe incluso Raba, y Ralph decide no volver a abrir la boca para que no vuelvan a reirse de él. Alí deja a los criados en la estación de Charing Cross. Espera a ver cómo Mildred gestiona los billetes y cuando los ve enfilar el vagón de tercera del tren estacionado regresa a Exham Place. Observa que en las casas de la elegante y señorial plaza hay una actividad inusual para la hora que es. Alí mira el reloj y decide que tiene tiempo de ir a tomar una cerveza al pub. Allí encuentra a Azucena. Alí siente gran cariño por Azucena, incluso piensa que no le importaría casarse con ella. Alí se siente ahora atrapado por la hija mayor de su dueña. Nica y yo ya tenemos hechas las maletas. Lo hemos echado a suertes y yo me he venido al pub un rato. Ellos van en tren a Cadwell y tienen que tener todo listo para cuando esta tarde lleve a la señora y a las señoritas. La cacería de mañana es sólo para señoras… aunque se han llevado al pequeño tirano. Es un pequeño hijodeputa. Ahora es un gordo perezoso que disfruta pegando al pequeño huérfano. Alí da un trago largo a su cerveza y se queda mirando el bonito rostro de Azucena. El Altar Y El Trono. El tren de los huérfanos PDF Descargar. Geometría E4D: Geometría del espacio euclidiano cuatridimensional vista desde la óptica bidimensional. Gratis Gratis Barbie. Gratis Daniel y los Diversónicos. Gratis Esteban. Edición integral 2 PDF Descargar. Sistemas operativos en red R. La Vida Y Otras Geografías. Las posadas del amor PDF En línea. Le Guide Vert. Materiales, técnicas y proyectos PDF. Leer Bestioles Curioses. Leer De la dignidad del hombre PDF. Leer El dia de la concordia PDF. Leer El terror y la piedad PDF. Leer Freeware y shareware PDF. 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No me seas tan escrupulosa hija. Para ella es normal obedecer sea cual sea la orden que reciba. Es dócil y sumisa y historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación debemos aprovecharnos. A pesar de que Daisy había sido educada bajo las mismas premisas clasistas que Francine, no le convenció el discurso racista y colonialista de su amiga pero la quería demasiado como para contradecirla.

En tanto que Francine era una muchacha extrovertida, lanzada, here de sí misma, abierta a todo tipo de experiencias y muy audaz, Daisy era recatada, modesta, introvertida y muy apocada.

La primera se sentía segura de sí misma y la segunda temía no ser aceptada y padecía de una baja autoestima alarmante a juicio de Francine. La sirena del barco emitió un ulular largo y profundo, señal de que la maniobra de atraque en el poblado y caótico puerto de Colombo había llegado a su fin.

Daisy ordenó a Tara que historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación ocupara de sacar los equipajes. Se asomó a La Nursería y comprobó que Raba dormía, lo mismo que el pequeño Tommy.

Luego pegó la oreja a la puerta de historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación habitación de su marido. Escuchó gemidos y se apartó. Preston debía estar enculando a Akim. De las niñas pasó. No se oía nada por lo que supuso que dormían. Antes de desnudarse le había pinchado los pechos con la aguja del pelo para castigarla por su promiscuidad.

No es que le importara que follara con los mozos Benson, le molestaba que no le hubiera pedido permiso. Mañana tienen continue reading brillar como espejos.

Aguardó un tiempo prudencial. Finalmente se puso por encima una bata de fina lana de vicuña que había costado un dineral y se puso sus chinelas rosas de taconcito y pompón en la punta y se decidió a visitar las dependencias del servicio.

Bajó las escaleras que llevaban al sótano donde los criados tenían sus habitaciones. Se descalzó las chinelas para more info hacer ruido.

Al instante notó el frío en sus pies.

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Allí no llegaba la calefacción. Zinnia y Tana compartían un cuartito y Akim y Alí otro. Akim no estaba, se encontraba dando satisfacción a su marido.

Escuchó el rumor de una conversación que provenía del cuarto de las caribeñas. Se hubiera quedado a escuchar porque de buen seguro oiría cómo la despellejaban, pero no quería que la sorprendiese nadie historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación abajo. Como sólo quedaba una puerta esa tenía que ser la del cuarto que compartían Alí y Akim. No es que ella lo supiese del cierto puesto que no solía bajar a las dependencias del servicio. Inspiró hondo y abrió la puerta.

Ella no tenía necesidad de llamar, era la dueña. Tampoco había pestillos. Ella los había prohibido. Consideraba que los sirvientes, al menos sus sirvientes, no tenían derecho a historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación intimidad. El muchacho estaba desnudo. Instintivamente se cubrió los genitales con las manos. Lucy se sonrió al ver el azoramiento del chico. Pero su vista se posó en un objeto que no debía estar allí. Sobre el catre se encontraban de pie sus botas.

Las botas de montar que Tana se había llevado cuando la había echado de su alcoba para seguir con su abrillantado. El muchacho se ruborizó como la grana. Balbuceó algunas palabras incomprensibles pero recuperó la compostura. Me ha dicho que estaba muy cansada y me he ofrecido.

El joven cogió las botas y las sacó de encima de su catre. Se quedó con ellas en las manos sin saber qué hacer ni decir. Lucy pasó a la acción. De hecho le venía bien que sus botas historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación en el historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación de Alí.

Creía que este era el cuarto de Tana. Las sujetaba ambas con una sola mano puesto que con la otra seguía cubriéndose los genitales. Bueno, vamos a hacer una cosa. Ahora me vuelvo a mi alcoba. Te esperas cinco minutos, te cubres un poco y me las subes.

Te espero. Alí se quedó boquiabierto ante las instrucciones de la señora. Para historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación tendría que subirle él las botas. Luego pensó que la señora no hacía nada, absolutamente nada, que pudieran hacer por ella sus sirvientes.

Y Alí era uno de esos sirvientes. Se vistió con calma y cuando consideró que habían pasado los cinco minutos dejó su helado cuartucho y subió al primer piso donde estaban las habitaciones de los señores. Alí conocía perfectamente cual era la habitación de Milady. Tocó suavemente con los nudillos y recibió la orden de entrar. Cuando vio a Lucy completamente desnuda de pie en medio de la estancia comprendió que la orden de que le subiera las botas a su habitación había sido la excusa.

La señora quería algo de él y él no sabía si estaría preparado. Aunque trató de evitarlo, después de cerrar la puerta a sus espaldas, sus ojos la examinaron. Para Https://site-9.ventagram.site/pub-2019-10-30.php era perfecta.

Tenía la piel muy blanca y la imaginó en contraste con las relucientes botas. Apartó de su mente aquella imagen que lo delataría elevando su pene de persistir.

Lucy lo miraba con una sonrisa. Para Preston seguía siendo la adolescente de la que se enamoró. Para Alí era una Diosa inalcanzable, y ahora estaba allí, desnuda, sugerente, lasciva.

Balanceó el pie y con él la chinela se movió en un vaivén hipnótico que atrapó a Alí. Depositó con extremo cuidado las altas botas en el suelo de manera que quedaran de pie y luego se quitó la camisa. Alí se bajó los pantalones y se los quitó. Estaba decalzo. Cuando se irguió se mostró totalmente desnudo.

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No llevaba calzoncillos. Lucy se levantó y se acercó a él. Si es así me visto y me marcho… ya tiene aquí sus botas… aunque no veo el caballo para cabalgar. Lucy se asombró de la insolencia de Alí. Nunca, como quien dice, lo había oído hablar. Siempre permanecía silencioso. Sólo hablaba con las niñas y para contestarlas con respeto. Alguna vez se había hecho dar placer por Tana, pero la caribeña nunca se atreviría a hablarle como lo estaba haciendo Alí. De haberlo hecho ella le habría cruzado la cara con su fusta.

Alí, pasado el historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación inicial que se había llevado cuando Lucy abrió la puerta de su cuarto y lo sorprendió a punto de adorar sus botas y masturbarse, pensó que era evidente que milady le estaba retando para una relación. Esta es una oportunidad que debo saber aprovechar, se había dicho Alí.

Su madre llevaba tiempo diciéndole que el Todopoderoso lo había bendecido con unos atributos sexuales imponentes y que podían abrirle muchas puertas en esta vida si sabía usarlos. A Lucy le había hecho gracia que el chico de la nodriza se hubiera puesto gallito, pero quiso dejarle claro cómo eran las historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación.

La mano de Lucy cogió con suavidad el pene del joven. Tuvo que bajar la mirada hacia los genitales de Alí cuando se hizo evidente que las dimensiones que estaba alcanzando el pene debido a sus caricias eran absolutamente desproporcionadas con el aspecto que tenía en reposo. El rostro de Alí, menos moreno que el de su madre, se tiñó de grana. Era consciente de que tenía un pene enorme en erección. Su madre a veces le acariciaba allí con los labios para que se le pusiera dura y le hacía comentarios sobre la desmesura que volvería locas a las mujeres que tuvieran la suerte de cruzarse con él.

Con muchísimo cuidado. Lucy sorprendió a Alí mirando fijamente sus botas que estaban en el suelo, majestuosas. Entonces recordó que le había extrañado que sus botas estuvieran encima de la cama de Alí.

Un montón de conjeturas pasaron velozmente por la cabecita de Lucy. Un altar, seguro, eso es. Estaba a punto de adorarlas. Tiene que ser eso. Qué sentido tiene que estuviera completamente desnudo en aquella especie de nevera. Una sonrisa lasciva se dibujó en sus labios en forma de beso permanente. Haría una prueba.

La seguridad que había mostrado Alí en sus comentarios insolentes desapareció. Las manos le temblaban cuando se arrodilló dispuesto a calzarle las botas a Milady. Lucy escrutó la polla de Alí. Lucy conocía de sobra las diferentes tendencias sexuales de los hombres que los conservadores llamaban perversiones. Sabía que había hombres y también algunas mujeres, que se historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación por los pies de sus partenaires y otros a los que historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación determinado tipo de calzado femenino así como historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación elegantes botas de montar o de vestir.

Este chico como mínimo es fetichista. Ya veremos si lleva asociado una clara tendencia a la sumisión, pensó Lucy. Ya lo veremos. Aquella fue la primera vez. En el pub Dungeon situado en la confluencia de Exham Place con Albany street, See more estaba degustando una guiness con diploma de universitario registrador pegatinas de. Todo el día hablando de los derechos de los oprimidos, lanzando consignas contra la explotación de los humildes por parte de los poderosos.

Ahora Azucena se quejaba amargamente de lady Julia, su señora. Azucena era una simple criada.

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Seguro que no has conocido a nadie como historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación. Eso no es nada — le replicó Alí que dio un nuevo sorbo a su guiness. Para todos ellos, Alí, Akim, Mildred, Zinnia, Tana y Raba aquella democratización de las relaciones, en palabras de Lady Lucía Still, había supuesto un cambio muy importante en sus vidas. Llevaban siempre en el interior de su bolsillo el pase o salvoconducto firmado por la señora que les permitía circular por todo Londres sin miedo a ser detenidos por la policía de inmigración.

Los sirvientes de Exham Place se reunían en el pub Dungeon. El nombre del pub se acercaba mucho a la realidad que vivían en los domicilios de sus señores. Los Still habían sido los primeros en contratar servidumbre extranjera.

El resto de propietarios de lujosas mansiones de la peculiar Exham Place habían seguido su ejemplo. También contaba con el servicio de una rumana, Nicola, huida de la dictadura de Ceaucescu. Tenía a su servicio a descendientes de los mujiks que habían servido a su familia y que les habían seguido manteniendo fidelidad absoluta. Alí estaba enamorado de la graciosa Azucena. Era guapita y tenía el cabello denso, largo y muy oscuro. No era muy alta y sí muy atractiva.

Lucy estaba al corriente de las aventuras de Alí e incluso le hacía gracia. Pero cuando ella requería al muchacho éste fichaba en su alcoba. Esas sí son auténticas arpías. Miss Florence siempre encuentra un motivo para no dejarme salir. Ella sabe que a las siete tengo permiso para salir un par de horas.

Bien, pues siempre necesita sus zapatos limpios cuando me ve con el abrigo para salir. La odio. La chica se ha enamorado de mí, pero vive en otro planeta. Me ha dicho que quiere hablarle a sus padres de nuestra relación. De momento no va a decir nada, pero me da miedo. Esta chica… es un poco desequilibrada. Con lo mal que ha llegado a tratarte. Yo no estoy tan loco como para contrariarla ni tanto como para permitir que la líe.

Tengo que atarla en corto, jugar con tino o de lo contrario es capaz de decir que he intentado violarla o de plantarse ante sus padres diciendo que quiere casarse conmigo. Pero lady Cavendish me controla la hora de llegada reloj en mano. Adios, cielo. No te folles mucho a la madre… piensa en la hija… jijijijiji…. Siendo chófer tiene que encargarse del mantenimiento del Rolls Royce y eso debe hacerlo en la calle. Piensa en Lucy y no puede evitar pensar en su hija mayor, miss Emmeline.

La señorita Emmy, como ella quiere que él la llame, tiene ahora dieciséis años. Tiene veinte años y lleva dieciséis como sirviente de los Still.

En ese tiempo ha aprendido a tratar a los amos. Cruza la plaza lentamente. Las manos en los bolsillos. Se ha subido el cuello de la chaqueta de su uniforme porque hace frío. En invierno hace frío en Londres. Se detiene al ver a Mila, la criada historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación la princesa Anastasia Ostrova.

Go here le cae bien. Mila es descendiente de mujiks. Ha nacido en Londres pero tiene alma rusa. La princesa Olga Ostrova tenía trece años cuando en compañía de sus padres y un extenso séquito de fieles sirvientes tuvo que huir de Rusia cuando la revolución bolchevique. Con una incalculable fortuna en joyas y oro los Ostrov fueron acogidos con los brazos abiertos por la rancia aristocracia inglesa.

La princesa Lena, madre de Olga y esposa del príncipe Valeri Ostrov causó sensación al exhibir fotografías de ella con las grandes duquesas imperiales, Olga, Tatiana, María y Anastasia Romanov, de quien era prima en tercer grado. Con su inmensa fortuna los Ostrov adquirieron una impresionante finca en el campo donde pasaban el verano. En su propiedad rural reeditaron una versión moderna del sistema zarista de servidumbre, provocando la envidia de la nobleza local a quienes hubiera gustado poder reinar sobre sus siervos como lo hacían los Ostrov.

Para el servicio de las Ostrova contaban con los descendientes de los mujiks que acompañaron al príncipe Ostrov en su huida. Nunca nadie había visto tanta devoción en unos sirvientes como la que los Petrov profesaban por sus amos. Pero pierde cuidado… con los años va perdiendo virulencia. Hay que calcularlo. Tenía 13 años en el 18 y ahora estamos en el Si se enferma yo seré la culpable.

Yo tampoco, pero los perritos sí. Bueno, me voy, nos vemos luego historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación el Dungeon. Alí se sonríe. La joven princesa Anastasia se divierte con su criada, ahora la hace trabajar como a una mula, ahora la invita a tomarse un gintónic con ella. La grita y momentos después le habla como si fuera su amiga. Juega con ella. Y es que las nuevas generaciones son muy diferentes a las anteriores.

Alí lo sabe por experiencia propia. La joven Emmeline juega con sus sentimientos, eso piensa Alí, pero también cree que ella lo ama. Es diferente de su madre. Lady Lucía no engaña. Ella lo usa y así se lo dice. No quiere que Alí la malinterprete. Allí conviven tres generaciones. Esa mujer es el prototipo de cómo era la aristocracia rusa en la época de los Zares. Luego viene https://topic-y.ventagram.site/web-04-01-2020.php hija de ésta, la princesa Nadia.

Nacida ya en el exilio, sin embargo mantiene el mismo glamour de su madre. Verla es ver a las altivas princesas rusas inasequibles sus corazones a la miseria de sus siervos mientras ellas nadaban en el lujo y la abundancia.

Alí se detiene un momento para ver a Mila bajar las escaleras de servicio. En todas las casas de Exham Place las escaleras de la entrada principal suben y las de servicio bajan. Se sonríe. Luego sigue su camino pensando en la curiosa familia Ostrova. Evidentemente ninguna de las tres tiene derecho a usar el título de princesa. En todo caso sólo, y por el hecho de que llegó a ostentarlo en su tierra natal hasta los trece años, este derecho sólo le asiste more info la princesa Olga, la matriarca.

Alí no cree que trate mal a Mila. Conoce a Mila y sabe que es una exagerada y a veces incluso fantasiosa. En cualquier caso Alí cree que no la amaría si la mitad de las cosas que dice que le hace fueran ciertas.

Alí se siente a gusto sirviendo a los Still, especialmente a la señora y a sus hijas. La mañana amanece fría y gris. Es domingo.

Tana y Zinnia tienen el día libre. Cuando empezaron a servir a los Still no tenían ni siquiera una hora libre. Si los criados tienían el Dungeon, típico pub inglés, como lugar de referencia, donde se reunían historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación tomar unas historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación y contarse los chismes de sus amos, las señoras habían tomado al asalto la coctelería del Club Femenino de Polo.

Una institución elitista a donde las damas de la alta sociedad acudían con visit web page menos una criada para que las atendieran.

Tana era quien siempre acompañaba a Lady Lucía Still cuando iba al Club Femenino, de igual modo que lo hacía cuando iba de compras a Oxford Street. Al principio, cuando Lucy llevaba al servicio como si se tratara de esclavos, Mildred se sentía superior a todos ellos pues ella ejercía tanto como gobernanta como criada de confianza de la señora. Con los nuevos tiempos y la libertad que habían ido consiguiendo los sirvientes de Lucy, Mildred había ido perdiendo privilegios, al menos había visto reducida la distancia enorme que en un principio la separaba de historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación pobres inmigrantes.

Zinnia y Tana habían obtenido permiso de la señora para ir a una reunión de inmigrantes caribeños que tenía lugar en Acton. Lucy les hizo una broma en relación al hecho de que fueran a celebrar la abolición de la esclavitud cuando ellas seguían siendo sus esclavas.

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Pero la profunda fé católica de la matriarca de los Preston, rara avis confesional que había renunciado de jovencita a la iglesia anglicana, fue decisiva para que Lucy se saliera con historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación suya. Un mes después se casaban en la finca donde los Still tenían su casa de campo, en los magníficos jardines que habían sido testimonio de todos los enlaces de la descendencia de la familia desde tiempos de María Tudor.

Las damas Still, léase la madre de Preston, sus tías, sus cuñadas y sus hermanas, please click for source perdonaron nunca a Lucy su procedencia. Y Lucy era el típico exponente de la pujante clase media que surgió después de terminada la segunda gran guerra.

Emmeline, su primera hija, la que le concedió el pasaporte a la nobleza, acababa de cumplir catorce años y era un calco de su madre: igual de guapa pero igual de perezosa, indolente, caprichosa y tonta. Lucy quería cumplir con el papel procreador que la nobleza adjudicaba a sus mujeres cuanto antes mejor. A partir de Sonia ligadura de trompas y gimnasio para recuperar la figura.

Lucy contrató una nodriza que era un prodigio de la naturaleza. Lucy se hizo con Raba, una joven de dieciséis años con unos pechos rebosantes de leche materna. Pienso tener dos y punto. Lucy lo tenía dominado hasta límites nauseabundos. Sólo vivía para satisfacer a su queridísima esposa. Lógicamente Preston compró a Raba. Digo compró porque pagó a la cónsul tunecina dos mil libras para quedarse con los papeles de Raba.

Lucy quería disponer de un extenso servicio doméstico pero no quería ni un criado inglés. Consideraba que eran serviles pero viles, taimados, desleales. A cambio les facilitaban una acreditación consular en la que constaba que estaban empleados a cargo de Preston y Lucy Still y por tanto cualquier tema debía ventilarse con estos.

No se trataba de dejar indocumentados a los sirvientes, pero al retenerles sus identificaciones impedían que se marcharan. Cuando visitaba la finca de sus suegros en Devonshire Lucy solía hacer gala de sus sirvientes, de su sumiso y servil comportamiento pero sus cuñadas y suegra le anteponían la clase de sus criados a los que exigían un mismo grado de sometimiento para poder darle en las narices a la presuntuosa plebeya.

Los criados de los Still en su finca de Devonshire odiaban a Https://link-y.ventagram.site/web-21-11-2019.php por hacerla responsable del grave deterioro de sus condiciones de trabajo. Lady Margaret Still, la suegra de Lucy, había exigido a su servicio doméstico que hicieran lo mismo que vieran hacer a las criadas magrebies, historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación, tailandesas y caribeñas que acompañaban a lady Lucía.

Evidentemente tanto el mayordomo, como la cocinera, como los lacayos, como las doncellas… todo el inacabable personal doméstico de Devonshire ponía todo su empeño en contentar click su señora, no en vano los había amenazado a todos con echar a aquel que no estuviera dispuesto a renunciar a su orgullo y su dignidad en pro del prestigio del servicio doméstico patrio.

El mayordomo logró arrancar una paga anual para todos los sirvientes a cambio de hacer la vista gorda con https://home-f.ventagram.site/article-2683.php propias dignidades. Pero a Lucy no la engañaban aquellos estirados que si bien accedían a humillarse ante sus amos link hacían con la mente puesta en el sobresueldo que conseguían de aquella manera. En cambio los suyos actuaban con absoluto desprecio de su dignidad personal porque iba en su esencia humana.

Cuando Lucy le contó que iba a convertirse en lady Lucía Still a Mildred se le salieron los ojos de las órbitas. Le hizo una profunda y cómica reverencia y después le pidió que no se olvidara de ella cuando pisara los oropeles de la aristocracia inglesa. Y no se olvidó. Mildred fue contratada legalmente como criada para todo por su antaño mejor amiga.

Raba había sido la primera y llegó con el nacimiento de Emmeline, siguió como nodriza con la llegada de Sonia, la pequeña y cuando ésta fue destetada a los dos años de edad Raba pasó a ser la criada de las niñas.

Era hermana de Zinnia y llegó a través de un programa de reagrupación de inmigrantes que tramitó a través de los contactos de la tía Rachel. Lucy necesitaba una doncella pendiente de sus caprichos y necesidades y Tana, preciosa mulata de la isla de Antigua, fue la elegida. A Lucy le encantó el grado historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación devoción que Tana le mostró desde el primer día. Cuando Raba entro al servicio de los Still en Exham Place vino con su hijo que entonces tenía cuatro años.

Catorce años después, en la actualidad, Alí era el chófer de Lucy, segundo lacayo y amante regular de historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación Lucía Still.

Alí pasó desde historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación cuatro hasta los doce años ayudando a su madre.

No quería que Alí fuese una molestia para los amos así que si no lo veían no los molestaría y no tendrían tentaciones de usarlo. Raba era entregada, sumisa y servil, pero amaba con locura a su hijo y ansiaba protegerlo por historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación de todas las cosas.

Así que el muchacho se convirtió en cuidador de las niñas de lady Lucía. Mientras su madre amamantaba a una Alí cogía en brazos a la otra para mantenerla calmada. Luego dormía a la tragona y entregaba a su madre a la otra que le tocaba su turno de comer. Enseguida Alí se hizo con los mecanismos necesarios para ser considerado un perfecto puericultor.

Era dulce y cariñoso pero también sabía mostrarse firme. Cambiaba los pañales a las niñas, les ponía crema suavizante en el culito después de lavarlas, las limpiaba cuando se cagaban y cuando empezaron a comer sólido sólo lo hacían si era Alí quien les daba de comer.

Lucy vivía sólo para sí misma. De vez en cuando hacía sonar la campanilla o tiraba del llamador y pedía a Raba que le trajera a las niñas: deseaba verlas. Lucy aguantaba poco con las chillonas y lloronas niñas que se habían acostumbrado tanto a Raba y sobre todo a Alí que no soportaban estar con otra persona, ni que ésta fuera su propia madre.

Les organizaba juegos en la buhardilla o las sacaba al jardín para que jugasen. En ocasiones acompañaba a su madre cuando ésta sacaba a las pequeñas a pasear por el parque que historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación hallaba al otro lado de Exham Place. Comía en su club, por la tarde jugaba al tenis o montaba a caballo y regresaba a su casa de Exham Place a las siete.

Lucy no se levantaba antes del mediodía. Desayunaba en la cama, leía la prensa del corazón y fumaba hasta que era la hora de comer.

Comía sola, con Zinnia y Mildred sirviéndola. Raba y Alí eran los referentes de las niñas. Cuando empezaron a tener edad escolar Alí las acompañaba por la mañana y las iba a buscar a las cuatro de la tarde. Cargaba con sus libros y sus bolsas y regresaban cruzando todos los parques que había en la elitista zona de Belgravia que era donde vivían.

Al llegar a casa historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación preparaba la merienda que no comían si no era él quien se la daba. Alí era todo paciencia y dulzura con las niñas. Un día que Akim se puso enfermo, Preston se vio terriblemente desamparado. Era incapaz de ponerse él solo los zapatos. Historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación pasado de tener lacayos ingleses desde que nació hasta que se casó, que se desvivían por la menor de sus inquietudes, a tener un lacayo iraní que se lo hacía absolutamente todo con absoluta entrega, servilismo y hasta adoración perruna.

Preston había considerado una excentricidad la decisión de su esposa de tener sirvientes extranjeros, pero ahora se sentía como el virrey de la India con el servicio casi esclavo que le prestaba con devoción el bueno de Akim.

Alguna vez lo veo con historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación niñas. Akim, Zinnia y Tana tenían otras instrucciones. Para ellos Lucy era el ama, Still el amo y las niñas las amitas. Cuando viniste creo recordar que ya era mayorcito…. Ha ido aprendiendo con los libros de las missis.

Raba se retiró, visiblemente angustiada, aunque el comprobar que no había quejas de su servicio supuso un cierto alivio. Cuando bajó de nuevo al salón Milord estaba junto a la señora. Lucy se dio cuenta de que el muchachito tímido que había conocido cuando Raba entró a servirla había crecido mucho. Sólo tenía diez años pero su aspecto prometía. Lucy palpó casi obscenamente los brazos del chiquillo.

Escrutó sus ojos por si veía el menor signo de rebeldía ante aquellos tocamientos humillantes, pero el niño respondió humillando la mirada para satisfacción del matrimonio. Ellas querían que fuese Alí quien las acompañara al colegio, les preparase el desayuno y la merienda, que les leyese cuentos, que las llevara al parque, que las peinara, en fin… Alí se las había ganado total y absolutamente.

Lucy se enteró entonces de la importancia que Alí tenía en su vida doméstica. Si las niñas estaban contentas ella no tenía problemas. Pero Historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación tenía que suplir a Akim, por lo que el chico tendría que apañarse para hacerlo todo.

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Akim tardó casi un mes en restablecerse. Ese mes ocupó su lugar Alí. Preston había desarrollado un claro comportamiento homosexual con el dócil Akim. El muchacho entró al servicio de Preston con apenas quince años. Era extremadamente manso y sumiso. Preston apenas había podido disfrutar de su hermosa esposa.

Lucy tardó menos de un mes en separar sus habitaciones después de la boda. A partir de ese momento Preston historias dominación femenina pañal deportes acuáticos dominación a desarrollar una relación morbosa con su here. Akim era bello y sumiso. Nada que deseara Preston Akim lo hacía realidad.

Por las noches el joven criado lo desnudaba con muestras de devoción.

xxx brickleberry Watch SEX Videos wv nudes. Tuvo que aguardar un cuarto de hora. Lo vio llegar. Una sonrisa traviesa iluminó su joven y bello rostro al ver que el criado de su madre había obedecido fielmente sus órdenes: con él traía sus botas de equitación relucientes. Le había dicho que le esperaría a las dos en el pabellón y que le trajera las botas, convenientemente lustradas que se pondría al día siguiente para la cacería. No obstante se quedó parado al ver a la señorita Emmeline con su capa de marta cibelina de pelaje negro brillante que constrastaba con su larga melena dorada. Alí sabía que aquel abrigo de tres cuartos había costado una fortuna y pensaba que no podía estar mejor empleada que en realzar la belleza de Emmeline. Ahora mismo te los caliento — dijo Alí hincando una rodilla en tierra ante la hermosa muchacha. Emmeline había estirado las piernas y apoyado los pies por los tobillos sobre el muslo que Alí mantenía en escuadra. Los bonitos y finos pies de Emmeline emergieron destapando un sutil aroma que llegó al instante al olfato de Alí. Las uñas pintadas de rojo relucieron a la débil luz que iluminaba la estancia y Alí temió perder la compostura. Inclinó la cabeza ligeramente y besó las yemas de aquellos dedos perfectos y lo hizo como lo haría un amante entregado, con pasión. Pasado el turbamiento inicial Alí se puso a frotar con ambas manos los fríos pies de Emmeline y después, con manos temblorosas le calzó las botas que antes había lustrado. Emmeline se puso de pie y Alí creyó estar ante una auténtica Diosa. Aquello no era jugar limpio. Él no hacía otra cosa que intentar apartar de su mente y de su vida la pecaminosa presencia de la joven pero en aquella tesitura estaba dispuesto a entregar su vida por ella, a ponerla a sus pies incluso sin que se lo pidiese. No le alegraba en absoluto. Odiaba que lo trataran como un perro pero era tanta la devoción que profesaba a Lucy y tanto el amor que sentía por Emmeline que decidió que no le quedaba otra opción que alegrarse. Sé cómo son estas cacerías y cómo suelen acabar. A las cuatro de la mañana regresaba cada cual a su lugar. A las ocho las cazadoras estaban citadas en el patio principal. Alí ya no tendría tiempo de dormir. Los criados empezaban su jornada, en día de cacería, a las cinco de la mañana. Emmeline estaba dormida sobre su caballo. En el patio había una increible algarabía de mujeres montadas en bonitos equinos. Preston había tenido que alquilar media docena de animales porque sus cuadras no cubrían todas las necesidades de las amazonas. En total había diez damas vestidas con el típico traje inglés de cacería. Los sirvientes pasaban con los termos de caldo caliente sirviendo el tradicional desayuno de montería que las cazadoras tomaban sobre sus caballos. La anciana princesa Olga Ostrova no había hecho caso a su hija y allí se encontraba la mujer, erguida sobre su estilizado bayo con Andrei, su siervo personal a su lado para atenderla en lo que la vieja dama precisara. Andrei no hacía de lebrel pero correría al lado de su ama como si lo fuera. Mila, armada con una gamuza, se ocupaba de eliminar de las botas de la joven princesa Anastasia la menor mota de polvo que se posara. También se mostraba orgullosa sobre su montura la princesa Nadia Ostrova, madre de Anastasia e hija de la primera princesa, Olga Ostrova. Tatiana, sierva de la princesa Nadia también correría junto a su ama. Mezcladas entre ellas, las amazonas charlaban y de sus bocas salían columnas de vaho debido al frío intenso de la mañana. Lady Julia Cavendish daba indicaciones a sus hijas sobre algunos aspectos sociales de las monterías. Azucena, la linda andaluza amiga de Alí servía el caldo a las señoritas. Departiendo con Lucy se hallaba Lady Katherine Pontiac que se había traído a dos de sus siervas procedentes de las minas de carbón de su marido y le explicaba a Lucy que no cambiaba a sus mineritas , como las llamaba ella, por ninguno de esos exóticos criados extranjeros y para demostrarle lo sumisas que eran le arrojó a una de ellas, la que le estaba colocando la bota en el estribo, el caldo hirviendo a la cara. Algo apartada del grupo se encontraba la somnolienta Emmeline. Alí estaba de pie a su lado. Alí volvía a tratarla con el debido respeto. Las cacerías llevan siempre a excesos… ya lo sabes, Alí… no sé porque pones esa cara…. El joven siguió sin contestar a la joven Lady. Lo que hizo fue pasarle un cepillo por la bota que tenía a su lado. Emmeline se sonrió y le acarició disimuladamente la mejilla con la lengüeta de su fusta de equitación. Sonaron las trompetas. Una serie de vivas y hurras brotaron de las femeninas gargantas a caballo. Alí miró a Emmeline. Los lebreles de Cadwell no iban a tener problemas, estaban entrenados a correr sobre sus manos y rodillas, pero él no. Emmeline le sonrió y se encogió de hombros. Un nuevo toque de trompetas anunció que Lady Lucía iba a comunicar una nueva sorpresa. Como que os conozco a todas tengo otra sorpresa. Un murmullo de impaciencia recorrió las filas de las amazonas. Lucy las miró a todas con una sonrisa antes de continuar. Cinco lacayos de la familia Benson hicieron su aparición con otras tantas jaulas de las que salían ensordecedores chillidos. Las damas prorrumpieron en vítores y gritos salvajes. En el Club Femenino se había convertido casi en culto. Para los lebreles no era tan atractiva la noticia. Cuando los lebreles cogían a los animales solían recibir mordiscos y arañazos. Una de las diversiones añadidas de dejar a las crías de mandril malheridas era rematarlas. Cada señora o señorita tenía sus preferencias. Alí rezó para que ni Lucy ni Emmeline, para quien actuaría como lebrel , le exigieran que les retorciera el pescuezo a las pobres crías. Alí se había preguntado a menudo por el motivo que tenían aquellas señoras para gozar disparando a mandriles. Lucy le había contado que consideraban a los monos casi como personas y a los mandriles en concreto como muy feos. Lo de las crías lo entendía, puesto que los mandriles adultos podían llegar a ser muy peligrosos. Sonó un fuerte disparo y al son de las cornetas y de los alaridos de las crías de mandril que fueron soltadas y azuzadas en aquel mismo momento, se elevó un bestial griterío femenino y las cazadoras picaron espuelas. Aquella noche Alí estaba entumecido, agotado, magullado y sobre todo asqueado. Tal y como Emmeline le había prometido, le esperó por la noche en el pabellón. Alí la apartó con educación. Emmeline se molestó por aquel gesto que ella entendió de rechazo. No ha pasado nada irreparable. Todas se han reido cuando le ha alcanzado en el hombro. Alí se ha sentado en el suelo, a los pies de Emmeline y se ha puesto a llorar. Había sido una auténtica orgía de humillaciones y crueldades. Crueldades perpetradas contra las pobres bestias y también sobre los lebreles. La princesa Nadia Ostrova ha azotado a su mozo hasta hacerle sangrar. Lucy había humillado a Alí hasta el ensañamiento. Al parecer has encontrado muy divertido que tu madre me haya obligado a recoger con las manos sus heces cuando ha cagado esta tarde en el bosque. Venga, no te enfades… olvídalo. Te he prometido una recompensa y la vas a tener. Alí, que sigue sentado en el suelo a sus pies levanta el rostro y la mira. Es tentadora. Emmeline ve que Alí duda. Entonces toma una determinación. Alí no debe dudar. Se levanta y se quita la pelliza de marta cibelina que cae al suelo. Queda desnuda. Alí se sorprende. De nuevo duda. Límpiame las suelas con la lengua, Alí. Emmeline ha hablado muy seria aunque un brillo alegre en sus ojos achispados reflejan una alegría desmedida. Levanta una pierna y le presenta la suela de la bota. Alí obedece. Con ambas manos sujeta la bota por el tobillo, saca la lengua y lame la suela. Emmeline baja el pie al suelo y le presenta la otra bota. Cuando Alí termina de humillarse Emmeline le ordena que le bese los pies. Sólo después de obtener la total entrega del joven, Emmeline le deja que la posea. Hacen el amor salvajemente. Ella le rodea la espalda con sus piernas, sin pensar en que le hiere la carne con sus espuelas. Lo aprieta en sus brazos. Él la besa con pasión mientras bombea su coño con todas sus fuerzas. Cuando terminan ella se levanta y se marcha. Emmeline se marcha poniéndose la pelliza por encima mientras Alí limpia y recoge el pabellón. Alí recoge todo lo que han desordenado. No sabe la hora que es pero tampoco le importa. No piensa dormir. Sabe que al salir el sol él y todos los miembros de la servidumbre deben estar en pie para empezar a disponerlo todo para que las señoras lo encuentren a su gusto. Alí enciende un cigarrillo y fuma pausadamente. No tiene sueño. Su cabeza no para de dar vueltas. Emmeline se ha erigido en su ama. A Alí le invade un contradictorio sentimiento, por un lado le duele haber sido derrotado por una adolescente, por el otro saborea las mieles del sometimiento. Decide subir al salón. Asciende por las escaleras de caracol y llega al hall. Por los ventanales se filtra la luz de la luna. Abre la doble puerta que da al salón y se queda inmóvil. Hay luz. Él no la ve. En la chimenea arden unos troncos. Avanza y busca con la mirada. La mano le indica que se acerque. Alí traga saliva. No sólo por el sistema de calefacción, también ayuda el fuego del hogar. Tiene un brillo extraño en la mirada. Alí ve reflejado en sus ojos las llamas de la chimenea. Lucy estira una pierna y con la punta de los dedos del pie le señala dónde quiere que se coloque. Alí obedece y se arrodilla. Alí toma los pies de Milady y acerca su rostro a sus plantas. Las besa. Las huele. Te has portado como todo un esclavo. Qué mujer. Es fascinante. Eran extraordinariamente ricos. Tenían propiedades agrícolas por toda Rusia. Alí no le contesta. Milady no espera que lo haga. Ella sigue hablando mientras acaricia con la suave planta de su pie la frente y las mejillas de Alí. Te aseguro que me cuenta historias que ponen los pelos de punta… y de paso producen una enorme envidia. Esa gente tenía esclavos, auténticos esclavos con los que hacían lo que les daba la real gana. Emmeline me ha contado que has quedado muy impresionado cuando la princesa Nadia le ha disparado a la chiquilla. Les he dado unas cuantas libras para compensarles. No son esclavos, Alí, pero sienten como esclavos. El joven ha vuelto a levantar el rostro que tenía metido entre los pies de Lucy. La sonrisa de ella es tan seductora. Podría ordenarle a Alí que se arrojara de lo alto del Big Ben y si lo hiciera con esa sonrisa él lo haría, sin dudarlo. Emmy ha estado charlando conmigo cuando ha regresado de su cita contigo en el pabellón. Ella me ha dicho que ha abandonado definitivamente la ridícula idea que de niña se le había metido en la cabeza: la de casarse contigo. Siempre le he dicho a miss Emmeline que no podía ser. Eres leal Alí. Espero que mi hija no te haya dejado sin fuerza… déjame que compruebe tus bajos, acércate. Alí abandona los deliciosos pies de Lady Lucy y se desplaza de rodillas hasta quedar al alcance de la mano de ella. Lucy bajo la mano hasta la entrepierna y la palpa. Como los siervos de las princesas rusas, a mi entera voluntad. Me da igual que te folles a Tana, o a tu madre. No me importa. Sólo importa que cuando Emmeline o yo chasqueemos los dedos te quiero a nuestros pies. Luego tienes que deshollinar mi cueva. Leyla Hanihm se estiró con indolencia entre los bellos almohadones de seda adamascada que cubrían el suelo de la estancia. Estaba somnolienta. Alargó el brazo y con su delicada mano tanteó alrededor donde debía haber un cuenco con bombones. Con los ojos medio cerrados Leyla se sonrió. Sus dedos capturaron una de aquellas delicias que la embajada belga hacía llegar a su padre y se lo llevó a la boca. Feride se desplazó sobre sus rodillas por el brillante suelo de madera del Atlas que varias esclavas se encargaban de mantener pulido y brillante y se acercó a los pies de su ama. Leyla volvió a sonreírse. Leyla zafó uno de los pies de las manos de la sirvienta y apoyó la planta sobre su calva cabeza donde sólo una gruesa guedeja de negro cabello trenzado coronaba su joven testa. Se frotó la planta sobre la rugosa tumescencia capilar para aliviarse de un picorcillo molesto y después la desplazó sobre la redonda y lisa superficie hasta apoyarla en la frente de la esclava. Una negrita arrodillada en un extremo de la sala tiraba sin descanso de una larga cuerda que movía un pesado ventilador en el techo y ayudaba a mantener el ambiente fresco en aquella zona. Gulbehar Hanihm se había llevado sus dos eunucos tras abandonar el serrallo. Leyla miró con suspicacia a su madre. Gulbehar se sacudió los zapatos de tacón que siempre llevaba en casa y se sentó al lado de su hija. No puede ponerse enfermo. Hoy me tiene que llevar al palacio de la princesa Palmira, madre, es imposible… lo necesito. Leyla suspiró haciendo un gracioso mohín y después sonrió. Mira que ponerse enfermo cuando lo necesito… es que no tienen ni pizca de consideración estos esclavos. La esclava detuvo su movimiento para incorporarse y se acercó a la princesa Gulbehar. Se inclinó y le besó los pies. Gulbehar miró a su amada hija con orgullo. Su madre me tenía envidia cuando vivíamos en el serrallo. Tampoco podía decirle que a ella, aparte de emplear los cigarrillos para castigar a las esclavas también le gustaba fumar. En ese momento entró Feride llevando de la mano a su pequeña hija que se restregaba los ojos somnolienta. Tenía miedo. La pequeña esclava, que pese a su corta edad tenía ya muy desarrollado el instinto de supervivencia que tenían que desplegar las esclavas, se arrojó en brazos de su dueña. Gulbehar Hanihm se sorprendió de la reacción de la esclava pero la acogió entre sus brazos. Sabe que me gustan los niños y busca enternecerme pero no va a escapar a su castigo. Luego le das cincuenta azotes con el cuero agujereado. Claro que entonces eran otros tiempos, las esclavas sabían que vivían gracias a nuestra generosidad. Una vez hice arrojar a una esclava a la piscina de escualos porque me había mirado con insolencia. Como la inmensa mayoría de concubinas destilaba una refinada crueldad que alternaba con desconcertantes actitudes maternales y fraternales. Lloraban a mis pies para enternecerme y a la mínima se arrojaban a mis brazos porque sabían que me podían enternecer — añadió Gulbehar emocionada por los recuerdos de su adolescencia y juventud en el serrallo. Podemos disponer de los esclavos armenios que necesitemos. Leyla se sonrió por lo bajo. Mientras había estado discutiendo con su madre sobre la conveniencia de reducir el castigo de la pequeña hija de Feride, aquélla no había dejado de acariciar a la pequeña Salomé en su cabecita y en su espalda y ahora la niña esclava estaba dormidita abrazada a los voluminosos y maternales pechos de la princesa. La princesa cayó en la cuenta de que lo que le decía su hija era absolutamente cierto. Madre e hija se rieron y la princesa tomando el cuerpo de la pequeña con cuidado de no despertarla la entregó a su madre, la esclava de Leyla, para que la acomodara a sus pies. Feride estaba muy agradecida a su ama Leyla porque debido a su intervención su pequeña Salomé había visto reducido su castigo de manera considerable. Una vez la hubo vestido con ropas occidentales, maquillado con elegancia y calzado los preciosos zapatos de salón de tacón de aguja, se arrodilló y le besó los pies con devoción. Leyla, que estaba sentada frente al espejo de su tocador se inclinó para acariciar la calva cabeza de su esclava. La princesa se la había regalado al nacer y desde la cuna la había servido con devoción. Quiero que sea ella quien la castigue. Mientras Feride le sacaba de nuevo brillo a sus bonitos zapatos se replanteó el castigo a su esclava. Cien bastonazos era un castigo realmente duro, y Galuha era de las que ponía el alma a la hora de azotar a los sirvientes. PDF Economía y ecología 2a. PDF El regimen juridico de la oferta contractual dirigida a consumidores Descargar. PDF Españombiano. Nuestro idioma en palabras típicas Descargar. PDF Etiopía ePub. 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Seguro que sus padres les habían aleccionado para mostrarse dóciles y así conseguir que me interesara por alguno de ellos. Entre nuestros sirvientes había bastantes niños pero la mayoría eran hijos de aquellos que ya nos servían. Aquellos niños que los Sukov me ofrecían tendrían una categoría diferente, equiparable a los huérfanos. Sus padres renunciaban a una parte de sus hijos para poder atender a los que se quedasen con ellos. Yo me sentía un poco desconcertado. Me removí nervioso en mi sillón hasta que decidí inspeccionar el material. Ordené que los siete niños se pusieran de pie. Tendría que examinarlos antes de decidir con cuales me quedaba. De hecho ya había decidido aceptar la proposición del desesperado matrimonio Sukov. Después de escrutarlos durante largo rato opté por quedarme con tres, dos niñas y un niño. Una parejita me la quedaría yo y al tercero lo regalaría a mi hermana o a mi prima Maud. Los Sukov marcharon con el resto de sus hijos no sin antes agradecer mi buen corazón lamiendo mis botas como perros agradecidos. Me levanté y ordené a Sasha que encerrara a los tres en las dependencias de los sirvientes hasta que decidiera qué hacer con ellos. Estuve reflexionando un buen rato una vez se hubieron marchado los miembros restantes de aquella singular familia. Llegué a la conclusión de que me habían tomado el pelo porque aquellos niños estaban en edad de trabajar. Después de darle vueltas al asunto llegué a otra conclusión: los Sukov me habían regalado a sus hijos porque temían que cualquier día se los arrebatara para hacer con ellos lo mismo que había hecho con su hija mayor. Me sonreí pensando que nuestros siervos eran gente bien curiosa en sus razonamientos. Finalmente, tras varios días de meditar, decidí que aquellos niños me daban la posibilidad de hacer un buen regalo de navidad a mi hermana y a mi prima. Yo me quedé con una de las niñas y destiné el varoncito para Tatiana y a la otra niña para mi prima Maud. Era una monada de diez años llamada Irina a la que hice que lavaran bien y vistieran con un trajecito de doncella. Lógicamente no podía negarse a servir a quien algo le ordenara pero dejé bien claro que la quería en exclusiva, que era mía: un regalo de sus padres, de aquellos a quienes había privado de una hija el año anterior a causa de un capricho de tía Larissa. Nadie se opuso. Tatiana y Maud quedaron prendadas de la docilidad y belleza de Irina. Maud pensaba que por las noches me follaba a Irina porque quería que viniera a mis aposentos para desearme un feliz descanso. Irina se sintió defraudada, como si yo la rechazara. En una ocasión tuve que consolarla porque se pensaba que no le gustaba. Me eché a reír por su reacción. Me halagaba que deseara tanto que la forzara. Le permití que me lamiera los pies pues sabía que era un viciosilla que había visto a Sasha hacerlo y me confesó que ella también quería mostrarme su devoción de aquella manera. Cuando le conté a Maud que Irina me suplicaba que la dejara lamerme los pies mi prima me decía que mentía, que no era posible, que me lo inventaba para justificar que en el fondo yo era un maníaco. Aquello me dolió tanto que mandé que azotaran a Irina sólo porque sabía que disgustaría a mi prima Maud. Maud me fulminó con su mirada asesina y estuvo unas semanas sin hablarme. Era mediados de diciembre y me reconcilié con ella y con Tatiana, que ahora parecía hacer piña con Maud y las dos me acusaban de maltratar a Irina. De hecho aquello era un poco teatral. El día que ordené que azotaran a Irina di orden de que le pegaran con una vara y que no le hicieran sangre. Maud me confirmó después de que no habían sido necesarias excesivas curas y también Irina me dio las gracias cuando volví a verla porque no había sufrido en exceso. El día de navidad mandé que envolvieran en papel de regalo a los hermanos de Irina, Vasili y Natasha. Ese día hicimos una pantagruélica comida y después de la cena nos dimos los regalos. Hacía un frío espantoso y cuando abrieron sus regalos se encontraron con ambos niños a punto de morir de frío. Me llamaron desalmado y de todo menos bonito. Maud se encargó de recuperar a los dos niños. Vasili acababa de cumplir doce años y Natasha nueve. Por su parte Maud acogió a Natasha casi como una hija. Los tres pequeños Sukov pronto se convirtieron en perfectos y serviciales criados. Mi hermana y mi prima copiaron mis instrucciones dadas respecto a Irina y sus pequeños criados se ocuparon de servir cada cual a su ama en exclusiva. Vasili pronto se convirtió en el amante fijo de mi hermana e Irina me mostraba una devoción exagerada. Irina me tenía el corazón robado pero no obstante no le evitaba dolorosos castigos que ella aceptaba con resignación e incluso con ilusión. Lo mismo sucedía con Vasili a quien Tatiana adoraba porque lo había convertido en el amante perfecto, pero eso no le evitaba severos castigos cada vez que mi antojadiza hermana necesitaba manifestar su poder. Tatiana y yo éramos muy parecidos. Ambos nos sentíamos imbuidos de una especie de derecho divino sobre nuestros campesinos. Castigarlos formaba parte de nuestro acervo cultural, de nuestra educación. Mi prima Maud tenía alma de aristócrata pero su formación moral era distinta a la nuestra. Tatiana y yo éramos auténticos nobles rusos en tanto que Maud sólo llevaba una parte de sangre rusa en sus venas. La cercanía de Natasha operó en Maud un cambio que tanto mi hermana como yo consideramos positivo. Maud era mayor que nosotros y en edad ya de ser madre. La pequeña Natasha con su devoción constante despertaba en Maud sentimientos de protección, hasta que un día…. Habían pasado ya dos años desde aquella navidad en que regalé a Vasili y a Natasha a mi hermana y a mi prima. Volvíamos a estar en Smolensk y Maud formaba ya parte de la familia. Una tarde me acerqué a los aposentos de mi prima porque Tatiana estaba ocupada follando con su Vasili. Maud y yo habíamos salido a cabalgar un rato y a la vuelta me apetecía estar un rato charlando con ella. Mi corazón estaba dividido entre mi hermana Tatiana y mi bella prima Maud. Después de que Irina se ocupara de lustrar mis botas con la lengua me dirigí hacia los aposentos de Maud. La puerta estaba entornada. Iba a llamar cuando me detuve al escuchar una conversación que me dejó de piedra. Natasha iba a cumplir los once años y seguía siendo una niña. Me asomé con cuidado de no ser visto y vi a mi prima sentada en su sillón. Natasha estaba arrodillada a sus pies y le besaba las botas que le había estado cepillando hasta ese momento. Ver a Natasha implorando que me hermosa prima la pisara con sus botas me había puesto como un burro —. Es su alma esclava, son siglos de sometimiento, Maud. Nuestros siervos no sólo lo son sino que se sienten siervos, esclavos. Irina me suplica que la deje lamerme los pies y es feliz cuando la mando que me lustre las botas con la lengua. Vasili se dejaría matar por Tatiana y es feliz cuando mi hermana ordena, injustamente, que lo azoten. Natasha siente la misma necesidad. La niña se siente tu esclava y necesita que le muestres tu poder. Después me dices qué has sentido. Natasha se puso a besar las altas botas de su ama mientras Maud sopesaba mi sugerencia. Estírate en el suelo, Natasha. Posiblemente te arrepientas de haber insistido. La pequeña de los niños Sukov sonrió y obedeció presta. Se estiró en el suelo boca arriba y esperó ansiosa a ver cómo Maud, que se había puesto de pie, levantaba una pierna y acercaba la suela de la bota a su rostro. Maud me miró un momento antes de empezar a presionar bajo su pie el rostro de su esclava. Yo no perdía detalle del rostro de mi prima. Estaba convencido de que en realidad le repugnaba hacer aquello pero por otro lado, si la parte rusa de su sangre se imponía, encontraría placer en el poder que estaba ejerciendo. Natasha soportaba estoicamente la abrasión que la suela de la bota de su dueña producían en sus labios y en su rostro, sin soltar un solo lamento, ni una queja. Por un momento pensé que Maud iba a poner punto final a aquella locura cuando hizo girar su pie como si aplastara una colilla. Natasha no pudo aguantar el dolor y gritó en sordina bajo la suela de la bota que la trituraba. Y entonces vi el brillo en los ojos de Maud. Fue como una revelación. El grito de la pequeña desató su pasión por mostrarse cruel. En lugar de retirar el pie mi prima levantó la pierna pero para descargar un tremendo taconazo en la carita de Natasha. Aquello fue como el pistoletazo de salida. Maud entró en trance y comenzó a pisotear con sus botas no sólo el rostro de la niña sino todo su cuerpo. La pateó y la pisoteó con furia. Yo me saqué la polla y avancé hacia ella. La aparté con violencia para evitar que matara a la niña y la arrojé sobre la cama. Acto seguido fui yo quien se arrojó sobre el apetitoso cuerpo de mi prima para poseerla. Ella se arrancó la falda y yo le quité las bragas de forma convulsa. La penetré y ella me rodeó la espalda con sus piernas fuertes. Nos amamos con una intensidad que ambos desconocíamos. Natasha permanecía en el suelo con el rostro ensangrentado pero feliz. Finalmente tendría una marca en su cuerpo que representaría el poder de su ama sobre ella. Desde ese día Maud cambió para bien. Se volvió altiva e incluso cruel. El mismo día que cumplí dieciséis años le pedí que se casara conmigo. Ella tenía veintiuno. Tatiana tuvo celos al principio pero acabó aceptando mi matrimonio cuando le cedí cinco de las aldeas, con sus campesinos incluidos, de entre las que recibiría el día que cumpliera los dieciocho años. Maud recibió con el matrimonio el título de princesa y puedo asegurar que ejerce con delicioso despotismo. A la barbarie rusa ella une el refinamiento inglés. Esta mañana me ha propuesto que yo preñe a su Natasha quien se ha convertido en el perrito faldero de mi amada esposa. Le he dicho que sí a cambio de que use al niño como calienta pies hasta que cumpla los seis años. Ella también ha aceptado. Daisy estaba nerviosa. En honor a esto la plantación llevaba el nombre de La Mariposa Azul. Francine Howard, su amiga del alma, la acompañaba en calidad de dama de compañía. Silas, por mediación de su hermana, Lady Camila Fairfax, viuda de un coronel retirado, había logrado varias direcciones de jovencitas de la buena sociedad rural del norte de Essex. Es un hombre maduro, eso se ve a la legua, pero atractivo. La sirvienta que Silas les había contratado para el viaje —los pasajes de su futura esposa y su dama de compañía también los había costeado él— una joven tamil muy dócil y servicial, salió a cubierta con una sombrilla. Esta noche me ha llevado a tocar el cielo con los dedos — soltó una risita Francine. Francine pronto había descubierto que la pequeña sirvienta que Silas había puesto a su disposición era un muchacha absolutamente obediente. Podía ordenarle lo que se le pasara por la cabeza que por insólito, descarado, soez o deleznable que fuera la chica obedecía como si fuera una esclava. No sé porqué pero creo que tu futuro esposo sabía perfectamente que nos enviaba una especie de vestal india cuando nos mandó a Tara. Francine sonrió cariñosamente a su amiga y ésta quedó de inmediato desarmada. No me seas tan escrupulosa hija. Para ella es normal obedecer sea cual sea la orden que reciba. Es dócil y sumisa y nosotras debemos aprovecharnos. A pesar de que Daisy había sido educada bajo las mismas premisas clasistas que Francine, no le convenció el discurso racista y colonialista de su amiga pero la quería demasiado como para contradecirla. En tanto que Francine era una muchacha extrovertida, lanzada, segura de sí misma, abierta a todo tipo de experiencias y muy audaz, Daisy era recatada, modesta, introvertida y muy apocada. La primera se sentía segura de sí misma y la segunda temía no ser aceptada y padecía de una baja autoestima alarmante a juicio de Francine. La sirena del barco emitió un ulular largo y profundo, señal de que la maniobra de atraque en el poblado y caótico puerto de Colombo había llegado a su fin. Daisy ordenó a Tara que se ocupara de sacar los equipajes. Mientras tanto Daisy y Francine esperaron en cubierta observando la maniobra de atraque y disfrutando del intenso colorido y la gran agitación que se veía sobre el muelle. Daisy hizo una mueca de desagrado. Le molestaba ver el sufrimiento de la gente y era evidente que aquel muchacho, el culie, estaba sufriendo para poder arrastrar el enorme peso que debía representar la mujer a la que llevaba. Tara apareció en cubierta sudando a mares. Un camarero del barco la estaba ayudando. Daisy y Francine le indicaron a Tara que ellas bajarían ahora mismo por la pasarela de desembarco y que se ocupara de descargar todo el equipaje. Las dos amigas desembarcaron sin prestar mayor atención a los evidentes problemas que tenía la criada para cargar con tan pesado equipaje. Era lo que tenían que hacer los sirvientes: obedecer sin quejarse. Daisy, de puntillas, buscó en el mar de cabezas del bullicioso muelle, la presencia de su prometido. Llevaba su foto en la mano y de vez en cuando le echaba una ojeada para asegurarse de que lo reconocería. La joven se giró bruscamente y sus ojos se enfrentaron a un individuo alto, delgado, bien formado, bien vestido, con el cabello de color ceniza, de unos veintipocos años de edad y unos ojos increiblemente verdes, como dos esmeraldas. El muchacho las saludó a ambas con sendas inclinaciones de cabeza y continuó. Soy empleado de la plantación La Mariposa Azul. El amo Silas ha tenido que acudir a una reunión de plantadores y me ha encomendado la delicada misión de hacer que ustedes dos lleguen sanas y salvas a la plantación. Aguarden un momento aquí mientras le doy instrucciones a la chica. Me ha parecido reconocer a Tara. El chico dejó a las dos jóvenes inglesas y se fue hacia donde se hallaba Tara. Le dio dos besos a la muchacha y luego le dio instrucciones. Savin silbó y al momento acudieron media docena de porteadores con sus rickshaws. De vuelta junto a las muchachas inglesas les explicó el plan que le había propuesto el amo Silas. Francine, como una colegiala, comenzó a dar saltitos, palmadas y risitas mientras se abrazaba a Daisy, quien se había quedado algo abatida por el hecho de que no hubiera venido su futuro esposo a recibirlas, no obstante lo primero era la hacienda y si debía asistir a una importante reunión de propietarios… pues qué le iba a hacer. Savin las ayudó a subir a la calesa después de cerciorarse de que los otros carruajes llevaban la totalidad del equipaje de las memsahibs. Savin era mestizo de inglesa y cingalés. A todos los efectos era cingalés. La relación entre Savin y el mundo inglés era de amor y odio. La marca del mestizaje le impedía ser reconocido por los ingleses como a un igual. Había estudiado en Oxford, se expresaba con extrema corrección, era educado, inteligente, atractivo y tenía un buen trabajo, pero así y todo sólo estaba un par de escalones por encima de los tamiles. Francine y Daisy aceptaron su explicación con unas risitas y luego se encogieron de hombros. Ambas habían detectado que Savin no podía ser inglés de nacimiento pero tampoco tenía su tez el color oscuro de la mayoría de tamiles y cingaleses que veían por la calle. Savin se ocupó de todo. Daisy resopló de fastidio. Su amiga siempre tenía en mente situaciones morbosas y escabrosas y no dudaba en hacer comentarios procaces y hasta soeces que la molestaban. Es normal que las criadas de las memsahibs duerman con sus señoras por si por la noche precisan de sus servicios. Ahora nos gustaría tomar un baño y cambiarnos. Nos gustaría salir mañana temprano hacia la plantación. Mientras hablaban un pequeño ejército de criados del hotel trasladó las pertenencias de las señoras a su suite. Tara los acompañó para verificar que no rompían nada. Savin fue a buscar su acomodo en el barracón donde dormían otros sirvientes. Se lavó la cara con agua fría. Luego se miró en un espejo sucio y vio sus facciones. Era ciertamente atractivo, y lo sabía. Tenía un par de horas antes de encontrarse con las memsahibs en el hall del Hotel y decidió echarse un rato en el camastro y fumar un cigarrillo. Entre espirales de azulado humo que expulsaba con lentitud recordó las facciones de quien iba a ser su nueva ama. Es preciosa, pensó cerrando los ojos y recordando sus bellas y juveniles facciones. La otra, la señorita Francine, le había parecido el polo opuesto. Esa puede ser peligrosa, se dijo, pero la mem Daisy es un encanto. Claro que ella sería el ama y el ama siempre puede ser peligrosa. Savin maldijo su procedencia mestiza. Había llegado todo lo arriba que podía llegar un mestizo, y gracias a su madre, la difunta primera esposa del amo Silas. Savin había sido el fruto de un desliz típico entre las mujeres inglesas que vivían en las alejadas plantaciones, rodeadas de sirvientes solícitos. Savin creció como sirviente en la Casa Grande. Luego nació la hija legítima de Silas y Caroline quien parecía haber olvidado que ese pequeño que les lustraba los zapatos encerrado en el cuarto de las botas era su propio hijo. Nameva, la criada personal de Lady Caroline, hizo de madre de Savin. Por ella supo, después de la muerte de aquella, que él llevaba su sangre. Fue la propia Nameva quien le dijo al amo Silas que el parecido de Savin con su difunta esposa empezaba a ser tan grande que pronto empezarían las habladurías. Silas Osburn empezó a ver al bastardo de su esposa con otros ojos. Después, tras la muerte de su esposa, Silas sintió remordimientos. No la había tratado como merecía y ahora era tarde. Decidió dar a su bastardo un puesto de responsabilidad en la plantación. Lo hizo responsable de producción y Savin se ganó con su dedicación al trabajo el respeto del amo Silas. Savin terminó el cigarrillo y se encaminó hacia el hall para esperar a las memsahibs. Daisy y Francine disfrutaron de un largo paseo en rickshaw acompañadas de Savin y Tara que caminaban al lado del pequeño carruaje. Savin les iba explicando todo lo que sus codiciosos ojillos capturaban con ansiedad. Era la primera vez que ambas jóvenes salían de la madre patria y se daban cuenta de que el imperio, su imperio, era fascinante. El amo tiene todos los derechos, el criado sólo tiene obligaciones. La educación de Daisy había sido extremadamente clasista y tenía muchos conceptos anclados en su personalidad que ni siquiera se cuestionaba a pesar de que en ocasiones consideraba que los ricos, y ahora ella pertenecería a esa casta dominante en una colonia inglesa, tenían privilegios abusivos. Las dos jóvenes se miraron. Daisy quería fulminar a su amiga pero ésta reaccionó como en la mayoría de situaciones en las que se metía: riéndose con su habitual descaro. Le gustaba aquel mozo de cabello del color de la ceniza y de ojos como esmeraldas. 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